A casi medio siglo de la compra de los cazas Northrop F-5 en 1982, México mantiene una de las capacidades militares más limitadas de América Latina en términos de poder convencional. Actualmente, de esos aviones solo tres estarían en condiciones de operar, reflejo de una política histórica de bajo gasto en defensa.
Un modelo militar atípico
A diferencia de países como Brasil, Chile o Colombia, México no ha desarrollado un ejército enfocado en amenazas externas. Según especialistas como Raúl Benítez-Manaut, esto responde a su contexto geopolítico: sin enemigos claros y con la cercanía de Estados Unidos, no hubo incentivos para fortalecer una capacidad militar ofensiva.
Incluso decisiones estratégicas han estado condicionadas por Washington, como ocurrió en 1981 cuando se bloqueó la compra de aviones israelíes Kfir por parte del gobierno mexicano.
Herencia de la Revolución
El actual diseño de las Fuerzas Armadas tiene raíces en la Revolución Mexicana, cuando el ejército se consolidó más como herramienta de control político interno que como fuerza de defensa exterior.
Esto explica por qué, a lo largo del siglo XX y XXI, los militares han asumido funciones de seguridad pública, una característica poco común en otras democracias.
Militarización sin resultados claros
La llamada “guerra contra el narcotráfico” iniciada por Felipe Calderón en 2006 marcó un punto de inflexión. A pesar del aumento en gasto y despliegue militar, los resultados incluyeron:
- Incremento de homicidios
- Violaciones a derechos humanos
- Fragmentación de cárteles
Posteriormente, el expresidente Andrés Manuel López Obrador impulsó la estrategia de “abrazos, no balazos”, que tampoco logró frenar la violencia.
Nueva etapa con Sheinbaum
La actual presidenta Claudia Sheinbaum ha mantenido el protagonismo militar, pero con ajustes: fortalecimiento de la inteligencia, mayor peso de la Guardia Nacional y coordinación con autoridades de seguridad.
Sin embargo, expertos como Erubiel Tirado advierten que el problema no es solo de fuerza, sino estructural: falta de controles, escasa rendición de cuentas y debilidad en inteligencia civil y judicial.
¿Un ejército para una guerra distinta?
México no enfrenta guerras convencionales, pero sí un conflicto interno complejo. Para analistas, el desafío no radica en adquirir más armamento, sino en combatir redes de corrupción, financiamiento ilícito y la llamada “narcopolítica”.
En este contexto, el país enfrenta una paradoja: un ejército históricamente diseñado para no librar guerras externas, ahora es pieza central en una guerra interna que exige capacidades muy distintas.