En un panorama literario donde a menudo se premia la estridencia sobre la sensibilidad, Arañar el cielo: a los pies de Aloia y Xurés, de Paula Cascallar, irrumpe como una bocanada de aire limpio: serena, íntima y profundamente arraigada en la tierra que la inspira.
Publicada por Mundiediciones, esta primera novela no solo marca el debut de una voz prometedora, sino que también demuestra una madurez narrativa poco habitual en una ópera prima. Cascallar escribe como quien conoce bien los silencios, los paisajes y las heridas que no siempre se nombran. Y es precisamente ahí donde reside uno de los mayores aciertos del libro: en su capacidad para sugerir más que para explicar.
La historia se despliega entre los parajes de Aloia y Xurés, escenarios que no funcionan como mero telón de fondo, sino como personajes vivos que respiran, observan y, en ocasiones, condicionan el destino de quienes los habitan. La autora consigue algo especialmente difícil: que el lector no solo imagine esos lugares, sino que los sienta. El viento, la humedad, la piedra… todo parece tener memoria.
En el centro de la novela encontramos personajes construidos con delicadeza, alejados de los arquetipos fáciles. Son humanos en el sentido más honesto del término: contradictorios, vulnerables, capaces de amar y de equivocarse con la misma intensidad. Cascallar no los juzga; los acompaña. Y en ese acompañamiento, invita al lector a hacer lo mismo.
El estilo destaca por su lirismo contenido. Hay belleza en la forma, sí, pero nunca gratuita. Cada frase parece medida, como si la autora hubiera entendido desde el principio que escribir también es saber cuándo detenerse. Esta contención refuerza el impacto emocional de la novela, que llega sin estridencias pero se queda mucho después de haber cerrado el libro.
Además, Arañar el cielo plantea, sin imponer, reflexiones sobre la identidad, el arraigo y la necesidad —a veces dolorosa— de encontrar un lugar propio en el mundo. No lo hace desde grandes discursos, sino desde lo cotidiano, desde los gestos mínimos que terminan revelando verdades universales.
En definitiva, estamos ante una obra que no busca deslumbrar con artificios, sino conmover desde la honestidad. Y lo consigue. Paula Cascallar firma un debut que invita a ser leído despacio, casi como se camina por el monte: con atención, con respeto y con la certeza de que, en cada recodo, puede aguardarnos algo inesperado. @mundiario