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Mundiario 16 Oct, 2026 10:58 (5 min de lectura)
Riesgo / Alerta

La UE nos quiere autómatas

La UE nos quiere autómatas
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• La UE propone software para limitar velocidad de coches en 2030.
• Se cuestiona la eficacia real frente a suicidios y siniestralidad bajante.
• Crítica al autoritarismo burocrático y pérdida de soberanía estatal.

Como se sabe, la UE baraja para 2030 la posibilidad de implantar un software para que los coches no puedan superar la velocidad legal en cada momento: el vehículo no superará 30, 70, o 120 aunque estemos adelantando o llevando a una hija a dar a luz.

¿Se justifica tal recorte de libertad? Veamos términos de comparación. ¿Cuántos se suicidaron en España en 2024? 3.808 personas. ¿Y muertos en accidente de coche? 1.119. Dividiendo 1.119 por el incontable número de desplazamientos, saldría una cifra infinitesimal. Con más coches, más potentes y más rápidos, la siniestralidad viene bajando desde, pongamos, mediados los 90s (dobles calzadas, rotondas, etc.). Por ejemplo: ¿cuándo ha visto usted el último golpe por alcance por detrás?

Pero vayamos al fondo, que no son los coches —aunque estemos en guerra contra ellos—; sino que, para Bruselas, regular y controlar es como respirar, o como una enfermedad incurable, con motivo o sin él; con competencia y sin ella.

Nadie —ni los oficialistas— ignora hoy que la UE se está pasando muchos pueblos en absorción de competencias y soberanía de los estados, pero todos miran para otro lado y dicen que el emperador va vestido. En parte, es por la sumisión voluntaria de la España anestesiada, el “gozo de la sumisión”: en 2024, en la guerra por los nombramientos judiciales, PP y PSOE fueron a Bruselas a hacer las paces como dos niños peleones ante su profesor, aunque el asunto era totalmente interno. Nadie ignora esto, pero nadie admite el autoritarismo y la nula democracia de la UE. La realidad de la «Europa de las libertades», que suena muy bien —fue real, un día, para quienes venían de dictaduras y totalitarismos—, es que, desde el parteaguas que fueron Lisboa, la crisis del euro (y todo lo que siguió: MEDE, pacto fiscal, etc.), el covid y demás, ha dejado de ser tal cosa. Las palabras son las de siempre, laudatorias y auto-gratificadoras como si fuera de la UE sólo hubiese selva, caos y abismo; los hechos son que la Unión no cesa de apostar por más poder y control. Últimamente, no incrementa nuestra libertad, o poco (alguna sentencia judicial que nos protege, pero no frente al poder europeo). Su manía reglamentadora está desatada; va camino de la competencia universal, que nada se le escape.

Como si de un estado intervencionista se tratara, el control ya no es sólo sobre lo macro sino también un micro-control tendencialmente capilar: pistas ciclistas (red Euro Velo, unos 50.000 kms.), velocidad de bicis eléctricas y sabe Dios qué más; a este paso, algún día será todo. Pero, cuidado, porque de «todo» viene «totalitarismo» (aunque no sólo de ahí). Con esa limitación de velocidad, compraríamos coches con control total y policía incorporado. Libertad del conductor, ninguna.

Pocos negarán, hoy, que España parece no un estado soberano sino una especie de super-comunidad autónoma, como sugiere el ir a Bruselas a alcanzar un acuerdo sobre el CGPJ (previamente, la Comisión les había «reñido»). Siempre tuvo Europa algo de «ogro benévolo», despotismo ilustrado y tecnocracia, pero ahora va hacia una cuasi-dictadura inapelable, y Úrsula, que parecía una muñequita anticuada, resulta ser una cuasi-dictadora centralista que no pregunta si tiene competencia o no para hacer lo que le parezca, incluso ponernos a todos a los pies de Trump.

Un momento: ¿hemos hablado de centralismo, en Europa? Aunque sea políticamente incorrecto decirlo, sí, y uniformización, también, como si Galicia y Rumanía, el Algarve y Finlandia, cupieran bien en el mismo saco. Cierto, la UE nos dio mucho (aunque no gratis), pero llevamos una buena temporada que cuando no es el campo, es el mar, y si no, la ruina de la industria automovilística, las abejas, las gallinas, la pesca deportiva, la condicionalidad de los fondos Next Generation...

Una mirada atrás y vemos que en esto está ocurriendo lo mismo que en España: así como el régimen del 78 ya es historia —esta España es otra—, la Europa anterior al mencionado parteaguas también es historia. Esta Unión Europea, la de Úrsula, Kallas y compañía, es otra.

Bruselas, por favor: no nos centralicen más; no nos uniformen. ¿Qué quieren? ¿Una UE de autómatas cumpliendo las 60.000 páginas del acervo comunitario? Cada vez disimulan menos su desconfianza en el hombre medio, como también en los estados de segunda división.

Y he aquí otro nuevo y muy importante problema: ¿y si la UE fuera ya un estado? Si lo fuera, sus estados habrían dejado de serlo, tertium non datur. Jamás lo hubiéramos creído los que entonces llevábamos décadas suspirando por entrar en Europa en un clamor universal (o sea, todos; por poco, hasta Franco). Ni se nos ocurría, antes, que Europa, la libertad, fuera algún día a dañar nuestra industria, agricultura y pesca, y a sepultarnos en un océano de pesadas y opresivas regulaciones y controles, como un estado administrativo cualquiera.

Para colmo, ahora no admite nada sobre ella y se ha puesto más allá de lo discutible. ¿Continuamos en la Unión por consentimiento o porque  ahora ya es tan hobbesiana, tan cuasi-divina e indiscutible como la sacrosanta unidad de España? @mundiario

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