El anuncio por parte de la presidenta de que en México se llevará a cabo la explotación del polémico “sale gas” ha sacudido la opinión pública. La onda expansiva recorre, desde el terreno político, hasta el socioambiental.
Resalta, en primer lugar, el grito de independencia de Claudia de su antecesor. Por razones más viscerales que técnicas, López Obrador vetó el “fracking” categóricamente. Esta postura hubiera sido congruente con un defensor claro del medio ambiente. Sin embargo, es al menos curioso que, quien se refirió a la explotación de las lutitas como una obra del demonio, le dejó a México, y en particular a la tierra que lo vio nacer, una refinería cuya incidencia ambiental es hasta hoy desastrosa, mientras que no hay ni rastro de su prometido aporte a nuestra autosuficiencia energética. Dicho esto, si AMLO vetó el “fracking”, no es por su alma afín a la de Greta Thumberg. Irónicamente, Claudia sí tiene una trayectoria que avala su reputación ambientalista. Por lo mismo, llama la atención que, quien fuera laureada con el Premio Nobel, por ser integrante de un grupo de notables en la lucha contra el cambio climático, hoy se pronuncie a favor de la explotación de las lutitas en México. Digamos que, si bien aquí no se sataniza en absoluto el aprovechamiento de estos recursos naturales, tampoco es lícito decir que es una actividad baja en carbono. Vale decir, sin embargo, que ante una crisis energética descomunal, no es sorprendente que quien era verde se vuelva gris y viceversa. La pregunta es si la decisión de explotar el gas y petróleo de lutitas es un arranque que proviene de una coyuntura geopolítica muy apretada, o si en realidad estamos frente a un viraje serio y sostenible en nuestra política energética. Supongamos que se trata de una decisión firme y seria, por lo que México tendría que hacer una serie de ponderaciones que no resolverá en semanas, tal vez ni siquiera en meses. ¿Qué pasaría si la guerra cesara en poco tiempo y bajara la alarma de una amenaza de desabasto de hidrocarburos? ¿Persistiríamos en el afán de sacar esos recursos de la tierra, cueste lo que cueste?
Porque habrá que hacer mucho para decidir qué tanto son aprovechables. En primer lugar, la Cuenca de Burgos, donde yacen estos petróleo y gas, es vasta, pero ha sido notoriamente improductiva. ¿Qué ha faltado para que sea aprovechable de forma sostenible, desde todos los frentes? Porque no se trata de llenar la tierra de hoyos para sacar un recurso comercialmente inconveniente que, además, produzca daños sociales y ambientales irreversibles. Como sea, falta tanto por hacer que el anuncio de la presidenta esté fuera del alcance de lo razonablemente esperable. ¿Las empresas idóneas acudirán a su llamado? ¿Con qué capital, infraestructura y esquema de gobernanza podrán explotar las lutitas? Son tres preguntas muy breves que tardarán años en ser abordadas por la infinidad de variables que encierran. Tanto así, que sospecho que los recursos permanecerán enterrados. ____ Nota del editor: Miriam Grunstein es profesora e investigadora de la Universidad ORT México y es académica asociada al Centro México de Rice University. También ha sido profesora externa del Centro de Investigación y Docencia Económicas y coordinadora del programa de Capacitación al Gobierno Federal en materia de Hidrocarburos que imparte la Universidad de Texas en Austin. Hoy es socia fundadora de Brilliant Energy Consulting y dirige el blog Energeeks. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión
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