En León, donde el miedo a la picadura de alacrán es parte de la vida cotidiana, autoridades de salud lanzaron un mensaje poco común: no matarlo, sino aprender a convivir con él bajo medidas de prevención claras.
El aviso se centra en el Centruroides infamatus, conocido como alacrán de corteza, una especie con importancia médica en la región, pero también con un papel ecológico relevante dentro del entorno urbano.
A abril de 2026, Guanajuato acumula más de 7 mil picaduras de alacrán, un incremento asociado al aumento de temperatura en la entidad, con León como uno de los focos principales. Ante este escenario, la Secretaría de Salud de Guanajuato (SSG) aseguró que existe abasto suficiente de suero antialacrán en todas las unidades médicas y reforzó el llamado a la prevención.
El dato es claro: sí representa un riesgo, pero también cumple una función. Este alacrán habita bajo la corteza de árboles y actúa como regulador natural de insectos nocturnos, lo que contribuye al equilibrio del ecosistema. Su presencia, explican especialistas, no es un accidente, sino parte de un entorno que aún conserva dinámicas naturales.
El giro del mensaje rompe con la reacción inmediata. No se trata de eliminarlo, sino de reducir el riesgo de contacto. La convivencia implica reconocer el peligro sin caer en pánico, especialmente en zonas con vegetación o espacios abiertos.
Las recomendaciones son puntuales: evitar introducir las manos en grietas, troncos o debajo de corteza, sacudir ropa, mochilas o cobijas que hayan estado en el suelo, y no manipular alacranes bajo ninguna circunstancia. En caso de picadura, la instrucción es acudir de inmediato a servicios de salud.
El enfoque, insisten autoridades, es cambiar la lógica de respuesta. Del impulso de matar a una cultura de prevención informada, en una ciudad donde el alacrán no es una excepción, sino parte activa del ecosistema urbano.
Para distinguir al alacrán de corteza (Centruroides infamatus) —de importancia médica— de otras especies menos peligrosas, es clave observar algunos rasgos básicos sin acercarse. Suele presentar un color amarillo claro o pajizo, con pinzas delgadas y alargadas, así como una cola (metasoma) más estilizada y segmentada, lo que le da un aspecto más “fino”. En contraste, los alacranes menos venenosos tienden a ser más oscuros y robustos, con pinzas gruesas y cuerpo más ancho. Aun así, la recomendación es no manipular ninguno: ante la duda, todos deben considerarse potencialmente peligrosos y evitar el contacto directo.