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Mundiario 24 Apr, 2026 11:08

La Guardia Civil no halla restos de ADN de Esther López en la casa del único acusado

La investigación por la muerte de Esther López vuelve a un punto incómodo: el de las certezas que se diluyen. El zulo oculto hallado recientemente en la vivienda del único acusado, Óscar Sanz, de 44 años, no contiene restos biológicos que vinculen ese espacio con la víctima, según el informe de la Guardia Civil. Lo que parecía una pieza clave en el rompecabezas judicial se convierte ahora en un elemento ambiguo, incapaz —por el momento— de sostener las sospechas más graves.

El caso, que desde 2022 ha mantenido en vilo a Traspinedo y a buena parte del país, suma así un nuevo capítulo que no cierra heridas, sino que las reabre. La ausencia de ADN en un espacio oculto, húmedo y desconocido hasta hace semanas introduce una tensión narrativa en la investigación: lo descubierto no confirma, pero tampoco descarta.

Desde el principio, la muerte de López ha estado rodeada de sombras. Su cuerpo apareció semanas después de su desaparición en una cuneta, con signos que desconcertaron a los investigadores: humedad en las manos, restos de materiales no compatibles con el lugar del hallazgo y la sospecha de un traslado posterior. La hipótesis de que el cadáver hubiera sido ocultado temporalmente en otro sitio ha planeado desde entonces sobre el proceso. La investigación, lejos de resolverse, se ha vuelto más compleja.

Un hallazgo que prometía ser decisivo

El registro de la vivienda, realizado el jueves 16 y viernes 17 tras autorización judicial, se llevó a cabo con una expectación máxima. No era una inspección cualquiera: era la segunda vez que los agentes accedían a la casa, pero la primera en la que conocían la existencia del espacio oculto.

Durante dos días, especialistas de distintas unidades analizaron el zulo, drenaron el agua acumulada y recogieron múltiples muestras. También observaron al acusado, que participó en la recreación de sus movimientos, en un intento de detectar contradicciones o reacciones reveladoras.

El contexto elevaba la relevancia del hallazgo. El propio acusado y su entorno habían negado durante años la existencia de cualquier espacio subterráneo en la vivienda. El descubrimiento, además, fue accidental: surgió tras unas obras realizadas por el nuevo propietario debido a problemas de humedad. Pero el resultado inicial ha sido frío: ningún resto biológico de Esther López.

La ciencia frente a la sospecha

La ausencia de ADN no equivale necesariamente a la ausencia de hechos. Esta es una de las claves que sobrevuelan la investigación. Los expertos recuerdan que el paso del tiempo, la presencia de agua o las condiciones del entorno pueden degradar o eliminar rastros biológicos.

Aun así, el impacto es evidente. El zulo deja de ser, al menos por ahora, una prueba directa para convertirse en un elemento circunstancial. Un espacio sospechoso, pero no incriminatorio.

Mientras tanto, otras líneas de investigación siguen abiertas. Una de ellas gira en torno a los datos de un reloj inteligente similar al que llevaba el acusado la noche de la desaparición. Ese dispositivo detectó cambios de altura durante la madrugada, un detalle técnico que podría resultar clave si se logra interpretar con precisión.

Un caso que se resiste a cerrarse

La decisión judicial de reabrir parcialmente la investigación para incorporar los análisis del zulo refleja la fragilidad del caso. Cuando parecía listo para juicio, el proceso vuelve a fase de exploración.

Las posiciones de las partes siguen siendo irreconciliables. La familia de la víctima sostiene la acusación de asesinato y reclama una pena de 39 años de prisión. La Fiscalía rebaja esa petición a 18 años. La defensa, por su parte, insiste en la absolución. En medio de ese pulso, la verdad judicial aún no ha aflorado con claridad.

El caso de Esther López se ha convertido en algo más que un proceso penal: es un relato sobre los límites de la investigación criminal cuando las pruebas no encajan con las intuiciones. @mundiario

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