En un partido, el liderazgo no se mide solo por quién ocupa su presidencia, sino por quién introduce los temas de debate, define el marco desde el que se interpretan y obliga a los demás a posicionarse al respecto. Si aplicamos esos criterios al Partido Popular de las últimas semanas, surge la siguiente cuestión: ¿está marcando Alberto Núñez Feijóo el discurso político del PP o está reaccionando a debates que otros miembros de su formación abren antes que él?
Liderazgo formal e influencia política y mediática no son exactamente lo mismo, y lo sucedido en el Partido Popular lo pone de manifiesto.
Ayuso introduce debates que obligan a Feijóo y a la dirección nacional del PP a posicionarse. Las contradicciones internas pueden complicar la estrategia electoral de los populares
El primer ejemplo es el voto por correo. Isabel Díaz Ayuso pidió a los ciudadanos que «ni se les ocurra» votar por correo y expresó dudas sobre la limpieza del proceso electoral. Al día siguiente, la dirección nacional del PP marcó distancia. El portavoz Borja Sémper defendió que el sistema era «garantista» y pidió participar tanto mediante voto presencial como por correo. Posteriormente, Núñez Feijóo adoptó una posición intermedia, poniendo en duda el voto por correo, pero con matices: «He sido presidente de Correos, confío en los carteros, no en los directivos».
Lo relevante no es tanto la falta de un mensaje claro, sino la secuencia de los hechos. Ayuso introduce el tema y fuerza a Génova a pronunciarse. Durante horas, incluso días, el debate no gira en torno a un tema escogido por el presidente del partido y candidato a la presidencia del Gobierno, sino sobre una cuestión planteada por la presidenta de la Comunidad de Madrid.
Algo similar sucedió unos días más tarde, en el primer mitin de precampaña, con la acampada de la Puerta del Sol. De nuevo, la presidenta de la Comunidad de Madrid como protagonista. Ayuso desplazó el debate desde el problema de la vivienda hacia el orden público y los posibles vínculos de determinadas organizaciones participantes en la acampada con grupos incluidos en listas terroristas por otros países. El asunto dejó de centrarse exclusivamente en alquileres, desahucios o acceso a la vivienda y pasó a desarrollarse también en términos de seguridad, radicalidad y legitimidad de la protesta.
Y eso es relevante porque una de las formas más claras de influencia política consiste en cambiar el marco de una discusión. La presidenta de la Comunidad de Madrid, de nuevo, eclipsó al candidato no solo por el cambio de enfoque, sino porque volvió a acaparar titulares. Quien consigue que el adversario, los medios de comunicación y su propio partido respondan obtiene una ventaja en la lucha por determinar la agenda, independientemente de que sus tesis sean aceptadas o rechazadas.
No son los únicos ejemplos. Con el asunto de las pensiones ocurrió lo mismo, pero con una variable nueva. Esta vez no fue Ayuso quien obligó al candidato a intervenir, sino la propia portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, quien afirmó que el sistema de pensiones «tal y como está no funciona y va a petar» y defendió la necesidad de afrontar cambios. La reacción de Feijóo fue clara: «Las pensiones son innegociables y ya; se acabó».
De nuevo, el interés está menos en determinar quién tiene razón que en observar cómo se construye y manifiesta el liderazgo dentro del partido.
La portavoz introduce un diagnóstico de crisis: el modelo no funciona y necesita modificaciones. El presidente responde intentando transmitir continuidad, seguridad y garantía del poder adquisitivo de los pensionistas. Ambos mensajes pueden ser técnicamente compatibles si se explica qué elementos se pretende reformar para garantizar la sostenibilidad futura, pero políticamente pueden transmitir marcos muy diferentes y, por tanto, confusión. Y, otra vez, la falta de un mensaje claro sitúa al partido en la necesidad de hacer aclaraciones.
En cualquier organización política existen discrepancias, baronías territoriales, portavoces con personalidad propia y diferentes sensibilidades; forma parte de la pluralidad interna, también necesaria. El problema para un líder aparece cuando esas voces dejan de ser complementarias y comienzan a competir por la definición de la agenda y a generar posiciones ambiguas.
La capacidad de comunicación de Ayuso
Es innegable que Ayuso posee una capacidad comunicativa singular dentro del PP. No necesita controlar formalmente la estructura nacional del partido para condicionar su conversación política. Puede lanzar una cuestión desde Madrid y conseguir que Génova tenga que responder a ella. Y ahí está la diferencia entre poder e influencia.
Sin embargo, el episodio de las pensiones demuestra que también existen mensajes procedentes de la propia dirección nacional que requieren posteriormente una aclaración del candidato. Parece que en el PP la capacidad de marcar el discurso está distribuida: Ayuso introduce temas y marcos con enorme facilidad, otros dirigentes generan debates propios y Feijóo se ve obligado después a ordenar, enmendar o cerrar algunas de esas controversias.
En campaña se necesita que, cuando el ciudadano piense en las principales propuestas de una formación —pensiones, vivienda, inmigración, economía o calidad democrática—, pueda identificar con claridad cuál es su posición. Y las formaciones necesitan que sean sus mensajes los que obliguen a reaccionar a sus adversarios, no a los miembros de su mismo partido o al propio candidato.
Y la cuestión sobre quién marca los temas de debate y los tiempos de la carrera hacia el 29-N puede ser más relevante de lo que parece, porque, aunque la victoria del bloque de derechas pueda parecer a día de hoy incuestionable, cualquier error de los populares puede tener consecuencias no solo en los resultados, sino en las negociaciones posteriores con Vox para un acuerdo de investidura o de Gobierno. @mundiario