Las relaciones entre España e Israel atraviesan uno de sus momentos más tensos en décadas. El Gobierno de Benjamín Netanyahu ha acusado directamente al Ejecutivo de Pedro Sánchez de librar una “guerra diplomática” contra Israel y ha advertido incluso de que España “pagará un precio”. Más allá del tono intimidatorio, el gesto más significativo ha sido la expulsión de los representantes españoles del Centro de Coordinación Civil y Militar (CMCC), un organismo multinacional creado para supervisar el alto el fuego en Gaza y facilitar la logística internacional vinculada a la ayuda humanitaria y a la seguridad.
La medida no es simbólica. España formaba parte de una coalición de países que, junto con Estados Unidos e Israel, participaba en el control remoto de la situación sobre el terreno. En términos prácticos, quedar fuera del CMCC implica perder capacidad de influencia en una de las pocas estructuras operativas diseñadas para evitar que Gaza vuelva a arder tras el acuerdo de octubre. En términos políticos, el mensaje es claro: Israel no está dispuesto a tolerar voces críticas dentro del dispositivo internacional que acompaña su estrategia en la región.
Gaza, Irán y el choque de relatos
Este episodio no surge de la nada. La escalada diplomática se produce en un contexto de guerra regional cada vez más enredada, con el conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán como telón de fondo. Netanyahu ha vinculado explícitamente la expulsión española a la postura del Gobierno de Sánchez durante esa guerra, acusándole de atacar a Israel en lugar de señalar a “regímenes terroristas”. Desde Tel Aviv se sostiene que España ha mostrado un sesgo hostil y que, por tanto, ya no es un actor “útil” para implementar el plan de paz impulsado por Washington.
Pero aquí conviene detenerse. El lenguaje empleado por Israel no es casual, ni improvisado. Hablar de “guerra diplomática” es una forma de convertir la crítica política en agresión, y la discrepancia en amenaza. Es una estrategia de blindaje: quien cuestiona el uso de la fuerza o denuncia abusos pasa a ser señalado como aliado del enemigo. En un escenario tan polarizado, esta lógica funciona como una trinchera narrativa que reduce el debate a una sola pregunta: o estás conmigo, o estás contra mí.
En paralelo, la reapertura de la Embajada española en Irán tras el alto el fuego también ha sido utilizada por Israel como prueba de ese supuesto alineamiento. Sin embargo, reabrir una embajada no significa respaldar un régimen, sino asumir que la diplomacia existe precisamente para hablar con quien no se comparte nada. Cortar relaciones y cerrar canales no debilita a los gobiernos autoritarios, muchas veces los fortalece, porque los libera de presión directa y deja a las poblaciones sin intermediarios.
Cuando la diplomacia se convierte en castigo
La expulsión del CMCC y los ataques verbales contra Sánchez son síntomas de algo más profundo. Israel está redefiniendo su política exterior en clave de represalia. Ya no se trata solo de defenderse o de justificar operaciones militares, sino de disciplinar a quienes cuestionan su actuación. El objetivo parece ser crear un efecto contagio: que otros gobiernos europeos midan sus palabras por miedo a ser apartados, insultados o convertidos en enemigos.
Este tipo de diplomacia punitiva es peligrosa porque rompe los pocos espacios donde todavía se puede negociar. Si la cooperación internacional se reduce a una lista de países obedientes, el alto el fuego en Gaza deja de ser una garantía colectiva y pasa a ser un mecanismo controlado por los actores armados. Es como pretender apagar un incendio expulsando a los bomberos que preguntan por qué se originó el fuego.
España, por su parte, debe entender que una política exterior crítica no puede quedarse en gestos. Si se apuesta por la legalidad internacional y por la protección de civiles, eso exige coherencia, capacidad de sostener presión diplomática y una estrategia europea común. Porque una cosa es denunciar y otra es influir. Y para influir no basta con tener razón, hace falta músculo político, alianzas sólidas y una narrativa firme que no caiga en provocaciones.
Netanyahu ha lanzado un aviso con tono de amenaza, pero en realidad ha dejado al descubierto una fragilidad: cuando un Estado responde con expulsiones e insultos a la crítica internacional, es porque teme el poder de esa crítica. La diplomacia no debería ser un campo de castigos, sino un puente entre ruinas. Y hoy, más que nunca, lo que está en juego no es el orgullo de dos gobiernos, sino la posibilidad de que la paz no sea solo un paréntesis antes de la próxima tragedia. @mundiario