Las banderas del pequeño municipio de Schengen, Luxemburgo, en el que se abrió el melón de derribar fronteras y soñar con alcanzar la quimera de unos Estados Unidos de Europa, permanecen a media asta. En tan solo 24 horas, la buena noticia de que Hungría había vuelto al buen redil, tras mandar a casa al tal Orbán, esa voz que euro-desafinaba, se la amargó Pedro Sánchez, por su cuenta y riesgo, anunciando urbi et orbi que, España, esa España suya que, a veces no parece esa España nuestra, la de todas y todos a la que declaró su amor la malograda Cecilia, se pasaba el Acuerdo de Schengen (al que se adhirió e 1991) por el arco ese del triunfo, o sea por el que suelen pasarse las cosas los megalómanos, los oportunistas o los acorralados.
Ignoro en cual de esas circunstancias ha tomado esa decisión nuestro actual inquilino de La Moncloa, oye, pero resulta evidente que, en Bruselas, esa capital, todavía fantasma, en la que se cuece a fuego lento la quimera de convertirse en el Washington del viejo continente, la nomenklatura se pasea por sus calles con los ceños fruncidos, con la ira disimulada tras una careta diplomática, con la duda metódica de si, al sur de los Pirineos, comparten proyecto con un Pedro capaz de negarles de vez en cuando o un Judas dispuesto a venderle por treinta monedas de Yuan, o algo así, aportadas por sanedrines chinos, venezolanos, mexicanos y todo tipo de mercaderes intentado evitar la competencia con una Europa única, grande, libre, con capacidad para afrontar el inescrutable futuro pudiendo exclamar en voz alta: ¡estos son mis poderes!
Claro que los hipotéticos Estados Unidos de Europa, todos juntos y no revueltos, contienen en sus ADNs la vocación de ser territorio de acogida. Por supuesto que, con profundas y solidarias jornadas de reflexión conjunta y aportaciones libes de intereses partidistas y electoralistas, llegarían a un denominador común como tierra prometida y sueño europeo para mujeres y hombres de buena voluntad de todos los rincones del planeta. Pero Pedro Sánchez, por motivos que ignoramos pero estamos en condiciones de poder imaginarnos, tenía prisa, mucha prisa, y ha renunciado al sabio consejo para esas ocasiones: vestirse despacio. Compartir, con todos sus socios europeos (ahora con la mosca detrás de las orejas) la grandeza de una reflexión serena, unas reglas de juego inteligibles y eficaces, un marco de derechos y deberes ajustados a las circunstancias heterogéneas de un Espacio Schengen con vocación homogénea.
No es bueno que el hombre esté solo, sobre todo si encima preside un pedazo de una Europa con 50 millones de europeos que sueñan en castellano. No pueden repicar las campanas en una semana en la que nos hemos quitado de encima a Orbán, el Judas húngaro que nos estaba vendiendo al Kremlin, al mismo tiempo que Pedro Sánchez dejaba de lado a Europa, indefenso al Espacio Schengen, vulnerable a la Administración Pública española (con incapacidad manifiesta y manifestada para afrontar el tsunami) y con el sambenito de ser un socio poco fiable, incluso desagradecido, que se impone medallas macroeconómicas con cargo a fondos, curiosamente, europeos.
Todo eso parecerá que es cosa entre políticos y líderes europeos, oye. Pero, al final, entre poblaciones civiles en proceso de unión para alcanzar la fuerza, con la falta que no está haciendo a medida que se consolida el Nuevo Orden, mejor dicho, el Nuevo Desorden mundial, qué quieren ustedes que les diga: sin comerlo, ni beberlo, ni decretarlo, nos deja a las españolas y españoles, la gente corriente, a los pies de los caballos de las opiniones públicas y tal vez publicadas del continente que sueña con erigirse en los Estados Unidos de Europa. @mundiario