Desde las aguas ultraprofundas de la cuenca de Santos en Brasil hasta los yacimientos de shale de la árida Patagonia argentina, un nuevo auge de los hidrocarburos está tomando forma en toda América Latina.
Se prevé que alrededor del 44% del crecimiento mundial de la oferta de crudo entre 2025 y 2030 provenga de Brasil, Guyana, Argentina y Venezuela, según la consultora Rystad Energy. En conjunto, estos cuatro productores añadirán casi 2,5 millones de barriles diarios para finales de la década, de un aumento mundial previsto de 5,6 millones.
Esta expansión no podría llegar en un momento más delicado para el mercado petrolero. El conflicto en Medio Oriente, que ha interrumpido los flujos a través del estrecho de Ormuz y dañado la infraestructura de gas natural, está obligando al sector a replantearse el riesgo, la fiabilidad y la diversificación. Para América Latina, este cambio abre una oportunidad clara: posicionarse como un proveedor estable y con abundantes recursos en una región en gran medida libre de grandes conflictos interestatales y cada vez más marcada por políticas pragmáticas y favorables a los negocios. Si la región logra capitalizar el actual reajuste geopolítico, gran parte de ese nuevo peso recaerá en su creciente influencia energética.
“Latinoamérica no sustituye a Medio Oriente, pero mitiga significativamente el riesgo de concentración al combinar entornos de inversión estables, carteras de proyectos visibles y un potencial de recursos escalable”, me comentó Radhika Bansal, analista de Rystad Energy. Esto, añadió, posiciona a la región como “uno de los principales contribuyentes al crecimiento del suministro mundial de petróleo durante la próxima década”.
La región también debería aprovechar este momento para impulsar la integración energética, un paso clave para dinamizar el comercio intrarregional, apoyar la relocalización de las cadenas de suministro y reforzar la estabilidad política y económica. Proyectos como un corredor de gas natural emergente que conecte Argentina, Brasil y Chile, el auge de México como centro de reexportación de gas estadounidense a los mercados globales y la tan discutida interconexión entre Colombia, América Central y el Caribe podrían impulsar el consumo, respaldar el crecimiento industrial y ampliar las exportaciones, factores con potencial de cambiar las reglas del juego.
El sector ya ha alcanzado algunos hitos destacados. Brasil, el mayor productor de petróleo y gas de la región, es ahora líder mundial en producción en aguas profundas y ultraprofundas y aspira a situarse entre los cinco principales productores de crudo del mundo para 2030, impulsado por yacimientos prolíficos como el de Búzios. Junto con Guyana, domina el mercado de buques flotantes de producción, almacenamiento y descarga, tanto en plataformas activas como en proyectos en desarrollo. Argentina, por su parte, ya es un productor destacado de shale oil y tiene ambiciosos planes para convertirse en un importante proveedor de gas natural licuado. Según algunas estimaciones, América Latina se ha convertido recientemente en una de las mayores fuentes de crecimiento incremental del gasto de capital en el sector upstream.
“Este es un punto de inflexión para la región desde el punto de vista del crecimiento, la tecnología y la extracción de recursos”, afirma Iván Sandrea, geólogo venezolano y director ejecutivo de Alize Energy, una firma de inversión centrada en oportunidades regionales. “Latinoamérica apunta a todo: petróleo, gas, GNL, shale, aguas profundas, crudo pesado, gas offshore. Soy muy optimista”.
Como parte de su portafolio, Sandrea dirige la startup petrolera CaribX, que cuenta con una licencia prospectiva offshore en Honduras, donde no se ha realizado exploración relevante desde la década de 1970. La empresa tiene previsto iniciar trabajos sísmicos este año. “Las cosas están avanzando”, me dijo.
En toda la región están surgiendo otras perspectivas interesantes, desde una próxima ronda de licencias en República Dominicana hasta la actividad offshore en Perú y Uruguay, junto con oportunidades adicionales en zonas fronterizas.
A pesar de este impulso, la realidad en la región sigue siendo desigual y vulnerable a la política. Países como México, Colombia y Ecuador están más enfocados en gestionar el declive natural de yacimientos maduros que en expandir la producción. El elefante en la habitación es Venezuela, miembro de la OPEP con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo —más de 300.000 millones de barriles— y posiblemente uno de los países con más que ganar de las disrupciones en Medio Oriente. La destitución de Nicolás Maduro a principios de este año y la inesperada transición política, más cercana a un protectorado respaldado por EE.UU., han vuelto a colocar al país en el radar de las grandes petroleras internacionales tras décadas de nacionalismo de recursos y deterioro institucional. A corto plazo, la producción podría aumentar entre 300.000 y 400.000 barriles diarios. Sin embargo, el crecimiento sostenido dependerá de la estabilidad política, un marco jurídico más claro, condiciones fiscales competitivas y el regreso de operadores internacionales como ConocoPhillips y Exxon Mobil Corp. tras la resolución de disputas arbitrales. Los recursos están ahí; si se traducirán en incrementos sostenidos de producción sigue siendo incierto.
En el otro extremo está México. Durante décadas el mayor productor de América Latina, ha pasado de reformas favorables a la inversión de hace una década a un enfoque más nacionalista bajo el partido gobernante Morena. Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado una renovada apertura a la inversión privada, incluyendo asociaciones en el sector eléctrico y un posible resurgimiento del fracking, el peso del estatismo sigue restando atractivo al país frente a otros productores de la región. Para las empresas privadas, otras jurisdicciones resultan más atractivas. Los posibles cambios políticos en Colombia y los próximos ciclos electorales en Brasil también podrían reconfigurar el panorama energético.
A corto plazo, el conflicto en Medio Oriente se ha convertido en un desafío para los responsables de política económica, al elevar los precios del combustible y los fertilizantes y presionar la inflación. Los gobiernos están respondiendo con subsidios y otras medidas fiscales. Aunque esto podría acelerar la transición hacia energías renovables en algunos mercados a largo plazo, la expansión del petróleo y el gas en América Latina está cobrando fuerza. Es otra oportunidad que la región no puede permitirse desaprovechar.