Memelas de bandera ¿identidad o escenografía?
Como cada año, se llevó a cabo la “Feria de la Memela” en la Junta Auxiliar de La Resurrección, Puebla, volvió a cumplir su misión original: visibilizar el arduo trabajo de las mujeres que, de sol a sol, sostienen la economía de sus hogares y preservan una identidad prehispánica que se niega a morir frente a la modernidad.
Sin embargo, tras el humo de los comales, se cocina otra realidad, lo que nació como un acto de dignidad para las cocineras tradicionales, se ha transformado en la pasarela política más codiciada de Puebla; hoy, la feria no es solo gastronomía, es un trampolín publicitario perfecto.
Para cualquier aspirante, la fórmula es infalible, una foto con la memela “bandera” en la mano y el rostro envuelto en vapor, es el kit de campaña instantáneo que proyecta una sencillez que los discursos no logran.
En este rincón de Puebla, con un peso electoral estratégico, los políticos no buscan saciar el hambre, sino general contenido orgánico para sus redes sociales.
Bajo el disfraz de la promoción cultural, la clase política ha encontrado en La Resurrección el escenario ideal para colocar su marca personal sin que parezca un mitin forzado, mientras las raíces se mantienen vivas en las manos de las mujeres, en las manos de los candidatos, la memela se ha vuelto el accesorio más rentable de la temporada.
El político mide su termómetro real en los pasillos de la parroquia, si camina tranquilo y le piden fotos, la campaña avanza; si el ambiente es frío, sabe que tiene trabajo pendiente. Es una parada obligatoria en el calendario de cualquier aspirante a la Alcaldía o la Gubernatura.
No obstante, el riesgo es latente. Si bien la feria blinda la economía local y pone a las cocineras en el mapa nacional, existe el peligro de la identidad indígena termine reducida a un simple spot publicitario.
El reto para la comunidad es alto, evitar que el brillo de los reflectores opaque el tizne de sus comales.
Al final del día, cuando los candidatos se retiran y el ruido electoral se apaga, las familias de La Resurrección se quedan con la misma tarea, defender su territorio. El éxito de la feria no debería medirse por cuántos funcionarios posaron en la foto, sino por cuánto de ese capital político se traduce en calles pavimentadas, seguridad y justicia.
En esta balanza, mientras las cocineras ponen la masa y el sudor, lo políticos ponen la sonrisa y el eslogan.
Hoy, la Feria de la Memela es el lugar donde se cocina, a fuego lento, el marketing electoral; pero para el pueblo, la tradición debería pesar más que cualquier promesa.
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