HUB
Mundiario 25 Oct, 2026 13:37 (5 min de lectura)
Observatorio Neutral

Sentir antes que pensar: la estrategia de la precampaña

Por Iria Salgado En Politica México
Sentir antes que pensar: la estrategia de la precampaña
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• La precampaña busca convencer mediante emociones (miedo) más que análisis racional.
• Vox y el PSOE usan estrategias similares al caos vs. orden/prosperidad.
• Las pensiones se simplifican electoralmente para maximizar impacto sin complejidad técnica.

Pensar que votamos solo después de analizar programas, comparar propuestas y elegir la opción que mejor representa nuestros intereses es idealizar el comportamiento electoral. Ni la política ni las personas funcionamos así. Votamos según la información que recibimos —muchas veces sesgada—, nuestros valores, las experiencias, los intereses y las proyecciones de futuro, pero también votamos con miedo, indignación, frustración o esperanza. Se trata de una expresión más de cómo, en las personas, razón y emoción actúan juntas, aunque no siempre situadas en una balanza equilibrada. Los partidos lo saben y la precampaña que estamos viviendo lo demuestra a diario: el objetivo es convencernos haciéndonos sentir, sin tener que pensar demasiado.

El miedo es una de las emociones más eficaces en política porque capta la atención con rapidez. Por eso, buena parte de las campañas se construye sobre aquello que podemos perder si ganan unos u otros. Pedro Sánchez, desde el anuncio electoral, planteó el 29-N como una elección entre avance y retroceso que los socialistas sintetizaron en el eslogan «derechos y no derechas». Por su parte, Vox apela al miedo contraponiendo orden, libertad y prosperidad con caos, inmigración e inseguridad. El mecanismo que utilizan los dos partidos es prácticamente el mismo: cuidado, esto es lo que puede ocurrir si ganan los otros.

Las pensiones son el ejemplo por excelencia. Un asunto complejo, ligado a la demografía, las cotizaciones, el empleo, la productividad, la financiación pública... se reduce electoralmente a una cuestión más simple: quién garantiza las pensiones y quién puede ponerlas en peligro. Es más eficaz decir que «va a colapsar el sistema de pensiones» que explicar cómo funciona realmente el sistema y cuál es su situación en este momento. La pedagogía pierde frente a la necesidad de captar la atención de los votantes en segundos.

En la política emocional, la indignación también tiene su protagonismo, aunque funciona de forma diferente. El miedo necesita una amenaza; la indignación, también un culpable. Tomemos, para ilustrar esta emoción, la vivienda, un asunto que marcó el inicio de la precampaña. Todos, políticos y ciudadanos, coincidimos en que acceder a una vivienda, en alquiler o en propiedad, es cada vez más difícil, pero cada partido busca un responsable distinto: el Gobierno, las comunidades autónomas, la especulación, la falta de oferta, los fondos de inversión, la regulación o su ausencia. Parece que la cuestión no es tanto qué hacer para solucionar el problema como señalar al culpable.

Y ahí aparece otro mecanismo electoral recurrente: si un partido no consigue movilizar suficiente entusiasmo a su favor, puede intentar movilizar rechazo contra el adversario. Votar para que gobierne alguien y votar para impedir que gobierne otro no responden al mismo impulso.

Además, en asuntos como este, en los que no solo una parte es responsable, si a la emoción le sumáramos la razón, la indignación entre el electorado podría alcanzar un nivel superior al comprobar cómo ninguno de los actores implicados parece tener la capacidad de proponer —y el resto, de aceptar— trabajar conjuntamente en la búsqueda de las mejores soluciones para todos.

La política debe tener un componente de esperanza, de ilusión, de apertura a la posibilidad de cambiar lo que no funciona. Generar esperanza exige credibilidad, respeto, diálogo y un futuro reconocible. ¿Cuánto estamos viendo de esto en la precampaña? Nada. Quizás porque a todos los partidos les falta respetarse y tener consideración por el adversario, asumir que los demás pueden tener algo que aportar y que, además, representan a una parte de la ciudadanía; capacidad para hablar desde la serenidad; habilidades para negociar… Es mucho más sencillo activar el miedo o la frustración que la ilusión, especialmente cuando ningún líder destaca por sí mismo como tal.

La anécdota de la pizza resume bien toda esta lógica. Feijóo dice que «si un okupa entra en tu casa con un papel de haber pedido una pizza, ya nadie le puede sacar hasta dentro de varios años». Sánchez le responde recuperando un antiguo tuit suyo sobre una pizza. El intercambio genera múltiples titulares, pero ¿cuánta información recibió el ciudadano sobre las propuestas de vivienda y frente a la okupación de las formaciones que lideran? Ninguna. Al ciudadano llegaron anécdotas fáciles de recordar, memes, ironía, burla… destinados a fomentar la identificación partidista y despertar emociones.

Y lo cierto es que funciona. Lo hace porque no exige un razonamiento largo ni tedioso, ni necesita demasiado esfuerzo por ninguna de las partes. Una explicación necesita tiempo; una emoción, segundos. Explicar políticas públicas requiere datos y muchos matices; una imagen, una amenaza, un culpable o una frase contundente pueden impactar en millones de personas antes de que alguien se detenga a comprobar qué hay de cierto en ello. Cuanto más emocional es un contenido, menos necesita ser explicado para captar la atención. Además, las redes sociales y la IA se han convertido en el altavoz perfecto.

La comunicación política tiende a lo simple, a las dicotomías: avance o retroceso, orden o caos, derechos o recortes, nosotros o ellos. Las emociones son tan necesarias como la razón. Lo preocupante —lo que sí produce realmente miedo— empieza cuando sustituyen a las explicaciones, al debate y al fomento del espíritu crítico.

Ya que no votamos solo con la razón, conviene utilizarla más. @mundiario

Entidades Estrategicas Detectadas (Clic para explorar):