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Quadratin 23 Apr, 2026 08:26

Genio y figura 

Ser o no ser, esa es la cuestión 

En el inicio del famoso soliloquio de la obra Hamlet, escrita por William Shakespeare, el personaje principal se debate entre la disyuntiva de “¿vivir o morir?”, o mejor dicho de “existir o no existir”, ya que enfrenta el dilema de encarar las vicisitudes que la vida le da o acabar con su vida misma.

El tema del suicidio es ancestral, lleno de prejuicios, que aseguran que quien se quita la vida, eufemísticamente, “escapa por la puerta falsa”, haciendo alusión a que comete un error y otros más lo catalogan de un acto de cobardía, sin importar las razones que llevan a una persona a tomar tan difícil decisión.

Juzgar es muy fácil, sobre todo cuando se hace sin conocer a fondo cada caso, como lo hacen la ley, la iglesia y la sociedad misma, pero vayamos por partes, comencemos por lo que establece el Código Penal Federal vigente, en su artículo 312, “quien ayude o induzca a otra persona a suicidarse puede recibir de 1 a 5 años de prisión”, ahora que si quien ayuda al suicidio es quien ejecuta la muerte (suicidio asistido activo), la pena es de 4 a 12 años de prisión. De esta forma, la legislación mexicana actual prohíbe el suicidio asistido y la eutanasia activa, negando al personal médico que provoque la muerte de un paciente, aunque así se lo pida.

Para la Iglesia Católica en México, quien se suicida comete un grave pecado, aunque ya ha relajado medidas extremas que antes tomaba, como prohibirlas exequias o el entierro en cementerio a quienes se quitaban la vida, abandonando la antigua estigmatización, al menos en este sentido.

Y de la sociedad ni le digo, porque la condena no es sólo para quien se suicida, sino también para sus familiares, pareja o amigos; recriminándoles por no haber hecho algo para que la persona en cuestión no haya tomado la llamada fatal decisión, sin darse cuenta que son muchas veces los mismos convencionalismos sociales los que orillan a muchas personas a acabar con su existencia, como cuando no alcanzan los estándares de belleza que exige la misma sociedad.

Recientemente el caso de Noelia Castillo Ramos, una joven española de 25 años, que recibió la eutanasia el 26 de marzo de este año en Barcelona tras una batalla legal de 20 meses, se convirtió en el primer caso de este tipo en llegar a instancias judiciales europeas desde la entrada en vigor de la ley en España en 2021, ya que tanto los tribunales españoles como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos respaldaron su derecho a la eutanasia.

No obstante, que Noelia padecía un sufrimiento físico y psicológico insoportable, crónico e imposibilitante, derivado de una brutal agresión sexual múltiple y un posterior intento de suicidio al arrojarse de un quinto piso, que le causó paraplejia, la lucha legal se debió a que su padre sostuvo una férrea oposición judicial, argumentando que ella padecía patologías tratables, sin tomar en cuenta que estaba agotada, que sólo quería irse en paz.

Sé que muchos pensarán que hay múltiples razones para vivir, para seguir adelante, a pesar de los problemas que tengamos que enfrentar, yo mismo pensaba eso, pero los años me han hecho reflexionar en que quizás mis razones no son las mismas que las de los demás y, por lo tanto, si no estoy en sus zapatos, tampoco tengo derecho a juzgarlos.

No sé si el suicidio es un acto de cobardía, en un momento de valentía o viceversa, como lo han planteado muchos debates filosóficos, pero sí sé que quien toma la decisión de acabar con su vida está pasando por un profundo dolor, que nadie más tiene derecho a juzgar. 

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