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Vanguardia 12 Mar, 2026 05:00

Café Montaigne 386: Senectud, ¿una aventura?

El tema ha pegado harto por varios motivos: el tejer la vejez –“mí” vejez–, la literatura, el erotismo y mis andanzas personales, las cuales son de dominio público al aquí publicarlas, han dado motivo a glosas, polémicas y, sobre todo, reflexión. Eso es lo importante, reflexionarlo. En mi caso, paladearlo. No cambio mi vejez por mi juventud, afortunadamente, ya olvidada.

A los jóvenes lectores les gusta y les atrae mi historia erótica al lado de la bella Jazmín. Vaya, pues, es una telenovela en “tiempo real”. A los lectores maduros igual les gusta dicho periplo, pero también me comentan sobre eso: el paso del imbatible tiempo en sus espaldas. Pero avanzamos: hay gente de 81 años más joven a su servidor de 61. Es decir, tengo un amigo, el cual me dispensa su amistad; lo vamos a bautizar como don J. Sí, como si fuese personaje del universal Franz Kafka.

Pues bueno, don J., cuando lo veo, de entrada pide dos o tres tequilas o mezcal. O ron antillano. Ya luego, como un buen “postre”, se decanta por una línea sumaria de buenas cervezas. ¿Comida? Se lo engulle todo y, de preferencia, tres veces al día, como Dios manda. ¿Yo? Cuando lo veo y parlamos en animada tertulia, no puedo con tanto: ni con bebida y menos con comida. Por lo general, me manda perfectamente “turulato” a mi residencia. Ah, y claro, a sus 81 tiene una amiga guapa, la cual lo acompaña con frecuencia en sus correrías urbanas. Esto es vida y no vejez...

En la antigüedad, Cicerón señalaba en “De Senectute” lo siguiente: a pesar de las desgracias y enfermedades de la edad, la senescencia puede y debe ser un periodo gratificante si se le sabe incorporar eso a la vida misma. Lea un pálido fragmento: “La gran edad, especialmente cuando se honra, tiene una influencia tan alta que otorga más valor que todos los placeres anteriores de la vida”. Caray, le creemos al filósofo.

¿Para usted qué es la vejez, estimado lector? ¿Un eterno ayer y sin futuro? ¿No hay un buen mañana, sino sólo el patético ayer? Empiezo, tarde como siempre, pero ya inicié a releer los tres libros de mi proyecto de este año: “Ulises”, de James Joyce; “El Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes Saavedra; y “Divina Comedia”, de Dante Alighieri. Me detengo en la segunda: ¿Qué es la vida de don Alonso Quijano, en letra de Cervantes? Uno de los mejores alegatos universales a favor de la vejez.

Es decir, el tipo de 50 años (un anciano en ese entonces y hoy en día), Quijano, reflexiona y se atreve a dar el salto a la aventura. Acomete tareas inigualables, se enfrenta a guerreros gigantes (molinos de viento) y, claro, se enamora; es un apasionado tras mujeres (aunque no de tan buen ver) y comete toda clase de desfiguros por un motivo: es viejo, feliz e infeliz a la vez. Pero, insisto, el personaje (es decir, el mismo Cervantes) se tira a la aventura, a la mejor aventura de su vida a los 50 años... cuando ya debería de estar apaciguado, según dice una muy buena amiga, la cual me regaña harto por mis correrías y andanzas regiomontanas.

ESQUINA-BAJAN

Sin duda, don Quixote, el nativo de un lugar de la Mancha del cual no quiere acordarse, es el mejor ejemplo de algo importante: inventarse, reinventarse en el invierno de la vida... para no morir de abulia, acedia, tristeza. En un ensayo, el narrador Milan Kundera, hoy injustamente olvidado y poco leído, dijo: “(la ciencia y el arte constituyen) el verdadero y legítimo escenario de la historia”. Y la historia, señor lector, somos usted y yo en este justo momento. Único e irrepetible momento. Nada más.

¿Qué es la vejez para usted? ¿Cuestión de años o un estado de ánimo y carácter? Le repito, tengo un amigo, don J., el cual muestra una vitalidad y juventud mejor a cualquier adolescente atado a su celular “inteligente”. Tiene 81 años, es un galán, usa sombreros recortados tipo La Habana, Cuba, ha viajado por casi todo el mundo, viste elegantemente, casi siempre de blanco, tiene una nave automotriz muy buena, sin ser ostentosa, y cualquier becaria en los lugares de moda... se le queda mirando.

¿Tiene músculos, usa ropa deportiva para enseñar sus bíceps vitaminados, se viste como jovenzuelo imberbe...? Absolutamente no. Lleva con galanura y estilo su penúltimo tramo sobre la tierra. Y la vejez es la mejor oportunidad de vivir bien y olvidarse de las prisas y náuseas de la juventud. Hartos, hartos escritores han escrito refinados textos sobre la vejez. Una rápida y anárquica nómina: Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Derek Mahon, Phillipe Lowell, Theresa Lola, Thomas Mann, James Joyce, Cicerón...

–Jesús –me dice la güera Jazmín al oído, mientras acaricia mi barba ya nevada–, te enamoré como un juego, ya te lo he dicho, y sobre todo para quitarte de las manos de la ofrecida de Julieta. La traigo bien atravesada a la maldita. Oye, ¿estás enojado cada vez que te lo digo? Es que la verdad ya está pasando algo en mi vida: ya no eres un juego, ya te quiero por ser como eres. ¿Me vas a dejar porque no soy madura, quieres que sea diferente?...

Le contesto a la güera de insultantes 24 años: “Mira, Jazmín, eso conmigo no va: nadie debe cambiar, es la esencia de cada ser humano. Así te conocí, así me gustas y así quiero seguir, atado a tus cosas juveniles, aunque me lleves tarde o temprano al infierno en vida. Mira, hay una escritora, Margaret Atwood, tiene una buena línea que dice: ‘(la vejez) es una palabra antigua, que ya está cayendo en desuso...”.

LETRAS MINÚSCULAS

Esta patética historia de mi senectud continuará. Pero ya le contaré de otros temas en esta tertulia de nuestro café de los jueves, “Café Montaigne”.

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