No es suficiente con mantenerse a flote en la novela de El aire quema (Destino). El estrés que proviene de la competencia y la presión social están condicionando la vida de Lúa. El trabajo la asfixia y también el estatus de un matrimonio en el que está obligada a no defraudar a su pareja y a comportarse como una madre infalible ante su hijo Martín. Y, sin embargo, pese a ese nerviosismo radical que atraviesa su biografía estos últimos años, se engaña a sí misma asegurando que este curso de la existencia es la mejor de las opciones.
No le falta el dinero. El comportamiento de su marido es modélico. Las convenciones sostienen las apariencias y nada parece inquebrantable hasta que un accidente de tráfico pone patas arriba la coyuntura de Lúa. Ahora se trata de tomar la peor decisión posible y que no es otra que una huida hacia adelante para no dejar que sus aspiraciones naufraguen. Ahora se trata de callar, de aguantar, de soportar los envites que, a partir de ese contratiempo, urden distintas conductas de evitación para no enfrentarse a la verdad, esa verdad que conllevaría la parálisis y la destrucción de una vida tramada en el fingimiento, en el sostén de la dignidad a partir de su posición socioeconómica.
Mónica González disecciona perfectamente la deriva de una mala decisión determinada por la sobrecarga, la fatiga mental y la tensión nerviosa. Porque, ahora, además de intentar luchar contra el estrés, Lúa ha de afrontar las posibles consecuencias de no asumir la responsabilidad del accidente con su coche. Los pensamientos intrusivos, un pasado del que se avergüenza y la exigencia psicológica explican la evolución de un personaje obligado a ser obediente y disciplinado, pero, en realidad, lo terrible es eso. La obediencia de Lúa y su involucración en el trabajo fuerzan su deshumanización, su cosificación, una progresiva simplificación anímica donde el cinismo y un intento de justificar lo irreparable de su error van a empezar a dominarla. Pero no va a estar sola. Habrá cómplices. Porque este matrimonio no se puede permitir perder su condición material, el prestigio, la reputación, un estilo de vida inspirado en la opulencia y la prodigalidad.
Hay dos elementos de naturaleza sociológica que definen el acierto de esta novela en su origen: la vida urbana desnaturaliza la ratio essendi del sujeto, su interacción pública, su entrega al otro, la fricción con el medio. Es el automatismo el que gobierna la posibilidad de lo emocional hasta anularla si es necesario. Por otro lado, la adicción a los estupefacientes y a los ansiolíticos que definen la conducta de Lúa en sus peores momentos no deja de ser una parábola de un contexto de convivencia que ha olvidado la sociabilidad para dar paso a un comportamiento límbico, zombificado.
Momentos de dilación descriptiva y redundancias de escenarios que la autora explora crean en el lector la misma ansiedad que el personaje de Lúa y se combinan con un tono melodramático que coexiste con la sobriedad descriptiva y una escenografía continua de interiores. Lo claustrofóbico es un lastre de la identidad de una mujer que ya no cree en sí misma, porque cada decisión está supeditada a la culpa y la culpa es ponzoña para una esperanza que ha de tornarse en incertidumbre, en adictiva incertidumbre. @mundiario