Un meme creado con inteligencia artificial generativa del Papa Francisco con un abrigo blanco puede rayar entre lo estético y la crítica que se trae al mundo real desde una red social. Algoritmos que engañan al ojo humano, oportunidades para desestabilizar naciones completas, y oportunidades de crear nuevas formas de vida apoyados en las máquinas.
Esto es parte de la exposición How to Feel Real que abrió sus puertas la semana pasada en el MO Museum de Lituania, y donde se critica como la acelerada penetración de las herramientas digitales y los sistemas automatizados han rediseñado la textura misma de la cotidianidad, obligando a repensar los fundamentos de la convivencia democrática frente al avance de la desinformación.
Al respecto, la investigadora Eglė Rindzevičiūtė advierte que
vivir en una democracia coloca una gran responsabilidad en los individuos, quienes son llamados a tomar decisiones sobre muchas áreas de sus vidas y asuntos sociales más amplios, subrayando que los entornos informacionales actuales operan como campos de batalla para intereses contrapuestos perseguidos por empresas, grupos sociales y estados”.
Bajo una óptica curatorial que huye de las categorizaciones rígidas, el proyecto de exposición busca establecer un diálogo dinámico entre archivos históricos de los años noventa e instalaciones científicas de vanguardia. En este sentido, el curador Philipp Ziegler puntualiza que
lo que hace que el arte mediático sea especial es que a menudo es tecnológicamente complejo y, como resultado, refleja —y a menudo amplía— el discurso tecnológico de una manera altamente sensible al tiempo”, destacando que la meta principal consistió en “invitar a los visitantes a construir su propia visión equilibrada de la tecnología”.
El origen de esta ambiciosa colaboración internacional se gestó de forma orgánica entre el equipo del MO Museum de Lituania y el ZKM | Center for Art and Media Karlsruhe de Alemania, tal como relata Marius Armonas, al constatar la urgencia de cubrir vacíos temáticos sobre la tecnociencia en la región báltica.
Armonas señala que el proceso fue muy orgánico y que los creadores partieron de la premisa de “cómo la tecnología ha cambiado y continúa a cambiar la realidad que vivimos, así como las maneras en que la percibimos”, permitiendo que las propias piezas sugirieran las conexiones conceptuales de la muestra.
Por su parte, el también curador Jurij Dobriakov explica que el título de la exposición –tomado de una obra del artista lituano Robertas Narkus– encierra una ambigüedad calculada que funciona como una guía abierta de navegación.
Dobriakov apunta que el enunciado
es su doble significado, aunque ituitivamente se lee como una pregunta, no tiene signo de interrogación y, por tanto, puede ser entendido como una instrucción o un manual”, despojando a la muestra de dogmatismos.
Diversas realidades
Esta tensión que se siente en la exposición entre la fascinación estética y el vértigo distópico se manifiesta en los núcleos temáticos de las diversas obras presentadas, los cuales transitan desde los dilemas de las realidades cuánticas hasta los riesgos de la supervivencia automatizada en plena crisis climática y bélica, como explican los autores.
Eglė Rindzevičiūtė reflexiona sobre este dilema al señalar que “en un mundo donde todo es personalizado, ¿qué hace que nos hagamos a nosotros mismos verdaderamente individuales?”, cuestionando si aún conservamos capacidad de elección frente a los códigos que nos envuelven.
Asimismo, la muestra examina la mutación del cuerpo humano ante la hibridación tecnológica mediante piezas escultóricas como Homo Artificialis (2025), de la artista Rugilė Bernadeta Matuzaitė, la cual emplea silicona bicomponente, plásticos técnicos y elementos calefactores para indagar en los límites biológicos actuales y futuros.
La cartografía conceptual de la exposición plantea que, si bien la biotecnología y la inteligencia artificial amplifican las capacidades humanas, también exacerban lógicas de control y asimetrías de poder que el arte contemporáneo se encarga de someter a escrutinio crítico.
Lejos de adoptar una postura neoludista o de rechazo absoluto hacia la modernización, los organizadores insisten en que el propósito de las obras no es demonizar el progreso técnico, sino habilitar espacios de emancipación ciudadana.
Ziegler agrega que la exposición aspira a que “cuando los visitantes salgan de la exposición, sientan que hizo sentido y que han ganado nuevas perspectivas en nuestro presente”, consolidando al arte mediático no como un coto cerrado para expertos en tecnología, sino como una herramienta democrática de asimilación cultural y social.