La frase que Jamieson Greer dejó en sus reuniones privadas con empresarios mexicanos esta semana merece atenderse con todo el cuidado que impone su contundencia: “Al presidente Trump le gustan. Nunca volveremos a un mundo sin aranceles”.
Sin matices, sin promesas de retorno a cero, sin concesiones envueltas en gradualismo diplomático. El representante comercial estadounidense vino a administrar expectativas a la baja antes de que arranque, el 25 de mayo, la primera ronda formal bilateral rumbo a la revisión del T?MEC.
Esto puede verse en dos perspectivas. La primera es que es lamentable. Con esa visión, el acuerdo comercial con Estados Unidos no será uno de libre comercio.
La segunda es menos crítica. Si algunos aranceles le preocupan a Trump y en todo lo demás, hay espacio para negociar acuerdos sin aranceles, la oportunidad para México es muy buena. Ya los hemos visto en los últimos meses cuando México ha consolidado su posición como proveedor número uno de Estados Unidos.
La visita de Greer fue, en realidad, un diagnóstico. Greer recorrió el Club de Banqueros, Palacio Nacional y salas de juntas con las industrias automotriz y siderúrgica. No solo para negociar, sino para comunicar una decisión que por lo pronto está tomada en Washington.
Los aranceles de la Sección 232 —50% al acero, tarifas que han desplomado 54% las exportaciones mexicanas del sector en el primer bimestre de 2026 y 17% las del sector automotriz— no se discuten: se gestionan.
A lo sumo, deslizó Greer, podría haber una reducción para mantener a México competitivo frente a Asia, pero el piso no volverá a ser cero.
Conviene detenerse en la fragilidad intelectual del argumento que sostiene esta doctrina. Greer defendió los aranceles de la Sección 232 como instrumento para repatriar el empleo manufacturero perdido tras décadas de deslocalización.
Los datos, sin embargo, son elocuentes: la manufactura estadounidense perdió 77 mil empleos entre abril y diciembre de 2025; la construcción de plantas manufactureras cayó 14% en el primer año de Trump; el arancel efectivo promedio pasó de 2.4% en 2024 a 7.7%, el más alto desde 1947, y le costó al hogar estadounidense promedio mil 700 dólares adicionales entre febrero de 2025 y enero de 2026.
Pero Trump no decide sobre evidencias, sino sobre creencias.
La Corte Suprema declaró ilegales en febrero los aranceles bajo la IEEPA por 6-3, forzando al Ejecutivo a refugiarse en la Sección 122 y la 232 para sostener la arquitectura proteccionista. Si los aranceles fueran la palanca que Trump describe, un año después los indicadores apuntarían en la dirección contraria.
Pero la debilidad empírica para soportar los argumentos no es obstáculo cuando el instrumento se ha vuelto dogma.
Y ahí reside lo inquietante para México: no estamos negociando con un socio comercial que pondera costos y beneficios, sino con un gobierno que convirtió el arancel en identidad política.
Pero también hay ventaja pues no hay arancel para todo, sino para aquellos sectores emblemáticos para la visión de Trump.
Aunque queramos un esquema sin aranceles, la probabilidad es muy baja.
Además, Washington ya propuso endurecer las reglas de origen para exigir que el 100% de componentes clave —motores, electrónica principal, software— provengan de América del Norte, frente al 75% actual.
Aceptarlo supondría reconfigurar cadenas de suministro que han tardado tres décadas en consolidarse. Por eso es negociable.
En lo estructural, el mensaje es complejo. El nearshoring, esa narrativa que prometía convertir a México en el gran ganador de la fragmentación geopolítica, operaba sobre el supuesto de acceso preferencial al mercado estadounidense. Ya no será sobre cero arancel, pero los resultados recientes muestran que México puede seguir manteniendo esa preferencia.
Si ese acceso ahora incorpora aranceles permanentes, el diferencial de competitividad frente a Vietnam o India se puede estrechar peligrosamente. La clave será negociar para poder mantener las ventajas para nuestro país.
La gran paradoja es que la sorprendente economía mexicana se ha adaptado. Exportaciones de otros sectores han sustituido a las automotrices y seguimos teniendo un crecimiento récord en las exportaciones hacia Estados Unidos.
El gobierno ha hecho bien en no responder con bravuconadas. Ebrard maneja la negociación con oficio.
Pero México debe asumir —y comunicar con honestidad al sector privado y a la ciudadanía— que el escenario base ya no es un retorno al libre comercio regional tal como lo conocimos.
Es convivir con aranceles. Adaptarse a ellos. Y, sobre todo, dejar de esperar que la realidad económica le imponga razón a una Casa Blanca que ha decidido no escucharla.
Ese es, quizá, el ajuste más difícil: el de nuestras propias expectativas.