Hablar demasiado de sí misma parece haberse convertido en uno de los problemas de la izquierda alternativa de cara al 29-N. Quién encabeza una lista. Quién ocupa el número dos. Qué partido conserva su marca. Qué candidatura se presenta en Madrid. Qué fórmula se utiliza en Cataluña. Quién negocia con quién y bajo qué siglas.
Todo eso importa. Pero tiene mucha más relevancia dentro de los partidos que fuera de ellos y puede tener, además, un coste electoral. Mientras las fuerzas de izquierda, salvo el Partido Socialista —que ya tiene bastante con sus propios escándalos—, discuten sobre cómo concurrir a las próximas elecciones generales, en la calle la conversación va por otros derroteros: por esa sensación, cada vez más extendida, de que trabajar no siempre garantiza vivir con tranquilidad y dignidad.
La izquierda alternativa debe explicar qué hizo y qué dejó de hacer cuando gobernó. La disputa por las candidaturas aleja el debate de los problemas reales de los ciudadanos
Cada día que el debate gira en torno a nombres, puestos, vetos y candidaturas es un día en el que se habla menos de inmigración, vivienda, sanidad y otros servicios públicos. Y quizá, en esta ocasión, el debate sobre esas cuestiones cobre especial importancia, no solo por la situación política, económica y social, sino porque la izquierda no llega a esta campaña desde la oposición.
Parte de las fuerzas que ahora quieren convertir esos problemas en grandes asuntos electorales han formado parte del Gobierno durante los últimos años. Por tanto, la izquierda alternativa ya no puede presentarse únicamente como denunciante de los problemas sociales: tiene que responder, también, por aquello que no consiguió hacer.
Y ahí entra en juego una de las variables decisivas de cualquier campaña: la credibilidad. Después de años formando parte de gobiernos de coalición, el elector puede formularse una pregunta bastante sencilla: ¿por qué lo que ahora se presenta como urgente no se resolvió antes?
Una fuerza que llega desde la oposición puede prometer un cambio. Una fuerza que ya ha gobernado tiene que hacer algo más complicado: explicar qué hizo, qué no pudo hacer, por qué no pudo hacerlo y qué haría ahora de manera diferente. Después de años de presencia en el Ejecutivo, la izquierda alternativa tiene que asumir que una parte del electorado evaluará sus propuestas a la luz de su gestión.
El voto retrospectivo explica precisamente parte de ese comportamiento: los ciudadanos no valoran únicamente lo que los partidos prometen hacer, sino también lo que perciben que hicieron —o dejaron de hacer— cuando tuvieron responsabilidades. Y ahí la izquierda se enfrenta a una situación incómoda.
Para un político, ocupar el número tres o el número cinco de una candidatura puede determinar su futuro político y personal. Para una persona que dedica más de la mitad de su sueldo al alquiler o a la hipoteca, esa discusión es secundaria. El votante necesita explicaciones, balance y autocrítica. Y, sobre todo, necesita entender por qué aquello que no se consiguió durante años podría lograrse si esas fuerzas vuelven al Gobierno.
Los partidos necesitan estructura, candidatos, reglas y mecanismos para repartir responsabilidades. Pero todo eso debería ser el instrumento. No el mensaje. El problema de la izquierda alternativa ya no es únicamente que esté fragmentada. Es que, mientras discute quién debe representarla, no termina de demostrar por qué merece credibilidad para representar problemas que, en algunos casos, no consiguió resolver cuando estuvo en el Gobierno.
Y ahí está la pregunta más incómoda: ¿puede la izquierda volver a convertir en bandera electoral aquello sobre lo que una parte del electorado considera que ya tuvo la oportunidad de actuar y no lo hizo? @mundiario