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Quadratin 18 Apr, 2026 11:12

Basta de culpar al aguacate; Estado omiso e hipócrita: AALPAUM

MORELIA, Mich., 18 de abril de 2026.– La Asociación Agrícola Local de Productores de Aguacate de Uruapan (AALPAUM) lanzó un reclamo frontal contra lo que califica como una campaña de estigmatización internacional y una cómoda evasión de responsabilidades por parte del Estado mexicano.

El blanco inmediato: el artículo publicado en la revista Nature, que vincula la expansión del aguacate en Michoacán con la pérdida de humedad en los suelos.

Enrique Bautista, referente máximo de la organización, fustigó que el referido texto no se trata de un análisis riguroso, sino de una generalización peligrosa que simplifica un fenómeno complejo y, peor aún, sirve de coartada para encubrir años de omisión gubernamental.

“Es más fácil culpar al aguacate que asumir el fracaso de la política ambiental”, sentenció, vía un documento puesto a consideración de la opinión pública internacional.

La crítica no se queda en lo académico. Apunta a un problema de fondo: la construcción de una narrativa que convierte al productor en culpable automático, mientras las autoridades federales y estatales observan, toleran o simplemente no actúan frente a la expansión irregular, la tala ilegal y el uso desordenado del agua.

Bautista no niega la realidad incómoda: sí ha habido deforestación, sí hay huertas ilegales, sí existe presión sobre los recursos. Pero advierte que señalar al aguacate como causa única no solo es falso, sino irresponsable. “El deterioro ambiental no es monocultivo, es multicausal. Y ahí están el cambio climático, la sobreexplotación generalizada del agua y la ausencia de regulación efectiva”, sostiene.

El señalamiento es directo: durante más de dos décadas no se han otorgado permisos formales para el cambio de uso de suelo forestal, pero las huertas crecieron. ¿Cómo? La respuesta, dice, está en la omisión institucional. “No es expansión espontánea, es territorio sin Estado”, remata.

El dirigente aguacatero también desmonta otra idea que considera cómoda para el discurso crítico: la del gran capital depredador dominando el sector. La realidad, afirma, es mucho más incómoda para quienes simplifican. Más de 30 mil productores sostienen la industria en Michoacán, la mayoría pequeños propietarios, muchos con parcelas menores a cinco hectáreas. Son ellos quienes encontraron en el aguacate una salida ante la ruina de otros cultivos.

“Se criminaliza al que sobrevivió, no al que permitió el desorden”, acusa el es secretario de Gobierno de Michoacán.

En materia hídrica, Bautista lanza otra embestida. Cuestiona que se atribuya al aguacate el papel central en la crisis del agua sin revisar el uso extendido, irregular y muchas veces ilegal en múltiples actividades agrícolas. “El saqueo del agua no tiene un solo cultivo, pero sí tiene un patrón: la falta de control”, advierte.

Y va más allá: reconoce que el aguacate consume más agua que el bosque, pero rechaza que ese dato, aislado, se utilice como sentencia condenatoria. “Sin contexto, cualquier cifra se vuelve propaganda”, lanza.

Sobre los impactos en suelos y biodiversidad, Bautista también rompe la narrativa dominante. Asegura que la evidencia científica no es uniforme y que existen estudios que muestran efectos diferenciados según el manejo agrícola. “No todo es devastación, pero tampoco todo es sustentable. Lo que falta es seriedad, no consignas”, afirma.

El tono se endurece al abordar la fragmentación forestal. Sí, admite, miles de pequeñas huertas han roto la continuidad de los bosques. Pero insiste: eso no es producto de una conspiración empresarial, sino del abandono estructural del campo. “La fragmentación no la hicieron los ricos, la hizo la necesidad”, sentencia.

Frente a este panorama, Bautista lanza un desafío incómodo para todos: dejar de usar al aguacate como chivo expiatorio y enfrentar el problema real. Propone una ruta que no suena cómoda: políticas públicas integrales, vigilancia efectiva, incentivos reales para la conservación, diversificación productiva y certificaciones ambientales que no sean simulación.

También cuestiona los esquemas actuales que “perdonan” huertas establecidas en los años más críticos de deforestación. “Se regulariza lo reciente y se olvida lo grave. Así no hay justicia ambiental, solo maquillaje”, acusa.

El mensaje final no busca conciliar, sino sacudir: lo que está en juego no es solo el futuro del aguacate, sino la credibilidad del país frente a sus propios problemas. “Si seguimos simplificando, no vamos a resolver nada. Ni el agua, ni los bosques, ni el campo”, advierte.

Para Enrique Bautista, el verdadero escándalo no es el crecimiento del aguacate, sino la comodidad con la que se le culpa de todo.

“Porque mientras se señala al fruto, el fondo del problema sigue intacto”, concluye.

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