A las 5:30 de la mañana, en una parada sobre el bulevar Zaragoza, nadie le pide consejo a un chatbot. La trabajadora que espera la ruta hacia el parque industrial revisa cuánto le queda de saldo, contesta el mensaje de su hija y guarda el teléfono antes de que la batería se rinda. Mientras tanto, en conferencias, comerciales y discursos oficiales se repite que la inteligencia artificial ya transformó la vida de todos. La pregunta que tenemos que hacer es inevitable: ¿de todos quiénes? Debemos empezar por lo que sí está documentado.
El INEGI publicó en junio los resultados de su encuesta sobre tecnologías de la información en los hogares: en 2025, 86.1% por ciento de la población de seis años y más usó internet, casi 105 millones de personas. La cifra presume avance, pero el mismo levantamiento muestra la otra cara: uno de cada cinco hogares sigue sin conexión, y la principal razón no es el desinterés sino la falta de dinero. Además, menos de la mitad de los hogares tiene computadora y casi ocho de cada diez usuarios de celular dependen de un plan de prepago. Es decir, buena parte del país vive conectada a ratos, al ritmo de la recarga.
Sobre esa base desigual descansa la llamada revolución de la inteligencia artificial en la ciudad. Un reporte de difusión global de esta tecnología estimó que en el primer trimestre de 2026 apenas una de cada cinco personas en edad de trabajar en México utilizó alguna herramienta de IA generativa. El dato se celebró porque supera el promedio mundial, pero leído con calma dice algo distinto: cuatro de cada cinco mexicanos en edad productiva no la usan. Lo que se presenta como fenómeno nacional es, por ahora, una práctica de minorías con conexión estable, equipo adecuado y tiempo para experimentar.
Quiero aclarar que nada de esto significa que la herramienta sea inútil. Quien redacta un oficio, resume un expediente, traduce un correo o prepara una clase encuentra en ella un ahorro real de horas. En Juárez, los despachos, en las aulas universitarias y en las oficinas administrativas su presencia ya es cotidiana y, en muchos casos, productiva. El problema no es la tecnología; es el relato que se construye a su alrededor, pues se confunde el uso de un sector con el uso y experiencia de una sociedad.
La socióloga Tressie McMillan Cottom lo planteó sin rodeos llamando a la inteligencia artificial una tecnología “mid” (mediana), útil para tareas medianas y rodeada de promesas desproporcionadas. La socióloga advirtió, además, algo que en una ciudad maquiladora como la nuestra debería encender los focos de alertas: y es que una herramienta no necesita ser revolucionaria para usarse como pretexto para exigir más con menos personal. Nuestra ciudad al ser una industria principalmente maquiladora conoce bien que cada ola de automatización llega anunciada como progreso, y casi siempre la factura la paga quien está en la línea de producción y no quien diseña el proceso dejando de lado al humano y abriendo paso a las maquinas.
Aquí es donde todo se resume. Para el estudiante que comparte un solo teléfono con sus hermanos, para la madre que hace tareas con datos móviles prestados o para el adulto mayor que apenas aprendió a mandar audios, la inteligencia artificial no es una herramienta de la vida diaria; es una conversación ajena.
Tampoco ayuda el entusiasmo acrítico de los juarenses que sí la usan. Y es que debemos poner mucha atención porque delegar la redacción, la búsqueda e incluso el juicio en un sistema que se equivoca con aplomo no es modernidad, es comodidad. En el ámbito jurídico ya se han documentado escritos con precedentes inexistentes generados por estas herramientas.
Es aquí donde podemos cuestionar el uso de la IA es ¿moda o utilidad? Y sin causar polémica, aunque seguramente ya lo es, la respuesta es, ambas, todo depende del cristal con que se mira. Para unos pocos es un instrumento que ya rinde frutos; para la mayoría, un anuncio más que promete cambiarles la vida mientras siguen esperando la ruta para llegar a la maquila. La discusión pública debería dejar de preguntar cuántas personas usan inteligencia artificial y empezar a preguntar quiénes no pueden hacerlo y por qué. Hasta que no tengamos una respuesta clara, esta llamada revolución tecnológica, en el mejor de los casos se convierte en una exageración, o en él, pero de ellos en una forma elegante más de ignorar a los que siempre se quedan atrás.