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Mundiario 19 Apr, 2026 15:48

Una visita a la barbarie

Bernard Offen no es solo uno de los 3.500 judíos supervivientes de Cracovia. A sus 97 años es de los últimos testigos activos que siguen transmitiendo la memoria desde el mismo lugar donde se instaló el infierno durante 6 años: Cracovia, su ciudad natal, y Auschwitz. Un complejo de campos de concentración y exterminio en el que, de acuerdo con las investigaciones llevadas a cabo en la última década del siglo pasado, fueron atrozmente asesinadas algo más de 1,1 millón de personas, de las cuales cerca de un millón fueron judíos, polacos no hebreos aproximadamente 75.000, gitanos unos 21.000, prisioneros de guerra soviéticos alrededor de 15.000 y entre diez y quince mil homosexuales, testigos de Jehová y prisioneros políticos de diversos países de Europa.

En los últimos días del pasado invierno, en Auschwitz I-Birkenau hacía frío. Un viento frío que nos acercaba un lejano eco del dolor que padecieron cientos de miles de personas por ser los otros. Nos parecía oírlo en el silencio de aquella llanura húmeda. En un mundo de egoísmo, ignorancia, odio y cobardía, el otro, el distinto siempre es el infierno. Debe sufrir. Y así se lo hicieron sus verdugos a tantas personas.

Sufrieron hambre, humillaciones, trabajos extenuantes para después terminar en un horno de cremación. Les decían que iban a la ducha colectiva, les obligaban a desnudarse unos delante de otros, mujeres y hombres para humillarles más. Y cuando entraban en la cámara de la muerte, tuvieron que soportar el horror al darse cuenta de que apenas les quedaban unos minutos de vida para morir cruelmente.

Entrada en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau a donde llegaban trenes cargados de prisioneros para ser asesinados en los crematorios. / D.F. A este campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau llegaban trenes cargados de prisioneros para ser asesinados en los crematorios. / D.F.

El infame doctor Josef Mengele

Los alemanes ejecutaban la solución final como si fueran obreros normales en una línea de montaje de una fábrica de automóviles. Personas que mataban a otras, previamente deshumanizadas, porque era su incuestionable deber como escribió la pensadora y escritora judía Hannah Arendt, creadora del concepto de la banalidad del mal. No quiere decir que el mal fuera una trivialidad, si no que se refería a la gente común que después matar va al bar a comentar, por ejemplo, el último partido de fútbol o a hablar del tiempo.

En Auschwitz-Birkenau tenía su laboratorio el infame doctor Josef Mengele donde hacía los experimentos médicos más crueles que se puedan contar con algunos de los prisioneros, particularmente con gemelos y gente con alguna deformidad. Los seleccionaba en la “Rampa” o plataforma de descarga de prisioneros que llegaban en tren.

Restos de los crematorios dinamitados por los nazis en 1945 para borrar las huellas de su infamia ante la proximidad de las tropas soviéticas. / D.F. Restos de los crematorios dinamitados por los nazis en 1945 para borrar las huellas de su infamia ante la proximidad de las tropas soviéticas. / D.F.

Cuando tuvieron que huir en 1945, los nazis destruyeron algunos edificios con bombas para que no quedasen huellas del mal ante la proximidad del ejército soviético

Este campo de exterminio recuerda a un polígono industrial bien organizado. Por la puerta principal entraba el tren cargado con cientos de personas. Los distribuían en barracones y, después de quedar extenuados de hambre, trabajo y frío, los llevaban a los crematorios. Unos edificios que los nazis, cuando tuvieron que huir en 1945, destruyeron con bombas para que no quedasen huellas del mal ante la proximidad del ejército soviético. Sus ruinas siguen intactas dando testimonio del genocidio.

Offen, que entonces era un adolescente, fue uno de los supervivientes de Auschwitz II-Birkenau, donde vio como llevaban a su padre al crematorio. Sobrevivió a otros 4 campos de concentración, esquivando varias veces la muerte en el último momento. “Me decía a mí mismo que tenía que sobrevivir, ser testigo de lo que estaba pasado para poderlo contar algún día. Mi único objetivo era seguir con vida un día más”, declaró muchos años después.

En el 81º aniversario de liberación de este campo de exterminio, celebrado a finales de enero pasado en el campo de Auschwitz, Bernard Offen en su discurso dijo que observaba en la actualidad señales que conocía muy bien. “Veo como el odio resurge, veo como la violencia empieza a justificarse una vez más. Veo gente que cree que su vida es más valiosa que otra vida humana. Lo digo porque soy un hombre mayor que ha visto a donde conduce la indiferencia. Creo que podemos elegir algo diferente”.

En su ciudad natal la comunidad judía sumaba 68.000 personas en 1939. Algunas formaban parte de las élites de la ciudad. Pocas habían emigrado como Helena Rubistein, que se escapó secretamente huyendo de un futuro matrimonio concertado por sus padres. Tiempo después se haría famosa con sus cremas, conocimiento heredado de su abuela.

Pero los judíos que vivían en su ciudad, sin un motivo para emigrar antes, fueron víctimas de la crueldad de los nazis. Los concentraron en un gueto de donde no podían salir ni entrar. Muy pocos tuvieron la suerte de poderse escapar. Uno de ellos fue el cineasta Roman Polanski, que décadas después donó el importe de un premio para reconstruir la farmacia del gueto, que atendía a las enfermedades de los encerrados y las empleadas pasaban ocultas cosas que le pedía la comunidad judía.

Auschwitz-I en el pueblo polaco de O?wi?cim, campo administrativo del complejo de medio centenar de campos de concentración, donde se organizaban trabajos forzados y distribuían los prisioneros. / D.F. Auschwitz-I en el pueblo polaco de O?wi?cim, campo administrativo del complejo de medio centenar de campos de concentración, donde se organizaban trabajos forzados y distribuían los prisioneros. Aquí se hicieron los primeros experimentos de matar mediante las cámaras de gas. / D.F.

En 1942 las autoridades alemanas decidieron concentrar aproximadamente 11.000 judíos en la plaza Bohaterów Getta (Plaza de los Héroes del Gueto, que popularmente se llama de las sillas) para llevarlos al campo de exterminio de Be??ec. Un año después volvieron a obligar a reunirse en esta plaza a unos 8.000 vecinos que seguían encerrados en el gueto. Unos fueron enviados al campo de P?aszów y a Auschwitz I, entre ellos a iba Offen.

Un día después, a los restantes, alrededor de 2.000, considerados no aptos para el trabajo, los mataron a tiros en la misma plaza. A los niños pequeños los amontonaron en cajas en varias pilas y les disparaban un tiro por la parte alta de cada columna para ahorrar balas. Se salvaron los que se encontraban en las cajas inferiores. Hoy, en la plaza de Bohaterów Getta hay setenta sillas que simbolizan las pertenencias abandonadas y la ausencia de los deportados y asesinados a sangre fría.

Al mismo tiempo los nazis fueron llevando a las élites de etnia polaca de la ciudad a Auschwitz-I con la finalidad de matarlos y facilitar así el camino para una rápida germanización de una zona, considerada el corazón de la patria polaca.

Museos del sinsentido

Pasado el apocalipsis, las autoridades de Polonia decidieron conservar estos dos campos – a 70 kilómetros de Cracovia- y musealizarlos. Museos del sinsentido y el horror de nuestro pasado. El de los países supuestamente civilizados, el de los hombres autoconsiderados superiores, idea que venía caminando en Europa desde el siglo XIX, y en el que unos tuvieron que ver más que otros. Para recordarlo, Polonia decidió mantener los nombres en alemán - Auschwitz-Birkenau – y la famosa frase a su entrada - Arbeit macht frei (el trabajo te hará libre).

Bernard Offen perdió a la mitad de su familia, entre ellos a sus padres. Pudo reunirse con dos hermanos y, pocos años después, emigró a Estados Unidos. Ya jubilado decidió regresar a su ciudad natal, no sólo para hablar de su experiencia, sino por los millones de judíos asesinados por el nazismo, por aquellos que nunca tuvieron la oportunidad de contar lo sucedido.

Él regresó para ponerle un rostro a la frialdad de las cifras estadísticas de muertos. Para recordarnos cómo empezó aquella barbarie y alertarnos de que vuelven señales de un nuevo renacimiento de la violencia. Primero verbal, luego más trágica. Como decía la citada escritora y filósofa judía Hannah Arendt, el recuerdo no pertenece solo al pasado: es también una responsabilidad del presente. La memoria de los millones de personas asesinadas es el mejor legado que nos puede ayudar a impedir que el odio vuelva a encontrar el camino. @mundiario

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