El poeta ourensano Alberto García Ferreiro, contemporáneo de Curros y Pondal, era un admirador de A Coruña a la que dedicó el poema “Ben te vin” en el que resalta la belleza de la ciudad que pone a nivel del Paraíso celestial después de pedir a San Pedro que no escuche su comparación, algo irreverente, con la estrofa que tanto enorgullece a todos los coruñeses: “Si me deran á escoller, eu non sei que escollería, si entrar ná Coruña de noite ou entrar no Ceo de día”, versos que incorporó Ana Kiro a la canción “Vivir na Coruña que bonito é”. Esta ciudad embelesa al nativo y fascina al visitante -allí nadie es forastero- por su hospitalidad abierta y su contagiosa alegría de vivir.
Me acodé del embrujo y atracción de A Coruña el miércoles pasado viendo las escenas de violencia y vandalismo en la emblemática plaza de María Pita y calles adyacentes. Dicen las crónicas que fueron protagonizadas por las Juventudes Socialistas al grito de “no pasarán”, integrantes de Galiza Nova, del Sindicato da Vivenda y grupos antisistema que querían reventar el acto informativo del líder de Vox. Dejan el balance de policías heridos, mobiliario urbano y de hostelería destrozado y profanada la imagen de esta ciudad, abierta y tolerante.
Los profesores americanos Neil Potman y Charles Weingartner publicaron en 1975 “La enseñanza como actividad crítica”, un canto a la importancia de la enseñanza en un mundo caracterizado, decían entonces, por el cambio constante y acelerado. En la primera página afirman que “Uno de los principios de toda sociedad democrática es que cada hombre puede pensar y expresarse libremente sobre cualquier materia, hasta el punto de poder pronunciarse contra la idea misma de la democracia”.
Esta es la grandeza del sistema democrático, que tiene otro principio esencial: la tolerancia, que implica ver y tratar al adversario, no como enemigo, sino como portador de otro punto de vista. Se puede discrepar y rechazar sus propuestas, pero lo que no permite la democracia es coartar su libertad e impedir que las expongan, aunque no piensan como nosotros.
En este sentido hay que decir que Vox es una formación política legal que, guste poco o nada, tiene el mismo derecho a formular sus ideas que cualquier otro partido legalizado. Los violentos de A Coruña, igual que los que alborotan en otras ciudades de España, no pueden convertirse en un tribunal de talibanes que decide quien tiene derecho a hablar.
Dos reflexiones finales: Una: alguien promueve y apoya en la sombra la agitación y violencia callejera, pero cuidado con soltar este monstruo. Puede ocurrir que cuando lo quieran atar para recuperar la normalidad y el orden sea tarde. Dos: quién apoye o no condene explícitamente toda violencia, incompatible con la democracia, no puede representar al pueblo en las las Cortes, Parlamentos regionales e instituciones. @mundiario