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El Financiero 16 Apr, 2026 03:32

El privilegio de mandar

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha reanimado la polémica sobre una causa que comparten algunas naciones y regiones del mundo, que es la de derrumbar la hegemonía del dólar estadounidense como reserva de valor y moneda de cambio internacional.

Hay dos enfoques en esta polémica acerca de las inmensas ventajas que ha tenido Estados Unidos como emisor de la moneda con la que se comercian internacionalmente el petróleo, los alimentos, los metales industriales y preciosos, la mayoría de las manufacturas, y que es en la que los bancos centrales mantienen sus reservas internacionales.

Una de esas perspectivas centra su atención en el sistema financiero, como lo hace el premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman, y la otra enfatiza las tensiones geopolíticas acentuadas por el nacionalismo extremo del gobierno de Donald Trump.

Ninguna de esas dos líneas de análisis anticipa un destronamiento inminente del dólar, pero ambas reconocen que se está erosionando su hegemonía, la que le ha permitido a la sociedad estadounidense mantener un nivel de consumo muy por encima de la media europea.

Ser el emisor de la moneda mundial le ha dado a Estados Unidos una serie de ventajas económicas únicas. Ese conjunto de beneficios es conocido en la economía como el «privilegio exorbitante», término acuñado en la década de 1960 por el entonces ministro de Finanzas francés, Valéry Giscard d’Estaing.

El principal de esos exorbitantes privilegios ha sido la posibilidad de comprar bienes y servicios en el extranjero sin dar nada semejante a cambio, es decir, sin intercambiar productos del trabajo, sino emitiendo moneda.

En la práctica, esto significa que Estados Unidos ha adquirido bienes en exceso a sus exportaciones por valor de un billón de dólares, que es la cantidad de dólares que se estima que está en manos extranjeras.

Con ese millón de millones de dólares, la sociedad estadounidense ha elevado su nivel de consumo muy por encima de la media europea, sin haber hecho el esfuerzo productivo que todo intercambio de mercancías o servicios supone; le ha bastado emitir billetes al costo de su impresión.

Ese billón de dólares es como un préstamo sin intereses del resto del mundo con el que la sociedad estadounidense ha solventado consumos excesivos de bienes y servicios extranjeros. Para pagarlo, EU tendría que hacerlo con bienes y servicios que no produce.

Las únicas limitaciones que tiene el Departamento del Tesoro estadounidense al emitir dólares son la credibilidad del dólar como moneda de reserva global, la demanda efectiva de bonos del Tesoro, evitar presiones inflacionarias y las consideraciones de orden geopolítico.

El fin de ese y otros privilegios que permite el estatus dominante del dólar en el comercio y sistema financiero internacionales, la visualiza muy remota el economista Paul Krugman, premio Nobel 2008, simplemente porque no existe un sistema alternativo.

El mundo usa el dólar —sostiene Krugman— porque necesita un estándar común para comerciar que ni el euro, ni el yuan ni las criptomonedas ofrecen con la misma seguridad jurídica y confianza en su liquidez.

Ninguna de esas monedas ofrecería algo mejor que el dólar como medio de pago en transacciones comerciales, movimientos financieros o como refugio en situaciones de incertidumbre global o crisis financieras.

Otras líneas de análisis consideran que el dominio del dólar representa un enorme poder geopolítico del que EU ha abusado por muchos años aplicando sanciones y controles financieros en sus conflictos geopolíticos e influyendo decisivamente en instituciones globales como el FMI y el Banco Mundial.

Tales abusos se han acentuado en el gobierno autocrático de Trump, penetrado por una corrupción institucionalizada que se ha convertido en la norma, no en la excepción. Autocracia y corrupción van siempre de la mano.

Jeffrey Sachs, uno de los economistas estadounidenses más influyentes en desarrollo económico y sustentabilidad, argumenta que los abusos del sistema financiero/dólar han erosionado la confianza global en el dólar e incentivado a otros países a buscar alternativas.

Estamos —dice Sachs— en una transición hacia el desarrollo de sistemas de pago alternativos con uso del euro, yuan y monedas locales que podría terminar con el sistema dominado por el dólar en una o dos décadas.

En efecto, varios bloques económicos y regiones están impulsando activamente el uso de monedas distintas al dólar en el comercio internacional.

El bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y, desde 2024, Irán, Egipto, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos) destaca en el esfuerzo por reducir la dependencia del dólar.

BRICS impulsa el uso de divisas propias en transacciones bilaterales. El comercio intragrupo en monedas distintas al dólar rondaba ya el 50% a mediados de 2025. El 99.1% de los pagos entre China y Rusia ya se hacen en yuanes y rublos.

Brasil, Rusia y China dicen estar listos para echar a andar un sistema de pagos que competirá con el SWIFT estadounidense como mecanismo para liquidar transacciones en monedas locales.

La participación de China en BRICS es crucial, pues su economía ha superado a Estados Unidos como potencia comercial, posición desde la cual ofrece incentivos para cerrar acuerdos mercantiles en yuanes.

El dólar sigue dominando los intercambios internacionales y el sistema financiero global, pero China le ha lanzado el primer gran desafío a su hegemonía y cuenta con grandes recursos y posibilidades de éxito a una o dos décadas de plazo.

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