Es triste ver que, a más de trescientos años de la Revolución francesa, el pueblo siga marchando en las calles parisinas para exigir redención y atención social básica.
Parece que la historia se repite en bucle. Quizá ni el Rey Sol ni la corte de Versalles hayan muerto del todo. Dejaron su espíritu bien enclavado en las autoridades francesas actuales. Desde los Campos Elíseos hay mucho de omisión y de mirar hacia otro lado.
Estas últimas semanas hemos presenciado un alzamiento estudiantil en París. Cientos de estudiantes de liceo protestan por mejoras en sus institutos y, sobre todo, por un aumento en la plantilla del profesorado. La carencia de educadores está pasando una grave factura a las calificaciones de los estudiantes de bachillerato. Los más jóvenes han tenido que salir a las calles para visibilizar su problemática.
París está en llamas otra vez. Las protestas aumentan desde mediados de septiembre, debido al recorte presupuestal de Macron. Macron siempre tiene la tendencia a recortar el presupuesto apenas hay crisis. Dañar siempre a los más vulnerables es la opción que le parece más «inteligente» y pertinente. Eternamente sucede la misma respuesta: huelgas. Parece que ese hombrecillo nunca aprende.
Ya se salvó prácticamente de una imputación global por sus abusos policiales en su mandato anterior, cuando desbocadamente violaba derechos humanos a diestra y siniestra, sometiendo a la legítima lucha de los chalecos amarillos. Esta vez los más jóvenes han salido a protestar, los chicos de liceo, a falta de profesores y con escuelas indignas y sucias. Como bien se mofan de Macron, «al menos usted tenía una maestra de francés» y «dándole clases particulares» (en tono burlón, aludiendo a su relación con su propia profesora, ahora esposa, cuando él era quinceañero y ella, cuarentona). Basta ya de demagogias y de que un pueblo tan ínclito como el francés suplique migajas a su Gobierno omiso. Esto no debería suceder ya en pleno siglo XXI. ¿Cuánto más se tiene que derrocar al «Rey Sol» y a su pretenciosa corte de Versalles? Porque, aunque no posee el título, el presidente francés actúa como un monarca dictatorial. Como un «Louis» cualquiera de la dinastía real, anteponiendo siempre sus privilegios al bien del pueblo. Todo el repudio hacia él es bien merecido. Por eso, más de 250.000 franceses están movilizados y seguirán hasta que Macron por fin se comporte como presidente y no como rey ególatra. Llegarán al millón de manifestantes y ni así el Gobierno tomará conciencia. Francia no es la Torre Eiffel o el Louvre; Francia es su gente, los descendientes de los guerreros que ya pudieron vencer a monarcas intocables y absolutistas y lo harán otra vez. Ojalá Macron abra los ojos antes de que ruede su «cabeza».
La reciente e indignante propuesta de una ley de presunción de legítima defensa para los cuerpos policiales en Francia no es más que el síntoma inequívoco de un régimen en descomposición. En lugar de tender puentes con una ciudadanía exhausta y enardecida, la administración de Emmanuel Macron recurre al atrincheramiento jurídico, buscando condonar el abuso de poder y salvaguardar a sus fuerzas de seguridad del escrutinio de la justicia. Pretender blindar institucionalmente el exceso policial mediante tretas legales no detendrá la marea del descontento popular; al contrario, solo reaviva la chispa de la indignación moral y política.
La violencia desenfrenada que se ha visto en las calles —simbolizada trágicamente en la crueldad gratuita hacia seres indefensos atrapados en el caos de las protestas, como un pequeño bulldog francés agredido en el fragor de una manifestación— expone la deshumanización de un aparato estatal que ha perdido el rumbo. Estos actos de brutalidad desmedida no solo quebrantan el contrato social, sino que revelan una visión del ejercicio del poder más cercana a la prepotencia de los antiguos sátrapas que a la sensibilidad y responsabilidad que exige una democracia moderna.
Macron parece haber olvidado una lección fundamental de la historia republicana: las curules no se heredan ni se ostentan ab aeterno; se ganan y se justifican día a día con legitimidad y servicio. Un Gobierno que responde a las demandas ciudadanas con represión e impunidad legal no solo demuestra su incapacidad para gobernar, sino que devela una profunda desconexión con la realidad de su pueblo.
Al evaluar el devenir de su mandato, la gestión macronista queda retratada como una cadena ininterrumpida de decepciones. La distancia entre el relato renovador con el que ascendió al poder y la crudeza de sus políticas autoritarias deja al descubierto el fracaso de su proyecto. Un presidente no puede legitimarse escudándose tras el uniforme de sus policías; la verdadera autoridad nace del respeto a la justicia y de la empatía con la sociedad a la que se debe.
En la era prehistórica, el líder de una comunidad era el hombre más fuerte y gallardo, quien iba delante de todos cuando cazaban o se defendían de los demás grupos o bestias, ponía el pecho por su gente y por eso era admirado y amado. En nuestros tiempos, según Macron, el líder o dirigente es quien se esconde, el más trémulo de todos y quien lleva a su pueblo al precipicio. @mundiario