La respuesta inicial de los inversionistas a los ataques de Estados Unidos e Israel contra objetivos específicos en Irán fue relativamente limitada, en parte porque la información disponible aún no permitía dimensionar el alcance de lo ocurrido. La reacción se volvió más marcada con el paso de los días, con movimientos abruptos en los precios de distintos activos (principalmente petróleo).
Los mercados atravesaron por un periodo de calma cuando se detectó la posibilidad de que Irán agotaría sus recursos militares pronto y no tendría otra opción más que rendirse ante Estados Unidos y sus aliados.
No obstante, hacia el cierre de los mercados el viernes, la tensión aumentó de forma importante y el precio del petróleo se ubicó alrededor de 90 dólares por barril cuando apenas días antes cotizaba 20 dólares por debajo de este nivel. Las bolsas cayeron e incluso el S&P 500 borró todas las ganancias que había obtenido en lo que va de 2026.
A pesar de que el presidente Trump declaró que la Marina de su país escoltaría barcos a través del estrecho de Ormuz, y a pesar de promover primas de seguros que aseguraban el paso de cargueros petroleros por esa zona, los mercados cerraron con un fuerte deterioro.
¿Qué pasó? Ya no sólo preocupa la duración del conflicto (el presidente Trump consideró que éste podría extenderse hasta cuatro-cinco semanas). Preocupa su intensidad. Las reacciones de Irán han sido agresivas a pesar de sus recursos limitados e incluso se habla de posibles ataques a otros aliados de Estados Unidos en otras regiones. Si los recursos se terminan pronto, tal vez busquen atacar con todo lo que les queda antes de que dichos recursos se agoten.
Una interrupción breve, pero intensa mediante ataques a infraestructura energética, hidráulica o marítima podría generar choques bruscos e inmediatos. El involucramiento de otras potencias, principalmente miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en alianza con Estados Unidos, así como Rusia y China en alianza con Irán, podría escalar el conflicto en poco tiempo. El 20% del petróleo que se consume en el mundo atraviesa el Estrecho de Ormuz e Irán mantiene la amenaza de atacar barcos que intenten cruzar por esa zona.
La volatilidad del tipo de cambio peso-dólar reflejó la turbulencia observada en los mercados internacionales. El tipo de cambio osciló entre $17.20 y $17.87 pesos para cerrar la semana por encima de $17.80. El dólar se había debilitado significativamente en días previos. Incluso el oro, contrario a lo que se había observado desde que Trump asumió un segundo mandato, cayó de precio. El dólar norteamericano demostró que se mantiene como una moneda de refugio en momentos en los que el riesgo aumenta súbita e inesperadamente a nivel global.
En el plano macroeconómico, la publicación de datos débiles de empleo y ventas al menudeo en Estados Unidos reforzó la expectativa de un gasto en consumo más moderado que podría contrarrestar el impulso brindado por la inversión en tecnología (principalmente inteligencia artificial). En condiciones distintas, el debilitamiento del empleo se traduciría en más recortes en la tasa de la Reserva Federal (FED). No obstante, ahora comenzó a preocupar el impacto de un precio de petróleo tan elevado sobre los precios de gasolina, mismos que afectan a la inflación general y podrían obstaculizar los recortes en la tasa de interés de referencia.
El mandato de la FED se encuentra nuevamente en tensión. Si el conflicto dura más de lo previsto y la inflación rebasa el 3% anual, el banco central podría considerar no bajar más su tasa. Si el conflicto es intenso, pero breve, los precios del petróleo reaccionarían a la baja, restarían presión sobre la inflación y, aunado a caídas en el empleo, permitirían a la FED bajar su tasa hasta tres veces como lo ha llegado a descontar el mercado para este año.
Claro. A menos que el impacto breve sea tan fuerte que el conflicto escale y los precios del petróleo no bajen o incluso rebasen los 100 dólares por barril.