La afirmación de que convivir con más mujeres que hombres garantiza una perspectiva feminista es un argumento habitual en el debate público, pero analizado desde las ciencias sociales y la teoría de género resulta incompleto.
Esta idea confunde el afecto y la cercanía hacia las mujeres con el compromiso político e ideológico de deconstruir las desigualdades estructurales.
El entorno familiar influye en la sensibilidad y empatía hacia los problemas del entorno inmediato, pero la crianza en un hogar mayoritariamente femenino no inmuniza de manera automática contra el machismo. Las conductas y sesgos patriarcales están profundamente interiorizados en la sociedad y se transmiten de forma sistémica mediante la educación, los medios de comunicación y las instituciones culturales.
Por ello, se puede querer y respetar profundamente a las madres, hermanas o hijas en el ámbito privado mientras se reproducen o validan, de manera consciente o inconsciente, dinámicas de poder que perjudican a las mujeres a nivel social, laboral o político.
El feminismo no es una condición biológica ni geográfica, sino un marco analítico y un movimiento político que exige un esfuerzo deliberado de formación, autocrítica y desaprendizaje de los privilegios asignados por el género. Por tanto, justificar una postura social o política basándose únicamente en la composición demográfica del hogar familiar desplaza el foco del verdadero compromiso ideológico, reduciendo una lucha por la igualdad de derechos económicos, civiles y laborales a una simple experiencia de convivencia doméstica.
El argumento que vincula la empatía hacia las mujeres del entorno familiar con una postura política o social favorable a la igualdad tiene raíces profundas en la retórica de la domesticidad y el paternalismo del siglo XIX. Durante la era victoriana, se consolidó la doctrina de las "esferas separadas", la cual sostenía que el ámbito público pertenecía a los hombres y el privado a las mujeres, asignando a estas últimas un rol de faro moral y protector del hogar.
Bajo esta lógica, los varones justificaban su dominio político y legal afirmando que su amor y respeto por sus esposas e hijas los convertían en defensores naturales de sus intereses. Este enfoque pretendía demostrar que la legislación y la representación política masculina eran intrínsecamente benevolentes, lo que hacía innecesario otorgar a las mujeres derechos civiles o políticos directos, como el sufragio.
En el debate político contemporáneo, esta línea de argumentación ha resurgido de forma estratégica como un mecanismo de legitimación rápida ante las crecientes exigencias de equidad de género. Figuras públicas y líderes políticos suelen apelar a su condición de "padres de hijas" o al hecho de haberse criado rodeados de mujeres para construir una imagen de sensibilidad y cercanía con las demandas de los movimientos de mujeres sin comprometerse necesariamente con reformas estructurales.
En la comunicación política moderna, este recurso funciona como un atajo retórico para humanizar al emisor y blindarlo contra acusaciones de machismo o insensibilidad. Al desplazar la discusión desde la agenda legislativa o la rendición de cuentas hacia la esfera de las relaciones afectivas privadas, se busca desactivar la crítica política mediante la validación moral que otorga el testimonio familiar.
Sin embargo, el uso de este argumento en el escenario político actual refleja una tensión constante con las corrientes académicas y activistas del feminismo. Mientras que en el debate mediático se presenta como una prueba de compromiso ético, la teoría política crítica señala que esta retórica tiende a perpetuar una visión condescendiente, donde los derechos de las mujeres se defienden en función de su relación de parentesco o cercanía con los hombres, y no como derechos humanos universales e inalienables.
Es verdaderamente conmovedor presenciar el enésimo milagro de la ciencia política moderna: el hombre que descubre la justicia social simplemente porque comparte ADN con personas que tienen dos cromosomas X. Llevamos décadas de teoría política, movilizaciones multitudinarias, análisis macroeconómicos sobre la brecha salarial y reformas legislativas complejas, pero resulta que la solución al patriarcado estructural no estaba en las leyes ni en los libros, sino en el salón de la casa de algún diputado que, tras convivir con tres hermanas y una madre abnegada, ha tenido una epifanía digna de Premio Nobel.
Hay que tener un cinismo monumental o una desconexión absoluta de la realidad para presentarse ante la ciudadanía y pretender que el respeto a los derechos humanos universales es una especie de habilidad que se adquiere por ósmosis doméstica o por haber ayudado a fregar los platos en un hogar mayoritariamente femenino.
La realidad detrás de este teatro de la empatía consanguínea es insoportable porque revela que, para este tipo de discursos, las mujeres solo adquieren valor y derechos cuando guardan una relación directa de propiedad o afecto con un varón. Exijamos que la igualdad se defienda por convicción ideológica, por justicia democrática y por ley. @mundiario