La picardía mexicana, la carpa y el teatro callejero tuvieron un éxito notable en nuestro país en tiempos de control político absoluto, cuando la mano de hierro pesaba… y mataba. Eran años de un sistema que levantó un muro sólido contra cualquier movimiento de izquierda o disidencia.
Figuras como Jesús Martínez, Adalberto Martínez, Antonio Espino y el propio Mario Moreno convirtieron la pasarela en tribuna y el humor negro en crítica popular. Desde la parodia y la sátira, el pueblo encontraba una válvula de escape: se reía de su realidad y se burlaba del político ladrón, tan cínico como sinvergüenza.
Más adelante, Los Polivoces retrataron a políticos y empresarios voraces, falsos y vulgares. El actor Héctor Suárez marcó época con Qué nos pasa, interpretando a un político de gafas oscuras, aparentemente ebrio, que respondía incoherencias ante cualquier pregunta. También el cine hizo lo suyo: películas como Todo el poder, El infierno y La ley de Herodes mostraron un país donde la ficción apenas alcanzaba a la realidad.
Hubo un tiempo en que ser parodiado era sinónimo de fama —mala, pero fama al fin—. Aparecer en escenarios, revistas o caricaturas era parte del éxito político. Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox y Enrique Peña Nieto fueron llevados a todos los foros de la sátira: llenaban teatros y provocaban risas privadas en un país donde, durante años, lo público exigía silencio.
Los dueños de los medios también marcaban distancia cuando el presidente dejaba de ser útil. Trágico fue el trato hacia Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto: convertidos en caricaturas, en figuras de burla, en símbolos de ignorancia. En ese terreno, Fox se llevó los aplausos. Con su esposa fueron una pareja ideal para la burla.
La televisora del Ajusco, TV Azteca, llevó esto más lejos con muñecos de peluche de políticos: ser caricaturizado así implicaba relevancia. Personajes como Cuatemochas, Salinillas y el Jefe Ciego destacaron en Hechos de Peluche. El formato impactó a las audiencias populares, abrió espacios de crítica que funcionaban como catarsis colectiva ante una fauna política cada vez más cuestionada.
El caso de Andrés Manuel López Obrador marcó un quiebre. La burla ya no operó como desgaste. Al contrario: caricaturas como El Peje o Cabecita de Algodón, junto con campañas de descalificación constantes, terminaron por amplificar su presencia. El intento de cerrarle espacios, de ridiculizarlo y presentarlo como amenaza derivó en el efecto opuesto: visibilidad, identificación y, finalmente, fortalecimiento político.
Ahí cambió la lógica. La sátira dejó de ser únicamente crítica y empezó a funcionar, también, como propaganda involuntaria.
De cierta manera, lo hicieron fuerte, al grado que el movimiento de la 4T creció. Avanzó en los comicios locales; la campaña negra se endurecía. Volvía a ganar elecciones estatales, seguía el desgaste. Otra competencia electoral nacional y ganó la presidencia del país. Arreció la campaña de memes con imágenes dolosas e insultantes y el resultado comicial volvió a favorecer al Peje. En las conferencias mañaneras los contrarrestó, reviró los ataques logrando restar aún más la credibilidad de los medios nacionales.
Al igual que con el Peje, el mismo recurso se utiliza contra la presidenta Claudia Sheinbaum. Circulan memes de todo tipo: algunos ingeniosos, otros abiertamente vulgares. Pero cuando el ataque se vuelve exceso, pierde eficacia. La burla deja de erosionar y comienza a generar rechazo hacia quien la emite.
Si la intención es persuadir, el insulto difícilmente será el camino. En política, como en la comedia, no todo lo que hace reír suma. Y a veces, insistir en la burla termina fortaleciendo justo aquello que se pretendía debilitar.
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