Palabras importantes como “democracia” o “libertad” cambian de significado y ya no suena raro decir que el desembarco de los americanos de Trump en Irán es semejante al comandado por Eisenhower en Normandía en junio de 1944: si aquel había ayudado a reinstaurar la democracia en Europa, este lo hace en el territorio del antiguo imperio persa. Asimismo, es frecuente que la “libertad” que algunos líderes y lideresas invocan tenga poco que ver con las proclamas de derechos entre 1789 y 1948; mucho costó lograrlas, pero nada importa si aluden a la gloriosa cuestión de pasar el rato y beber en una jocosa terraza de bar.
Ni es una moda pasajera a la que se ha dado pábulo de modo coyuntural, ni cabe imaginar que muchos de los políticos que lideran las decisiones políticas en sus países son tontos y propensos a la estupidez por cuanto dicen e insinúan. El fenómeno exhibe personajes muy activos y todo propicia que otros candidatos se les sumen en el acceso a cargos del poder ejecutivo –y del legislativo y judicial-, muy cualificados para aplicarles con propiedad estos términos, tan similares, por otra parte, a los que alguien ha reunido, a partir de lo escrito por Schopenhauer, como El arte de insultar. Son muchos los que se delatan por la asiduidad en usar esta antología, y lo cierto es que sus especímenes crecen. Entre los últimos gestos, palabras y ratificaciones sesgadas, muy cargadas de parcialidad y conservadurismo neoliberal -y hasta ultra-, y el reciente agasajo postinero a la venezolana María Corina Machado ha ofrecido una gran muestra expositiva. La coreografía que la ha seguido desde la calle Génova a la Puerta del Sol, las palabras con que la han piropeado, sus gestos modosos en la recepción de la llave de oro de la ciudad -y de la medalla de oro de la Comunidad-, han girado en torno a la “libertad y la democracia”, palabras cuyo alcance limitó la candidata a la presidencia de Venezuela advirtiendo que departir con los gestores actuales del Palacio de La Moncloa “era inoportuno” para su “regreso a casa”. Según dijo, este camino empezaba el sábado y los corifeos que la acompañaron en este paseo, especialmente dedicado a los compatriotas que compran lo mejor del urbanismo madrileño -e imponen en él sus propio estilo de civilidad-, confirmaron que lo que los líderes de España, Brasil, Méjico, Bolivia y otras personalidades trataban en aquel momento en Barcelona unos “gestores de países sumidos en la pobreza” era una reunión de “narcoestados” y “guateque del comunismo”. Según Isabel Ayuso, por ejemplo, “no podemos coquetear con países que no respetan las elecciones libres, la labor sindical o la libertad de prensa”, mientras que su foto con Corina representaba la reunión “del mundo libre”.
Crece la degradación semántica de las palabras más preciadas y, a la luz de los gestos teatrales de Trump y Netanyahu, sobre todo, historias como la de la victoria de Peter Magyar el pasado día 12 en Hungría, frente a Viktor Orbán, parecen una gran victoria democrática cuando sólo ha sido un mal menor, es decir, que “la democracia” en su sentido pleno sigue lejos de aquel país. Y en España, parece alejarse. Inmersos como estamos en una secuencia de elecciones autonómicas, en Extremadura aplauden que acaba de culminarse un pacto entre PP y Vox tras cuatro meses de supuestas conversaciones, por el que María Guardiola volverá a gobernar. A cuenta de que cumpla 74 medidas sobre servicios sociales que ha de recortar, en sectores como la fiscalidad, la energía, la sanidad, la familia y la agricultura, rebajada sensiblemente su calidad, los inmigrantes –en un territorio donde la gente se va-, las mujeres y la educación verán que sus derechos adquiridos y los que quedan por adquirir se limitan, y una disminución democrática en tales asuntos restringirá de inmediato la convivencia plural.
Una hipótesis explicativa
La semblanza de estos líderes, tan adictos a rebajar la autenticidad del mejor sentido de las palabras cruciales del vocabulario democrático –y de conceptos muy conexos como “educación común”- propicia, en todo caso, la relevancia de cómo entienden y se entienden con la gente que les interesa. Conocen las características de los votantes pendientes de su individualismo en una sociedad propicia a la competitividad de sus intereses, y tratan de ganarse su simpatía con palabras y relatos que masajeen convenientemente sus oídos. Para propiciar la adición a su discurso, usan compulsivamente las formas modernas del marketing y las técnicas repetitivas de Goebbels, unidas al Arte de tener siempre razón cuyos principios desarrolló también Schopenhauer, y hacen de la “dialéctica erística”, -plagada de sofismas, bulos y mediatizados significados-, un gran instrumento. Cuantos trabajan en medios, equipos y estrategias de comunicación ajenas a toda ética no pragmática, los conocen bien. Son los primeros en saber que no es indispensable que un líder sea persona ilustrada, culta o de probada moralidad; sólo precisan su disponibilidad hacia quienes les provean los medios económicos: la IA y sus redes trabajan a favor de quien pague sus algoritmos. Y sus dueños están de ordinario por la labor si les ayudan a disminuir las exigencias de una democracia de calidad. Mientras, los “emprendedores”, ansiosos de ascenso social ante posibles competidores, aplauden la privatización monopolística de los recursos públicos.
El aburguesamiento que ha traído a muchos estratos sociales el bienestar económico, es indiferente a los problemas que surjan y a la calidad democrática, si no es como pretexto para el juego de las propuestas neoliberales. Este oportunismo ha sido más sistemático desde los tiempos de Thatcher y Reagan; a impulsos del crecimiento del IPC con las crisis, la inflación ha acelerado la ansiedad del consumo y, a medida que ha disminuido la cantidad y calidad de la cesta de la compra, también la democracia –y la educación- han sido un producto más a comprar a los vendedores de palabras vacías. Según el ensayista sobre ayusismo, David Fernández (Entresijos y gallinejas, 2026), puede que MAR (Miguel Ángel Rodríguez), el tutor imprescindible de la lideresa del PP en Madrid –experta en blogs de supuestas biografías de animales simbólicos-, fuera un gran diseñador de que lo que importa en política es “que te entienda la gente”: en 1998, ya dejó escrito en su novela El candidato muerto si “valdría todo para conseguir el poder”. Cuando estos perfiles políticos controlan los presupuestos del erario común, procuran que la Enseñanza de todos no merezca la pena: no sea que la gente se entere del desvergonzado manoseo y reclame. @mundiario