SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 16 de abril de 2026.- José Gerardo Adame Reyes -el Gominola- le hace honor al apodo con el trato afable y la sonrisa blanda, pero sus puños fueron todo lo contrario mientras se impactaban en la quijada del sujeto que acosó a una jovencita a bordo del camión urbano que él tripula desde hace 14 años, por las entrañas más inhóspitas de la capital potosina.
El video de los hechos, documentados el 11 de abril pasado, se viralizó rápidamente por todo el país y aunque algunos espacios informativos lo ubicaban como ocurrido en Chihuahua, en Jalisco y hasta Ciudad de México, este héroe del volante es 100 por ciento tunero.
Llega a la entrevista con la cadencia bonachona que lo caracteriza tras el volante, ataviado con una gorra beisbolera que lo corona como un ángel y una playera que tiene estampado el mapa de su propia historia: un camión urbano en color amarillo.
Esta exposición pública por haber zarandeado a un acosador no es nueva para él, antes de las redes sociales fue el héroe del papel impreso cuando su nota salió publicada en un periódico local con un encabezado muy justo: “Valiente chofer urbano golpeó a un depravado que tocaba a secundaristas”.
El hombre que cumplirá 14 años mirando por el retrovisor del transporte público, cargando la historia cotidiana de tantas almas, no buscaba hacerse viral. Simplemente habla como quien lleva la vida observando lo mismo, demasiadas veces, desde el mismo lugar: el asiento del conductor.
¡En mi camión no! ¿Qué no tienes mamá?
“Yo siempre tengo la maña de ir viendo al pasaje, ir volteando por el espejo”, cuenta. Un gesto con el que lee todo lo que ocurre en las filas de asientos grises de su camión.
El 11 de abril transcurría con una atmósfera cotidiana: calor, barullo, tráfico, cláxones, rostros agobiados, semáforos en rojo y el dolor punzante de su espalda por cumplir tantas horas sentado. Llevaba poco pasaje, apenas 2 varones y al menos 4 mujeres.
Subió un individuo enclenque, luego una señorita, nada extraordinario pero el ambiente se enrarecía y él lo supo perfecto: “se nota, uno los ve y sabe”. Alzó la vista al retrovisor y notó que la chica se movía de lugar, manoteaba, el sujeto la seguía, hubo contacto, defensa. Ningún pasajero dijo nada.
“Dije, a lo mejor pareja o algo… que iban discutiendo”, recuerda.
Avanzaba rumbo a Avenida de la Paz cuando ya no hubo lugar a dudas, en un semáforo en rojo la rabia se apoderó de él, pensó en sus hijas, en su madre y esposa, en sus nietas, exhaló con el hartazgo que antecede a la rabia y entonces preguntó.
“Amiga, ¿todo bien?”, y la respuesta angustiada llegó sin tapujo: “no, me viene manoseando”.
José asegura que lo confirmó una vez más. “¿Qué te hizo?”, le preguntó. Con mímica, ella le explicó los tocamientos que el hombre había hecho y entonces una voz femenina perdió el miedo para apoyar el testimonio: “viene de mañoso”.
“Primero me aseguré de todo lo que estaba pasando”, insiste. “Ya cuando supe bien… fue cuando actué”. Detuvo la unidad con ambas puertas cerradas, se encaminó por el pasillo a encarar al delincuente y sin mediar palabra lo tundió, un puñetazo, más rabia. Dos puñetazos. Mi hija. Mi esposa. Mi madre. En mi camión no.
La agitación no era solo por el esfuerzo físico, sino por la repulsión que le provocaba la escena, su reclamo haría eco por todo el país apenas horas después:
-“¿Qué, no tienes mamá? Aprende a respetar”.
Brotó la sangre de una encía chimuela, le tiró un diente, José hubiera querido que fueran más. Después abrió la puerta y lo dejó bajar a zancadas con un rictus de dolor que seguro todavía no olvida.
“No me controlé. Soy padre.”¿a quién le va a gustar que se pasen así con su familia?”.
Y viene la parte más inverosímil, esa escena que transgrede la dignidad de las mujeres ocurre a diario en todas las rutas, todo el tiempo, a cualquier hora.
El paisaje cotidiano de hombres con mirada lasciva, que insinúan, rozan, incomodan y luego bajan. Se les suman los carteristas, asaltantes, payasos malhumorados y cantantes frustrados que le mientan la madre -a él y a los pasajeros- porque no les dan una moneda.
“Y ni modo, ya los conocemos y aún así no les podemos negar el servicio mientras paguen pasaje, si lo hago me reportan y el problema con la SCT es para mí, me cae la sanción a pagar una multota”, y así la mayoría de los conductores se vuelven solo testigos involuntarios de toda clase de barbaries.
¿Y por qué no llamaste a la policía en el caso de este último acosador?, se le pregunta. Sin eludir demasiado su respuesta, asegura que estos criminales tardan más en bajar del camión que en salir de la cárcel.
- “¿Qué iba a pasar? Se lo llevan y lo sueltan al rato… y como ya iba golpeado, también me llevan a mí”.
Lo que sí puede hacer es aprovechar el espacio para hacer recomendaciones de seguridad a los pasajeros, además de gritarle “¡aguas con las carteras!” cuando ve a personas sospechosas abordando.
-“Ya dejen de llevar teléfonos expuestos, cierren los bolsos, las carteras, vayan atentos, sin audífonos, en resumidas cuentas pues no se pongan de pechito”.
Las anécdotas tras el volante avanzan y él regresa, una y otra vez, al relato inicial por el que se plasmó su imagen con millones de reproducciones en internet: el acoso es frecuente, cotidiano, y -muchas veces- invisible. No hay lugar para los impávidos, porque todos tenemos madre.
Cierra con su regla personal atenuada a un susurro: “En mi camión no” …
En la red su video seguirá circulando. Probablemente se olvide pronto, pero allá afuera miles de mujeres se mueven a casa, al trabajo, a la escuela, a seguir andando su vida y la merecen plena, respetada.
Dentro, en la siguiente vuelta, en cada semáforo o parador, su camión volverá a transportar historias.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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La entrada ¡En mi camión no! Gerardo reventó a acosador a puñetazos y se hizo viral se publicó primero en Noticias de San Luis Potosí.