La otra vez estaba escuchando Alfa, estación de radio que me transporta a mis años universitarios: el chófer que nos llevaba al campus desde el metro Barranca del muerto siempre tenía el mal gusto de ponerla. La estación es una combinación de música chiclosa (pegajosa pero que pierde todo sabor la enésima vez que se oye) y locutores que dicen lugares comunes vagamente motivacionales.
Pusieron una de esas canciones chiclosas, “Rubberz”. La letra no tiene mucho sentido pero tiene un buen hook y un sonido ochentero atractivo. Muy chiclosa, pero me descubrí disfrutándola y cantando el corito momentos después. Se volvió una de las canciones más programadas en la estación y fue una de las “canciones del verano”, ambicionado título que siempre buscan los productores y estrellas del pop. A muchos nos gustó, pues.
He aquí el plot twist: “Rubberz” se creó casi en su totalidad con inteligencia artificial generativa. La intervención de humanos en su concepción es prácticamente nula. Vaya chasco. Pero un chasco interesante.
Soy contraria al uso del IA generativa en el arte no sólo por razones filosóficas (hablemos de eso más adelante) sino por una muy tangible: la IA se alimenta del plagio y se roba las justas regalías a los creadores de música/cómics/cine/literatura/you name it que se partieron el lomo en sus creaciones.
Me dirán que ya estamos cerca de que la IA dé crédito y pago a los artistas que saquea, pero ¿qué derecho tiene la IA de utilizar de modo indiscriminado el arte que copia y veja (porque eso hace: copia y altera de modo grosero según las instrucciones casi aleatorias que recibe) en formas que el creador original no aprobó? Pero también hay otra pregunta: ¿hasta dónde los creadores desde siempre han tenido control del uso que se da a su arte? El arte sale a la intemperie y quién sabe qué pasa después con él: se vuelve parte de la cultura y esa no se controla.
Hay una respuesta para el artista moderno que quiere impedir el uso ilegal de su trabajo: una cosita llamada copyright y derecho de autor. Está la voz del artista que se levanta y públicamente denuncia el uso de su arte de maneras que no aprueba. Si Bruce Springsteen no quiere que un candidato republicano use “Born in the USA” en su campaña, reclama su derecho de autor, retira el derecho de uso y de manera muy pública se deslinda del político en cuestión. Pero no todo artista tiene el alcance y poder de Springsteen. Es tan fácil convertir un libro para niños en una ensoñación pedófila. El derecho de autor da cierto freno a ese tipo de horrores.
Es una solución incompleta y temporal puesto que el derecho de autor caduca y tiene sus asegunes, pero ahí está. Ya se puede usar a Winnie Pooh en películas de terror porque su derecho de autor caducó en 2022 y desde entonces forma parte del dominio público. Dudo que A.A. Milne hubiera querido ver a su querido osito matando adolescentes, but here we are.
Pero violaciones al derecho de autor aparte, el asunto de la AI es todavía más impactante para la relación artista-arte-audiencias. Regresemos a “Rubberz”. A mí, que soy una partícula del público que oye música pop, la IA no me gusta por razones estéticas y éticas pero formó parte de los que tararean acríticamente el gancho de la canción. Me pregunto si ya soy alguien a quien no le importa el toque humano. ¿Nuestro modo de disfrutar este “arte” espurio es mero consumo infantil y poco importante o hay otras implicaciones morales trascendentales? Diría que “Rubberz” es el equivalente a fumarse un farito: te lo echas porque necesitas la nicotina y no te alcanza para unos Lucky Strike. Aunque, claro, siempre habrá el degenerado que ame el sabor de los Faros.
Pero: ¿nuestra forma de apreciar el arte es diferente si sabemos que la obra que presenciamos es humana por completo?
Pensemos en la Capilla Sixtina. Daniel Susskind, profesor de economía del King’s College London, habla de la presencia diferente que tenemos ante las tareas prácticas y el arte. Mientras que vamos al contador a que nos ponga en orden nuestros impuestos, visitamos la Capilla Sixtina para conmovernos ante la creación de Miguel Ángel porque, dice Susskind, “un humano como yo, carne y hueso, concibió esta obra. Una mente como la mía la creó”. Con sus manos, su dolor de espalda, su vista que fallaba, su locura y con las presiones del papa Sixto IV encima, Miguel Ángel, una mera persona como cualquiera de nosotros, hizo una obra inmortal, el trabajo de un dios en manos de un ser humano falible y mortal. Nos maravillamos ante la posibilidad de lo que somos como especie.
¿Nos enfrentamos de forma diferente al arte que a nuestros impuestos? Definitivamente.
Al doctor Susskind lo cita Ross Atkins en un excelente ensayo sobre el arte y la IA en el portal de la BBC (“AI is creating a 'human premium' for art made by people. But will it hold?”, bbc.com).
En su texto, Atkins investiga si el toque humano todavía nos importa. Atkins entrevista a varios pensadores y académicos (economistas y expertos en cultura por igual) para analizar esa pregunta: ¿existe el “human premium”? Se refiere a si los consumidores prefieren el toque humano de forma diferenciada frente a los productos de la inteligencia artificial. Ya hay obras, sobre todo literarias, que llevan la etiqueta de “human premium” como valor agregado, es decir que en su creación no intervinó la inteligencia artificial.
Citando a Kyle Chayka, del New York Times, Atkins llega a un argumento atendible: mientras que la AI es banal, genérica y complaciente, el arte creado por personas es inesperado, desafiante, menos estructurado y desprolijo.
Quizá la IA pueda darnos una de esas novelas japonesas con gatitos que están en todas las mesas de novedades (literatura hecha para complacer), pero jamás podrá repetir los cuentos llenos de emoción y belleza soterrada de Anton Chejov. El dolor, la frustración y la experimentación técnica de Chejov es imposible de copiar porque viene de un humano falible, equívoco, imperfecto, raro y elusivo cuyo trabajo es todavía, un siglo después de su creación, difícil de descifrar. Su arte posee lo que podemos llamar aura, pensando en el concepto del filósofo Walter Benjamin: eso que nos impacta, el aquí y ahora de nuestro asombro y arrobamiento frente al arte que nos cambia como personas. Un arte con alma.
En una charla con mi amigo Miguel Toro, académico de la escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey, tratábamos de vislumbrar el futuro del cine comercial. Toro señaló una posibilidad: la IA pronto sustituirá las partes más técnicas del cine, los efectos especiales, el CGI, etcétera, todo eso que dota visualmente a películas como las de superhéroes. Después me enseñó un video de lo que los seguidores de esas películas ya están haciendo por su cuenta con IA generativa: una especie de cortes de fans de las historias que quieren ver en pantalla. Obras aparatosas visualmente pero todavía torpes. Sin embargo, el asunto impresiona. Pronto la IA las hará mejor y a la medida del fan que sepa meter los prompts precisos que la alimenten. El nuevo Zack Snyder tiene trece años y sabe usar Claude como nadie.
Amén de la catástrofe laboral que implicaría sustituir departamentos enteros de efectos visuales por inteligencia artificial (y el desmadre: los sindicatos de Hollywood estallarían una huelga sin precedentes), Toro vislumbra un renacimiento del cine de autor, ese que la máquina no podría copiar, hecho de “traumas de infancia”, como se leía en una pancarta en la última huelga de guionistas. Mi contraargumento: el público acrítico y de mente literal creado por IA y las redes sociales no es un público que abrazará fácilmente a los nuevos Von Trier o Cronenberg, polémicos y raros como perros verdes. Ahora, el éxito de películas como Backrooms y todas las producciones del estudio A24 me desmiente: sí hay taquilla para el cine problemático y provocador.
Muchas preguntas. ¿En el mercado de hoy la mano humana es una etiqueta plus para lo que consumimos? ¿En el futuro inmediato nos relacionaremos con el arte del mismo modo en el que ya pagamos más por el pollo orgánico que por el que lleva aditivos hormonales? ¿Estamos ante otro caso de la “mierdificación” de la cultura: sólo quien pueda pagarlo tendrá acceso al toque humano?
Agrego otra: ¿el arte “human plus” no será rápidamente devorado por el mercado de tal forma que la IA lo destrozará y repetirá para hacernos de chivo los tamales? La economía de mercado es cruel, pero quiero pensar que todavía existe la posibilidad de apreciar el arte humano. Aunque sea como etiqueta de precio.