El cambio al horario de invierno vuelve a abrir una discusión que va mucho más allá de adelantar o retrasar las agujas del reloj. Para Santiago Niño Becerra, economista y catedrático, la cuestión revela una anomalía geográfica que España mantiene desde hace décadas: utilizar una referencia horaria que no coincide con la que correspondería a buena parte de su territorio por su posición longitudinal. «En Vigo, igual que en Oporto, es absurdo», viene a resumir su crítica, centrada en la diferencia horaria entre dos ciudades próximas que, pese a su cercanía, viven bajo husos distintos. El debate enfrenta la organización administrativa del tiempo con la relación entre la luz solar y los ritmos cotidianos.
La próxima modificación del reloj en España está prevista para la madrugada del 24 al 25 de octubre de 2026. En la Península y Baleares, a las tres de la mañana volverán a ser las dos, mientras que en Canarias el cambio se realizará a las dos, que pasarán a ser la una. El ajuste permitirá ganar una hora en esa madrugada, pero también hará que anochezca antes según la hora oficial. Aunque el cambio se repite dos veces al año, su utilidad y sus efectos siguen siendo objeto de discusión entre ciudadanos, especialistas y responsables públicos.
Niño Becerra ha puesto el foco en la posición geográfica española y en su relación con el meridiano de Greenwich, que sirve como referencia para el tiempo universal coordinado. «España continuará anclada al meridiano de Berlín y no al de Greenwich, como le corresponde, como sí hace Portugal», ha señalado en una publicación en X. Su argumento parte de una diferencia entre la hora oficial y la hora solar: el reloj legal organiza la actividad social, pero no siempre coincide con la posición del sol que cabría esperar por la longitud geográfica de cada territorio. Esa distancia es especialmente visible en el oeste peninsular.
El ejemplo de Vigo y Oporto ilustra esa paradoja. Ambas ciudades se encuentran en el extremo occidental de la Península y mantienen una relación geográfica y económica estrecha, pero España utiliza el horario de Europa Central continental y Portugal el de Europa occidental. Como consecuencia, la hora oficial de Vigo va una hora por delante de la de Oporto. «Por ello, en Vigo será una hora más que en Oporto», apuntó el economista, antes de calificar la situación de «absurdo». Su crítica no se limita a la operación de cambiar los relojes: cuestiona también la decisión histórica que determina qué hora marca cada país.
La explicación se remonta a 1940, cuando el régimen de Francisco Franco decidió adelantar la hora oficial española para alinearla con la de Europa Central. La medida se produjo en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y suele relacionarse históricamente con el acercamiento horario a la Alemania de Hitler, aunque las motivaciones y el contexto de aquella decisión requieren distinguir entre los hechos documentados y sus interpretaciones. Desde entonces, España continental ha conservado esa referencia horaria, pese a que su posición geográfica la aproxima en gran parte al huso de Greenwich. El resultado es una peculiaridad que reaparece en cada debate sobre la organización de los horarios.
Una discusión que va más allá de adelantar o atrasar el reloj
La polémica tiene un antecedente internacional: en 1884, la Conferencia Internacional del Meridiano celebrada en Washington estableció Greenwich como referencia para la longitud geográfica y la organización de los husos horarios. Aquella decisión ayudó a unificar los sistemas de medición del tiempo en un mundo cada vez más conectado por el ferrocarril, el comercio y las comunicaciones. Sin embargo, la elección de una hora oficial para cada país también responde a decisiones políticas, económicas y sociales. La geografía ofrece una referencia, pero no determina por sí sola cómo debe organizarse la jornada laboral, escolar o comercial.
La diferencia entre hora oficial y hora solar tiene consecuencias prácticas. En territorios occidentales como Galicia, el sol alcanza su punto más alto más tarde según el reloj que en regiones situadas más al este bajo el mismo huso horario. Esto influye en la percepción de las mañanas y las tardes, aunque sus efectos concretos dependen también de las costumbres sociales, los horarios laborales y la estación del año. Cambiar el huso horario no modificaría la cantidad de luz disponible, pero sí la hora que marcarían los relojes cuando amanece o anochece. Por eso, el debate no puede reducirse únicamente a decidir si conviene adelantar o atrasar una hora.
La discusión también se cruza con la conveniencia de mantener los cambios estacionales. En 2025, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cuestionó la utilidad de modificar el reloj dos veces al año y afirmó que el ahorro energético era limitado, además de señalar posibles efectos sobre la salud y la vida cotidiana. El asunto requiere distinguir entre dos decisiones diferentes: mantener o eliminar el cambio entre horario de verano e invierno, por una parte, y modificar el huso horario permanente de España, por otra. Aunque suelen aparecer juntas en el debate público, no son la misma medida y podrían tener consecuencias distintas.
En el ámbito europeo, la posibilidad de poner fin a los cambios estacionales lleva años sobre la mesa, pero no se ha traducido en una solución común definitiva. La coordinación entre los Estados miembros resulta importante para evitar que las diferencias horarias compliquen el transporte, el comercio y las comunicaciones. Al mismo tiempo, elegir un horario permanente obliga a ponderar factores como la luz matinal, la actividad económica, los hábitos sociales y los posibles efectos sobre el descanso. No existe una decisión puramente técnica que resuelva por sí sola todas esas cuestiones, porque el tiempo oficial también organiza la vida colectiva.
La crítica de Niño Becerra vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que España lleva décadas aplazando: hasta qué punto su horario oficial responde a su geografía y a las necesidades actuales de la población. La diferencia entre Vigo y Oporto ofrece una imagen sencilla de una cuestión compleja, en la que confluyen historia, organización social y coordinación europea. El próximo cambio de hora volverá a recordar esa discusión, pero el verdadero debate no está en la hora que se gana o se pierde durante una madrugada, sino en qué modelo horario resulta más coherente con la vida cotidiana. Revisarlo exigiría algo más que una consigna: datos, evaluación de consecuencias y un acuerdo que tenga en cuenta las diferencias territoriales. @mundiario