Donald Trump suele hablar como si el mundo fuera un tablero que debe alinearse con sus decisiones. Cuando eso no ocurre, recurre a advertencias, ultimátums o acusaciones contra aliados y adversarios por igual. Ya no tarde el presidente estadounidense en recurrir a las amenazas públicas y a su obstinación que pocas veces admite matices.
Los aliados de Estados Unidos afirmaron este lunes que no tienen planes inmediatos de enviar buques para desbloquear el estrecho de Ormuz, rechazando así la petición del presidente estadounidense de apoyo militar para mantener abierta esta vía marítima vital. Trump pidió a las naciones que ayuden a vigilar el estrecho después de que Irán respondió a los ataques de Estados Unidos e Israel utilizando drones, misiles y minas para cerrar de facto el estratégico canal frente a sus costas a los petroleros que transportan una quinta parte del suministro mundial de crudo.
“¿Qué espera Donald Trump que hagan uno o dos puñados de fragatas europeas en el estrecho de Ormuz que no pueda hacer la poderosa Armada de Estados Unidos?”, dijo en Berlín el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, restando importancia a las amenazas del mandatario estadounidense sobre posibles consecuencias para la OTAN.
La escena refleja un desgaste evidente en el liderazgo internacional que Trump intenta proyectar. Durante años ha presionado a la OTAN para que actúe según sus intereses, ha lanzado amenazas comerciales y políticas a distintos gobiernos y ha construido una narrativa en la que cualquier país que no respalde sus decisiones se convierte automáticamente en adversario.
Ese comportamiento, cercano al de un gobernante que pretende ejercer autoridad absoluta sobre sus aliados, empieza a generar resistencia. Varios gobiernos europeos recuerdan que Estados Unidos e Israel iniciaron las acciones militares contra Irán sin consultas previas, y ahora Washington pretende que otros países asuman los costos políticos y militares de una guerra que no decidieron.
La negativa a enviar buques al estrecho de Ormuz expone justamente ese punto. Trump puede lanzar órdenes y advertencias, pero el resto del mundo no siempre está dispuesto a seguirlas. Cuando un líder basa su política exterior en la presión constante, en la exageración de amenazas y en una retórica que mezcla poder militar con provocación, el resultado suele ser el mismo: aliados cada vez más distantes y una escena internacional donde las órdenes de Washington ya no tienen la misma respuesta automática de otros tiempos.