Entre los muchos nombres de Mares que se detallan en los tratados de geografía, he encontrado uno que me da la sensación de que le puede ir, como anillo al dedo, al hombre que mece la cuna en la que se despierta cada mañana Isabel Díaz Ayuso: el Mar de Tasmania. Tasmania, como se sabe, es un minúsculo Estado insular de Australia en el que habita un peculiar carnívoro: el demonio conocido por el mismo nombre de esa isla y el mar que la rodea.
Sobre todo, en días como ese tan reciente en el que Milei se ha posado como un paracaidista en Madrid, no tiene uno la menor duda de que la disculpa haya consistido en una amable invitación de Foro Nueva Economía, pero resulta inevitable sospechar que, su anfitriona en la sombra, la amiga invisible que le esperaba con los brazos abiertos, había sido arrastrada, una vez más, por el M.A.R. propiamente dicho que baña el olimpo de la Comunidad Autónoma de Madrid.
También ahí, en esa Tasmania madrileña aislada, hay demonios carnívoros, oye, pero con la peculiaridad de que son antropófagos, caníbales, vamos, al acecho permanente de sus congéneres ideológicos de Génova, 13, ¡angelitos míos! que, con amigos como esos, no sabe uno porqué se buscan enemigos en la calle Ferraz.
Queriendo o sin querer, ¿qué más da?, casi todo lo que intenta unir Don Alberto: su PP con el personal indeciso, su sector duro con la Toledo, su sector centrado con Sémper, su futuro en pareja con Vox con separación de bienes y cosas así, no hay día que se levante por la mañana y no hayan contribuido Doña Isabel y CIA a ponerle un palito más en las ruedas y darle de paso una alegría a Don Pedro.
El Ayusismo, verás, es que viene siendo para el PP lo que el Sanchismo ha venido siendo para el PSOE de mi generación de toda la vida: la irrupción de un covid siniestro, desconocido y sin esperanza de encontrar una vacuna que permita a nuestra democracia no tener que pasarse años en la UCI y, lo que podría ser aún más grave, no morir en el desesperante y desesperado intento de encontrarla.
Arden las calles, las tertulias, las redes, los negacionistas democráticos de izquierdas y derechas, los pirómanos regando la vida de gasolina y, los cada vez más indefensos espectadores encerrados en casa, añorando ¡tal como éramos! y renegando de ¡tal como podemos acabar siendo!, se pasan los días rumiando entre dientes el lamento atribuido a Oppenheimer, en Alamogordo, al comprobar los devastadores efectos de la bomba atómica que, posteriormente, dejó como dejó a Hiroshima: ¡Dios mío, y nosotros hemos hecho, estamos dejando hacer esto…!