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El Diario 24 Oct, 2026 19:28 (20 min de lectura)
Riesgo / Alerta

‘El río no es de fiar’

Por Abe Streep / ProPublica / Grist / Source New Mexico En Mundo Estados Unidos, Nuevo México
‘El río no es de fiar’
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• El alcalde minimizó alertas de inundación pese a incendios previos.
• La temporada alta y el hipódromo sufrieron daños por crecidas repentinas.

La temporada alta había llegado a Ruidoso, Nuevo México, y el alcalde Lynn Crawford hacía campaña para convencer al público de que el pueblo era seguro. Republicano de cabello blanco y acento texano, Crawford decía estar harto de los residentes que compartían advertencias de inundación en redes sociales. “Dicen cualquier cosa”, afirmó en un mensaje de radio el 30 de junio de 2025. “Y no sé por qué tienen tanto miedo. No lo entiendo”.

La comunidad había vivido inundaciones graves el verano anterior, después de que dos incendios forestales consumieran 25 mil acres (10,117 hectáreas) en las montañas Sacramento, sobre el pueblo. Entre fuego y agua se perdieron unas mil viviendas. La villa de Ruidoso y su vecino más pequeño, Ruidoso Downs, suman unos 10 mil habitantes, cifra que más que se duplica en verano.

Desde entonces, los residentes vivían con los nervios de punta. Una nueva temporada de monzones traía inundaciones esporádicas que amenazaban el motor económico local: las carreras de caballos. Estaban en juego las multitudes del 4 de julio y el clima fresco que durante generaciones ha atraído a los texanos. “Tenemos inundaciones de manera temporal”, dijo Crawford a un presentador de Texas. “Y casi tan rápido como llegó al pueblo y lo cruzó, ya se fue”. Crawford, de 64 años, administraba un club exclusivo en el hipódromo Ruidoso Downs Race Track & Casino, que alguna vez llamó su “trabajo de verdad”. Como alcalde ganaba menos de 26 mil dólares.

Si la economía era precaria, la geografía lo era más. Los incendios South Fork y Salt dejaron suelos que no absorben el agua. Imagine derramar cera caliente sobre una alfombra, dejarla enfriar y verter agua encima una y otra vez. Ahora coloque esa cera en laderas empinadas sobre un río bordeado de cabañas de troncos, tiendas de souvenirs con osos de madera y un hipódromo emblemático.

Las autoridades conocían la amenaza, pero se aferraron a la idea que da vida a Ruidoso: que la naturaleza podía domarse para el disfrute de los turistas y el beneficio de la comunidad. En ningún lugar era más evidente que en el hipódromo, donde el Río Ruidoso, encauzado por alcantarillas, cruza el óvalo interior. Tras los daños de 2024, esas estructuras se reconstruyeron con 16 millones de dólares de inversión pública, autorizada por la gobernadora demócrata de Nuevo México, Michelle Lujan Grisham.

El hipódromo apenas había reabierto y las lluvias amenazaban otra vez la temporada. El 26 de junio, según registros internos, el departamento de emergencias de Ruidoso estaba en un nivel elevado de alerta: una crecida había destruido un puente río arriba y el pronóstico anunciaba más lluvia. En público, sin embargo, la villa sostenía que estaba preparada. Al día siguiente, el encargado de emergencias bajó un nivel la alerta y el área de comunicación reprendió a los residentes por difundir advertencias catastróficas, y señaló que algunas publicaciones usaban videos viejos. “Protejamos a nuestra comunidad de falsedades basadas en el miedo”, pidió el Municipio en un anuncio público.

El 4 de julio, en el estado vecino, inundaciones violentas mataron a más de 130 personas en el centro de Texas. Aun así, varios turistas que llegaban a Ruidoso dijeron no tener idea de que el pueblo corría peligro. En el hipódromo, los caballos corrieron, y Crawford recibió a socios en el Ruidoso Jockey Club, donde las mesas privadas llegan a costar seis cifras.

Ese fin de semana, Sebastian Trotter y su familia viajaron a Ruidoso desde El Paso. Él era piloto de helicópteros del Ejército en Fort Bliss; su esposa, Stephanie, estudiaba enfermería. El lugar les pareció ideal para niños y no vieron advertencias en internet. Llevaron a sus dos hijos y tres perros. El domingo 6 de julio estacionaron el remolque en un sitio codiciado, a la orilla del agua, en el Riverview RV Park. En las fotos en línea, el río parecía manso. “Podías meter los pies”, dijo Sebastian.

Ese día el Río Ruidoso, cuyo nombre lo dice todo, se desbordó brevemente y los bomberos rescataron al menos a cuatro personas. Los Trotter vieron subir el agua, pero el encargado del campamento les dijo que era algo habitual. Luego el río bajó.

Sus hijos, Sebastian Rowan, de 7 años, y Charlotte, de 4, andaban en bicicleta bajo los pinos. El niño jugaba futbol y estaba fascinado con la idea de acampar en el bosque. Charlotte era alegre y a veces le ponía diamantina en el bigote a su papá. El martes 8 de julio, los Trotter vieron formarse nubes mientras visitaban un lago y decidieron ir al pueblo. Pidieron pizza y dejaron que los niños eligieran recuerdos: el pequeño, una gema arcoíris; Charlotte, una pulsera y un anillo. Luego regresaron al parque y se relajaron junto al río.

A la 1 p.m., Crawford presidió una sesión del concejo en el Ayuntamiento. Empezó recordando a las víctimas de Texas y aludiendo a la suerte de Ruidoso. “La meta de la villa es proteger a la villa”, dijo. Eso, agregó, implicaba equilibrar la seguridad pública con el turismo.

Casi al mismo tiempo se juntaban tormentas en las montañas. Incluso lluvias breves y moderadas sobre cicatrices de quemaduras severas pueden desatar inundaciones. Poco antes de las 2 p.m., los bomberos se enviaron imágenes del radar. “Podría ponerse interesante”, escribió uno. Solo un tercio del departamento estaba de turno, y el jefe, Cade Hall, llevaba semanas negándose a colocar especialistas en inundaciones cerca de las zonas bajas. Hall refutó el reportaje de ProPublica sobre la respuesta de emergencia, pero no quiso dar detalles.

Menos de una hora después llegó otra crecida, con escombros que se atoraban tras los puentes. El agua se extendió sobre las calles hasta que el cauce normal del río desapareció. Jason Fulcher, co-propietario del Riverview, vio un tronco del tamaño de un árbol en la corriente. A 2 millas (3.2 kilómetros) río abajo, un trabajador de un parque de casas móviles vio pasar un auto flotando. Más abajo, los ejecutivos del hipódromo no necesitaban señales: sabían lo que venía porque los habían alertado.

Los Trotter, en cambio, fueron sorprendidos. Hacia las 3 p.m. se refugiaron de la lluvia en su remolque. Entonces la crecida atravesó una pared y se llevó a sus hijos.

Un riesgo conocido

La crisis de incendios en el Oeste presenta una amenaza secundaria que ha recibido menos atención: barrios enteros pueden ser arrasados por flujos de escombros e inundaciones posteriores. Los científicos señalan una correlación directa entre la intensidad del fuego y el riesgo de inundación. Si más del 20% del suelo se quema con severidad moderada o alta, sobre todo en pendientes, aumenta el peligro durante las tormentas. Los incendios sobre la cuenca del Río Ruidoso superaron con mucho ese umbral.

Antes de la temporada turística de 2025, autoridades locales y estatales tuvieron la oportunidad de proteger a Ruidoso. El Estado y el Gobierno local encargaron a expertos modelar escenarios de inundación, y los informes predijeron crecidas graves. “Nos dijeron exactamente por dónde iba a venir y qué iba a hacer”, dijo Hall. Funcionarios federales sugirieron que partes importantes del pueblo se reubicaran lejos del río. En cambio, del alcalde a la gobernadora, todos volvieron a apostar por el turismo y el hipódromo.

Desde el 8 de julio de 2025, las autoridades insisten en que actuaron de forma admirable ante un desastre histórico. “Tuvimos suerte de que no nos pasara lo de Texas”, dijo Michael Martinez, ex subadministrador de la villa, quien ayudó a dirigir la respuesta. Pero según cinco socorristas, que hablaron bajo condición de anonimato por temor a represalias, la tragedia pudo evitarse. Sus relatos coinciden con correos, informes internos y evaluaciones hidrológicas. Antes de esa fecha, aseguran, Crawford, Hall y otros tomaron decisiones que dejaron vulnerables a residentes y turistas, aun sabiendo que una inundación dañina era probable.

Algunas de esas decisiones, como promover el turismo entre visitantes que ignoraban la amenaza, parecían tener motivación económica, según funcionarios actuales y anteriores. “El dinero era el motor”, dijo Thora Walsh Padilla, ex presidenta de la Tribu Apache Mescalero. “Te arriesgas con gente que ni siquiera es de la zona y no sabe moverse por aquí”. Otras fallas fueron de inacción: no reubicar a residentes vulnerables ni reemplazar infraestructura dañada, mientras la gobernadora impulsaba la inversión en el hipódromo. Y justo antes de la crecida, al menos uno de los dueños del parque recibió alertas de emergencia pero no evacuó a los campistas.

Funcionarios de la villa, incluido Crawford, no respondieron más de 70 preguntas de ProPublica. Pero en una entrevista el año pasado, Crawford dijo: “¿De quién es la culpa? Yo no inicié el incendio”. La villa ha dicho que envió alertas por mensaje de texto antes de la crecida, mediante un sistema al que el público debía suscribirse. Un portavoz de Lujan Grisham dijo que las inversiones en el hipódromo eran necesarias para proteger la vida y la seguridad. El gerente general de la pista, Rick Baugh, no respondió.

Las lecciones de Ruidoso alcanzan a todo el Oeste estadounidense. Este verano, inundaciones posteriores a incendios mataron a una persona en Colorado y obligaron a más de una docena de rescates. En agosto, crecidas repentinas en el Gran Cañón mataron a tres. Aunque científicos federales crearon un modelo nacional de flujos de escombros, las comunidades no tienen una herramienta accesible para medir su riesgo. Desde 2024, los gobiernos estatal y federal han gastado en Ruidoso más de 500 millones de dólares en desastres, nueve veces el presupuesto anual de la villa. Aun así, dicen los socorristas, el pueblo sigue mal preparado.

El río y la memoria

Ruidoso no es un refugio glamuroso de vastas vistas alpinas. Las casas están pegadas, construidas en las riberas y bajo los árboles; las cabañas colindan con parques de remolques. Desde hace décadas es el escape de familias trabajadoras de Texas y de soldados de Fort Bliss, 130 millas (209 kilómetros) al sur. “Nuestros hijos merecían este pequeño viaje”, escribió Stephanie Trotter tras la inundación.

Los fundadores coloniales cometieron un error al asentar el pueblo sobre el río. Los apaches mescaleros vivían tradicionalmente en las lomas, lejos de arroyos y humedales, para evitar las crecidas, explicó Walsh Padilla. El río se desbordó una y otra vez, incluso en 2008 y 2022. “Del río no se puede uno fiar”, dijo Randall Camp, ex administrador del Condado de Lincoln y director de obras públicas de Ruidoso.

Muchos recién llegados no entendían el peligro. Fulcher y su esposa, Lindsey, se mudaron del área de Houston en 2022 en busca de una vida tranquila; él dejaba una carrera bien pagada y estresante en la venta de gas. La propiedad de 1.5 acres (0.6 hectáreas) que compraron estaba justo debajo de la confluencia del Río Ruidoso con dos afluentes.

La amenaza también venía de la historia forestal. Estudios de anillos de árboles en la reserva mescalero muestran que los incendios ocurrían cada seis a 18 años hasta principios del siglo XX, cuando el Gobierno empezó a suprimirlos. Con menos fuego, los bosques se espesaron, y la sombra atrajo turistas. “Esto no es natural. Ya no es natural”, dijo Walsh Padilla. Entre 1950 y 2010, los incendios en la cuenca quemaron poco menos de 11 mil acres (4,452 hectáreas). Desde entonces han ardido casi 54 mil (21,853 hectáreas), unas cinco veces más.

En junio de 2024 se encendieron dos grandes incendios y pronto llegaron las lluvias. El 20 de julio, una crecida de 16 pies (4.9 metros) arrasó el pueblo. La casa de los Fulcher sufrió daños menores, pero la propiedad de sus familiares, Chelsey Jarvis y Darrel McKay, a un par de cientos de yardas río arriba (unos 180 metros), quedó destruida. La Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) la declaró inhabitable y les prohibió construir incluso vivienda temporal. “No iba a poner a la gente en peligro por querer su dinero”, dijo Jarvis en una reunión de octubre de 2024, mientras suplicaba al concejo que comprara el terreno. “Va a ser el día de la marmota. El próximo año se lo va a llevar el agua”.

Se evaluaban medidas drásticas. El Servicio de Conservación de Recursos Naturales, del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, planteó una compra masiva de propiedades; en Kentucky había comprometido 106 millones de dólares para reubicar a más de 600 viviendas tras las inundaciones de 2022. Martinez y Camp estimaron que necesitaban 650 millones para mover unas mil propiedades, pero el programa exigía una contrapartida local de 25%. En la sesión legislativa de 2025, ningún legislador propuso financiar la compra. Con la oportunidad esfumándose, el optimismo regresó.

Según Jarvis y McKay, Crawford los animó a reabrir su parque porque la villa necesitaba rentas accesibles. Jarvis nunca se sintió cómoda, pero McKay sintió que no tenían opción; abrirían solo la mitad de los sitios. Fulcher quería el parque lleno de junio a septiembre, cuando llegan más turistas y también los monzones. Había retirado todos sus ahorros de jubilación para el enganche de la propiedad de 645 mil dólares. “Porque al 50%, perdemos dinero cada mes”, dijo.

El 31 de marzo de 2025, el Gobierno local publicó un nuevo mapa de la llanura aluvial, basado en modelos de la empresa Cobb, Fendley & Associates. En enero, un ingeniero de la firma había escrito al Municipio que una tormenta centenaria traería seis veces el volumen de la inundación de 2024; otro informe identificaba más de 200 direcciones en riesgo, entre ellas ambos parques. Pero el Gobierno no dejó clara la amenaza. Al hablar del mapa, se enfocaban en permisos y desarrollo. “Nunca hubo un momento en que dijéramos específicamente: ‘Alguien puede morir’”, reconoció Martinez. Fulcher y McKay dijeron haber asimilado el optimismo oficial. “Lo único que decían era reconstruir mejor. Somos más fuertes”, recordó McKay.

El 25 de mayo, Lujan Grisham celebró la reapertura de la pista. “¡Ruidoso Strong!”, decía una publicación en su Instagram. La constitución estatal prohíbe usar fondos públicos en negocios privados, salvo excepciones. Registros muestran que desde septiembre de 2024 el entonces secretario de Transporte, Ricky Serna, ordenó a los ingenieros priorizar el hipódromo, aun cuando sus subordinados advertían que FEMA quizá no reembolsaría los costos. Se excavó una cuenca de 8 acres (3.2 hectáreas) en el óvalo interior para frenar el agua, pero la obra también permitió reabrir la pista. Los dueños del hipódromo, Jana y Johnny Trotter, sin parentesco con la familia de El Paso, donaron más de 35 mil dólares a las campañas de la gobernadora. Su oficina sostuvo que el proyecto no se hizo “únicamente por razones de desarrollo económico”. El ex director de mercadotecnia de la pista lo planteó distinto: “Necesitamos correr para que la comunidad tenga turismo y traiga a esos texanos a gastar dinero con nosotros”.

Mientras tanto, un proyecto urgente río arriba quedó rezagado: puentes y alcantarillas viejos que podían actuar como presas durante una crecida. Villa y estado discutían de quién era la responsabilidad. El trabajo en el hipódromo concluyó para el Memorial Day.

El 6 de julio, el Ruidoso News publicó un video sobre la reparación de la pista, donde Crawford aseguraba que la infraestructura aguantaba. Al día siguiente, un ejecutivo de la empresa matriz le dijo al gerente general, Eugene Heathman, que su periodismo, que incluía imágenes de daños severos, era malo para el negocio. El ejecutivo dijo después que cumplía órdenes del editor, Richard Connor, quien lo negó. Heathman renunció. El video de Crawford y las imágenes de la inundación desaparecieron de Facebook.

El 8 de julio

Poco antes de las 2 p.m. cayó una lluvia fuerte cerca de las cabeceras del río. En 10 minutos, casi tres cuartos de pulgada (1.9 centímetros) golpearon el suelo calcinado. A las 2:12 p.m., el Servicio Meteorológico Nacional emitió una alerta de inundación repentina, que elevó a emergencia 35 minutos después. En el Ayuntamiento, Crawford levantó la sesión poco antes de las 3:10 p.m. “Nos llegó un muro de agua. Se pronostica que es la grande”, dijo. Enseguida llamó a Baugh, el gerente de la pista. Según Josh Gibson, ejecutivo que estaba con él, Crawford “le dijo que tenía unos 45 minutos antes de que llegara el agua”. Ese aviso permitió alertar a decenas de trabajadores que dormían en los establos.

A 3 millas (4.8 kilómetros) río arriba, en el Riverview, Fulcher, los Trotter y otros campistas charlaban junto al agua del clima, de qué remolques preferían, de si había fantasmas en la zona. Varios recibieron alertas por texto, pero todos dijeron que parecían rutinarias. “Recibíamos alertas de vigilancia y de aviso a diario, a veces varias el mismo día”, dijo Fulcher. Los Trotter dijeron que no recibieron ninguna. “No hubo nada”, dijo Sebastian.

Los residentes sufrían “fatiga de alertas”, así que los funcionarios querían que los socorristas fueran a las zonas amenazadas en días peligrosos. En partes de Ruidoso Downs, llegaron con altavoces. Pero en el Riverview no apareció nadie, aunque el parque está a un tercio de milla (0.5 kilómetros) de la sede de bomberos.

Cuando empezó a llover, los niños se refugiaron en el remolque. El río subía con ramas y rocas. Los padres se preparaban para manejar a terreno alto cuando oyeron un ruido que Sebastian comparó con la estática de un televisor a través de audífonos con cancelación de ruido. Según los Trotter, la puerta estaba bloqueada por escombros. Sebastian asomó una pierna y quedó atrapado un instante; buscaba un colchón cuando la crecida arrancó la extensión del remolque. Stephanie, con ambos niños en brazos, fue arrastrada. “Ya en el agua, solo tenía a Charlotte”, contó. Sebastian se lanzó tras su hijo.

Fulcher había salido en su camioneta, pero en el camino lo recibió agua marrón con vehículos y un contenedor. El medidor registró el doble del volumen de julio de 2024. Un sobreviviente dijo que parecía cemento líquido. Fulcher corrió a un punto alto desde donde vio su casa: sus dos hijos estaban atrapados. Intentó nadar y la corriente lo empujó de vuelta. Dentro, los niños se aferraban a un ventilador de techo mientras el agua subía el colchón hacia el techo.

El encargado del campamento, Jere Stark, de 71 años, se protegía tras un poste en un pabellón mientras trataba de ayudar a otro campista, Benjamin Timothy Feagin, a bajar de la caja de una camioneta. La corriente se los llevó. Cerca de su sitio, el pequeño Sebastian se agarró de un árbol. Su padre intentó alcanzarlo varias veces, pero casi no podía moverse; una roca y una camioneta flotante lo golpearon. El niño no pudo sostenerse más.

Hacia las 3:30 p.m. había al menos ocho bomberos en el Riverview, incluidos dos técnicos en rescate acuático. Al otro lado vieron a un hombre a 20 pies (6 metros) de altura en un árbol y, abajo, al padre, herido, aferrado a un tronco. Los técnicos cruzaron hasta la casa de los Fulcher y rescataron a sus hijos. Faltaban más niños, pero no todos los socorristas lo sabían. Río abajo rescataron a Stephanie y a Stark. Ella dijo que estaba con su hija, pero la niña ya no estaba.

El primer cuerpo apareció bajo un puente hacia las 5:20 p.m.: Feagin. Los bomberos se dividieron para buscar a los niños en la penumbra. “Todo está distinto, arrasado, y solo veías el pequeño haz de la linterna”, recordó uno. Pasó un puente y se detuvo. “Miré hacia atrás. Algo me dijo: ‘Mira atrás’”. Vio la forma de un niño: Sebastian Rowan Trotter. El cuerpo de Charlotte apareció cerca.

Después

En correspondencia privada del 8 y 9 de julio, funcionarios estatales se mostraron preocupados por el hipódromo. Mientras se buscaba a los niños, un alto funcionario preguntó si había que evacuar caballos. No hacía falta. A la mañana siguiente, otro escribió: “La villa está preocupada”. “Esto debería ser prioridad”, respondió el coordinador estatal de llanuras aluviales, Heath Dobrovolny, hoy subadministrador de Ruidoso. Dijo no recordar el intercambio y que probablemente pensaba en evitar víctimas río abajo.

“No sé si habría hecho algo diferente”, dijo Hall. “¿Le diré que fue un éxito cuando perdimos tres vidas? No”, admitió la directora estatal de seguridad nacional, Ali Rye. Un mes después, Lujan Grisham dijo que nadie puede predecir lo que pasa con el clima. Pero el desastre había sido casi anticipado. “Por desgracia, eso estaba modelado”, dijo Joseph Loverich, ingeniero de la firma que hizo los modelos del estado. La inundación tuvo un tercio del volumen que Cobb Fendley preveía para una tormenta centenaria.

El 8 de octubre, en una reunión del Condado sobre una posible compra de propiedades, Martinez dijo: “Esa ni siquiera fue grande. Fue la mitad de lo que esperábamos”. Podría ser el doble, añadió. “¿O sea que ustedes sabían?”, interrumpió Fulcher. “Teníamos campistas”, dijo Jarvis. El nuevo administrador del Condado la cortó. Semanas después, Martinez moderó su lenguaje: “¿Hice lo suficiente? Me lo pregunto todos los días”. Luego se fue a trabajar a El Paso. En julio, Dobrovolny recordó a los empleados la prohibición de hablar con periodistas. El video de aquella reunión fue retirado de Internet.

Los Trotter viven en El Paso, cerca de un parque que la Ciudad nombró por sus hijos. Celebraron su vida el 15 de agosto. Sebastian aún se recuperaba de un pie roto y de daño nervioso en las piernas. Semanas después, el All American Futurity se corrió en Albuquerque por segundo año. En Ruidoso, Crawford organizó una fiesta para verlo en el Jockey Club. Afuera, la pista estaba vacía. Dusty Milanes, una texana de botas rosas, dijo que los peligros se exageraban. “Hay partes del pueblo totalmente normales”, dijo. ¿Dónde? “En terreno alto”.

La villa siguió promoviendo el turismo en el oeste de Texas. Este verano, un espectacular cerca de la casa de los Trotter anunciaba Ruidoso. Sebastian lo vio mientras cargaba gasolina. Río arriba del hipódromo cerrado, un parque de casas móviles estaba casi lleno. Los niños jugaban en la calle y los remolques ocupados se alzaban sobre el río. “No creo que vuelva a inundarse así”, dijo un administrador. El Río Ruidoso murmuraba. Se veía acogedor. En un día de verano, podías meter los pies.

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