
Primera escena. Es la una de la madrugada. De manera subrepticia, Gabriel Elizondo entra a la caballeriza donde duerme Nubecita, la yegua favorita del gobernador Manolo Jiménez. Camina con sigilo. Llega al box individual de la yegua, que duerme recostada sobre una frazada gris estampada con unicornios multicolores.
Elizondo le susurra al oído: Nubecita, Nubecita...
Sorprendida, presiente una amenaza: resopla con fuerza, deja ver el blanco de los ojos, dilata las fosas nasales y se levanta. Gabriel la tranquiliza: Soy Gabrielito, mi Nubecita. El mismo que te trae cada semana esas “baby carrots equinas” que solamente pueden conseguirse en “Juisten, Texsas”, dice imitando el acento tejano para afirmar su identidad vaquera.