El valiente ensayo de Noemí Trujillo desentraña algunas de las claves sociales y culturales que el ejercicio de la prostitución representa dentro de una normalización sibilina que ha convivido con su propio tabú. La tesis de este manifiesto apuesta por la abolición de estas prácticas vejatorias al poner de relieve la naturaleza deprimente y coercitiva del propio ejercicio de la prostitución en el que la mujer es siempre prostituida, no prostituta.
Lo relevante es que Noemí Trujillo analiza la continua redefinición del concepto y su acción a través de la literatura. Una revisión historicista desde la Edad Media hasta el realismo galdosiano pone de relieve que la prostitución ha formado parte de un imaginario estético en el que la sublimación y el idealismo de la mujer prostituida no han estado exentas de un neoplatonismo enfermizo: "La mayoría de la población condena la trata y el proxenetismo, pero tiende a "excusar" a los "clientes" de la prostitución. El abolicionismo plantea un cambio radical en este comportamiento: sin "clientes" deja de tener sentido la captación y el tráfico. Es necesario desincentivar la demanda". (pág. 55).
Merece la pena detenerse en este tipo de reflexiones por dos motivos, independientemente de la posición ideológica a favor o en contra de la abolición: en primer lugar, Noemí Trujillo abre un debate político y social que parece quedar siempre reducido a tópicos y clichés en el mejor de los casos y donde una parte del progresismo omite la estigmatización y la deshumanización que la prostitución conlleva en demasiados contextos en los que la invisibilidad es una constante: "Algunos escritores españoles han señalado las mentiras del "mercado sexual" español, proclamando que la prostitución feliz y voluntaria es un mito; otros han realizado apología de la prostitución o se han mostrado transigentes con ella. A mí me interesan más los primeros que los segundos y, también, aquellos que se encuentran en una zona intermedia. El nuevo abolicionismo que está por llegar debe escuchar a todo el mundo para ser capaz de proteger a la mujer prostituida". (pág. 73).
En segundo lugar, me interesan los textos que se enfrentan a los tabúes que siguen operando en nuestras sociedades modernas, donde la consolidación de derechos fundamentales parece ser todavía una panacea. La reflexión de Noemí Trujillo se desarrolla a partir de argumentos que, por su formación literaria, recurren a la tradición cultural de libros y autores en los que la prostitución se convierte en marco creativo para obras como La Celestina o la narrativa galdosiana: "Ni a Galdós ni a Baroja ni a Cela les preocupaba erradicar la prostitución, no fueron escritores abolicionistas, pero sus textos muestran hoy que la única forma de avanzar en la sociedad española es deslegitimar y abolir el sistema prostitucional, luego sus obras permiten una lectura e interpretación abolicionista" (pág. 113).
El hecho de recurrir a la tradición literaria corrobora una percepción cultural de la feminidad que ha estado subordinada al comercio sexual y al meretricio durante siglos, manifestando que la vejación hacia el género femenino ha sido una constante temática en la creatividad literaria, lo que implica el afianzamiento de una cultura del esclavismo que parece aún insuperable. La posición de Noemí Trujillo es clara por su defensa de la abolición, basada en un intento reparador desde contextos legales y jurídicos en los que la implicación de las instituciones ha de ser determinante. Sin embargo, es consciente de las limitaciones de un sistema que permite, desde hace siglos, toda clase de fisuras y vacíos legales por los que la prostitución actúa con total impunidad en muchos escenarios. Aquí la desigualdad social es clave y la persecución del demandante ha de ser la prioridad. Lo pernicioso es dejar pasar el tiempo, la laxitud en la toma de decisiones, la pasividad institucional ante una humillación estructural que adquiere la fatídica normalización de cualquier negocio vinculado al entretenimiento: "Lo que yo aprendo leyendo a Galdós es que mientras aceptemos la pobreza, la desigualdad de género y la desprotección social de las personas más vulnerables estamos permitiendo la prostitución". (pág. 38). @mundiario