España ha cerrado otro año de récords turísticos, y cada récord abre la misma conversación incómoda: ¿cuántos visitantes más puede absorber un lugar sin dejar de ser el lugar que la gente viene a ver? En la cornisa cantábrica la pregunta ya no es teórica. El propio empresariado de Cantabria lo resume sin rodeos: en verano la región está llena, y el reto es atraer viajeros el resto del año.
El Gobierno cántabro lo ha convertido en consigna: mirar a la calidad y no a la cantidad. El turismo ya supone el 12,2 % del PIB regional, y en 2024 se superaron los 2,1 millones de viajeros y los 6 millones de pernoctaciones. La cuestión es qué tipo de establecimientos van a sostener ese modelo. Y la respuesta, creo, está en proyectos como la Casería de la Mar.
Ocho habitaciones y ningún itinerario
La Casería de la Mar es una villa de ocho habitaciones a las afueras de Comillas, entre el paisaje rural y el mar. Va deliberadamente a contracorriente de lo que hoy vende la mayoría de hoteles: no tiene restaurante, no tiene programa de actividades y no propone itinerarios. Ofrece, en cambio, un desayuno sin reloj —pan artesano, huevos ecológicos, aceite del huerto, mermeladas caseras—, jardines, un spa con circuito de agua y la libertad de no hacer nada más.
Puede parecer una provocación. Es, en realidad, una tesis sobre el lujo contemporáneo. El viajero que más valor aporta a un destino ya no busca acumular experiencias en una agenda, sino tiempo, silencio y la sensación de estar en un sitio con nombre propio. Ese viajero gasta más, se queda más y, sobre todo, viene cuando el resto no viene.
El turismo que reparte
Hay otra virtud menos visible en el modelo. Una casa sin restaurante manda a sus huéspedes a comer fuera: a las tabernas de Comillas, a las casas de comidas de la comarca, a los productores locales. El gasto no se queda dentro de un complejo, se reparte por el territorio. Es exactamente lo contrario del turismo extractivo que tantos destinos lamentan ahora, y es lo que hace que un visitante sea bienvenido y no tolerado.
Comillas tiene, además, un argumento cultural de primera línea. La villa que los marqueses convirtieron en el siglo XIX en lugar de veraneo de la corte conserva El Capricho de Gaudí, el Palacio de Sobrellano y la Universidad Pontificia. Con el año Gaudí 2026, el interés internacional por el pueblo crece. La clave es que ese interés no se convierta en saturación, y para eso hacen falta alojamientos que atraigan a pocos, bien y durante todo el año.
Desestacionalizar con hechos
La desestacionalización lleva años en todos los planes turísticos y en pocos resultados. Se intenta a golpe de eventos y campañas, cuando la pieza decisiva es otra: tener una oferta que tenga sentido en noviembre. Una casa con spa, chimenea, jardines y un desayuno que se alarga hasta mediodía no necesita sol de agosto para justificar el viaje. Al contrario: el otoño y el invierno cántabros, con su luz baja y sus playas vacías, son su mejor temporada.
El nuevo turismo de calidad no se decreta desde un despacho. Se construye con establecimientos que eligen ser pequeños, que renuncian al volumen y que entienden que su mejor activo es el lugar donde están. La Casería de la Mar ha tomado esa decisión. Cantabria haría bien en mirar con atención este tipo de proyectos, porque son los que van a hacer realidad el modelo que tanto se repite en los foros. @mundiario