
Las mañaneras de la Presidenta se han vuelto disfuncionales. Nunca han servido para informar ni para que los medios puedan preguntar con libertad sobre el quehacer de las autoridades. Son un grotesco recurso de propaganda, con altas y bajas, pero sin cumplir con las obligaciones de toda autoridad de informar objetivamente, sin juicios de valor, con respeto al particular y con la observancia de la presunción de inocencia. Casi todo pasa, menos el apego a la verdad.