Cada elección repite el mismo ritual. Partidos y candidaturas presentan a las y los
jóvenes como la gran oportunidad. El día de la votación, su ausencia en las urnas
confirma que sus conversaciones e intereses están en otros espacios. Cabe
preguntar, ¿a qué se debe esta parálisis?
Algunas de las hipótesis son que estamos en un sistema político que no se ocupa
de entender las emociones ni las preocupaciones de la juventud. Un discurso
añejo que presenta al joven como la promesa de un futuro brillante, mientras la
realidad incumple esa promesa todos los días.
Los datos lo confirman. Según la investigación que hicimos en LIISA el 63 por
ciento de las personas de 18 a 29 años siente incertidumbre acerca de su futuro, y
el 72 por ciento cree que quienes toman decisiones no los toman en cuenta. Las
preocupaciones son concretas. Conseguir un buen empleo (66), tener ingresos
suficientes (62) y comprar una vivienda (44 ). Además son el grupo con más enojo
ante su situación financiera (32).
Lo anterior lo podemos sintetizar en un titular: la juventud es hoy un grupo
vulnerable sin ser tratada como tal.
¿Qué ocurre cuando un gobierno amenaza lo poco que les da estabilidad? Francia
puede servir de ejemplo. Este octubre, decenas de miles de estudiantes salieron a
las calles para exigir inversión en la escuela pública, más docentes y mejores
condiciones de enseñanza. El gobierno tocó la única vía que hoy tienen los
jóvenes para aspirar a una vida estable: la educación.
En esas protestas destacó Bally Bagayoko, alcalde de Saint-Denis. Se colocó entre
la policía antidisturbios y las y los estudiantes. Sin invadir ni buscar protagonismo,
respiró el gas lacrimógeno junto con ellos y logró algo casi excepcional para
cualquier proyecto político actual al convertirse en un representante más de los
intereses juveniles.
El gesto fue tan sencillo como fuera de guión para un gobernante pues corrió la
misma suerte de los manifestantes y puso cuerpo frente a la injusticia. En
contraste, el presidente de Francia, Emmanuel Macron hizo un llamado “el país
necesita orden, calma y no una escalada" y adjudicó la protesta a grupos políticos
de izquierda.
India muestra otra cara del mismo fenómeno. El movimiento de las cucarachas
nació como una sátira en redes sociales y se transformó en una movilización
nacional contra la filtración de exámenes, el desempleo y la falta de rendición de
cuentas. Así, dio visibilidad a la precariedad con la que millones de jóvenes
navegan su día a día.Estos y otros casos a nivel mundial durante los meses recientes muestran que, al
igual que en otros periodos de la vida política de las naciones, la juventud sí
participa y lo hace en términos de supervivencia. Por eso urge abandonar el
estigma del “futuro” y reconocer a las y los jóvenes como quienes cargan el peso
de una historia que no construyó un sistema de igualdad y bienestar