La remontada de votos a favor de Lula en Brasil, en la segunda vuelta de las elecciones, ha sido excepcional. Bien que se esforzó Flávio Bolsonaro en sembrar dudas y desconfianza, además de insultos a un oponente, al que, a pesar de casi doblarle en años, despreció por ser algo manco a causa de un accidente laboral. Los casi tres millones de brasileños que, a diferencia de la primera vuelta, se sumaron a los que lo habían votado, vieron la que se les podía venir encima con un niñato en Brasilia. Parecía cantado el destino de este orgulloso de clase, pero el voto popular salvó la coyuntura crucial; todavía habrá de aguantar que vuelvan a repetirse dudas que —como hizo su padre— fomenten la inestabilidad en un país dividido.
Estilo parecido destilan los gestos, dichos y formas que, en España, vienen siendo cultivados por un crédulo cuya capacidad gestora sufrieron sus paisanos gallegos, sobre todo, desde abril de 2009. En abril de 2022, llegó a Madrid como salvador de un PP al que Casado había puesto en el brete de tener alguna credibilidad y, desde su llegada, no ha cejado en suspirar por la Moncloa.
Su sueño no se ha hecho realidad, pero no ha dudado en emplear tácticas en que el bulo y el insulto han sido prolíficos. En sede parlamentaria y fuera de ella, por sí mismo o a través de sus peones, ha procurado que todo el ciclo político de quien preside el Gobierno se moviera, desde entonces, un poco más sobre el barro, de modo que muchas disposiciones de Moncloa no salieran adelante y que cuantas lograron traspasar su barrera no olvidaran que era un rival bronco, con un estilo más propio de malotes de barrio que de persona educada.
Su metodología, reducida a tirar la piedra y esconder la mano, le ha valido para mostrar desagrado y desprecio a toda iniciativa social que se propusiera, para añadir siempre que —si le daban el voto— él haría otra cosa, cuyo contenido esencial fuera su rentabilidad para individuos selectos.
Con tales dichos y gestos, siempre ha evidenciado que lo suyo era el conservadurismo caciquil de aldea, recortador de derechos a los que pudiera acceder la mayoría ciudadana. Así ha creído que fortalecía la hegemonía y el poder socioeconómico de los suyos. De ninguna otra «primacía patriótica nacional» se trataba.
Esta excusa retórica, brindada por Abascal, está organizada para expulsar el izquierdismo de la escena y meter en vereda —según dicen ambos— a un país de maleantes, ansiosos de derechos y pocas obligaciones. En los últimos mítines, Feijóo ya se erige en árbitro del bien y, como el Rey Sol, imagina que de él depende la luz vital de todo. Comprometido a erradicar la horrorosa oscuridad de los malos de su izquierda, en sus análisis de la situación, sobreentiende que esa pandilla ha llevado España al caos y la hace culpable, incluso, de las trampas que él o los suyos le han puesto. En los prolegómenos de esta campaña electoral, acaba de decir que los disturbios de Barcelona indican que la izquierda «se resiste a abandonar el poder con violencia».
La doctrina FEIJÓO, TELLADO & Cía
Este domingo, en Salamanca, ante los 52 cabezas de lista de su partido para el Congreso, Feijóo personalizó su doctrina desde su «solidaridad con los vecinos, mossos, policías y guardias civiles y quienes han trabajado para impedir que los violentos campen a sus anchas», para recordar no solo lo que acababa de pasar en la Ciudad Condal, sino también lo sucedido en Coruña unos días antes por la presencia de Abascal en un acto público, al tiempo que felicitaba las propuestas de Albiol, en su lucha «contra los ocupas, los que queman las calles y los violentos» en Sabadell.
Al mencionar esos percances, igual que los que venían sucediendo en Madrid desde el desahucio de Maricarmen o en Ceuta por los inmigrantes masivos, la peculiar dialéctica de Feijóo —digna del florilegio que Schopenhauer reunió para guiar a cuantos se empeñan en tener siempre razón—, al emplear el argumento ad hominem y pretender ningunear a quien no sea él mismo, partía de que «los discípulos del muro —metáfora matér ica en que alude a Sánchez— no quieren paz en las calles, y lo advirtieron»; según él, «están sembrando el odio porque saben que van a perder, se están resistiendo a abandonar el poder con violencia». Es así que han perdido la calle, ergo quieren incendiarla: Sánchez está jugando con fuego»; «está avivando el malestar social que ha provocado», un «fuego de la violencia que no está frenando». En consecuencia, suponiendo que él era la solución, vino a decir: «Debemos unirnos para votar en paz y en libertad» y, frente a quienes «pretenden destruir la convivencia española e impedir la alternancia democrática», se comprometió a ser «garante de la paz civil», plantar «cara a los violentos» y «velar por la seguridad de todos».
A sus oponentes —que «justifican la creciente tensión en las calles»—, los conminó a que no dieran «lecciones de paz», pues la han «dinamitado»: «basta de lecciones de amenazas y violencias». En esta apología de sí mismo, la verbosidad de las querencias del líder conservador pretende revestirse de agudeza y fuerza moral y, reiterando la expectativa agónica que tanto ha exhibido, no deja huecos al diálogo. Para él, la otra media España no existe y, antes de que Vox lo cautivara, su soledad le ha hecho parecerse mucho a aquel Jorge de Burgos, el anciano monje ciego cuyo gran poder lucía en el scriptorium de un monasterio, donde Umberto Eco —gran especialista en medievales textos apocalípticos— lo hace guardián estricto y peligroso de los secretos de La Poética de Aristóteles. Hasta 1255, en que Gregorio IX garantizó a las universidades la independencia efectiva de las injerencias episcopales en el control del bien y la verdad, el Estagirita no había tenido tranquilo reconocimiento en las aulas.
Hizo falta que Abelardo y Tomás de Aquino fundamentaran en él la «teología natural», con su doctrina implícita sobre el universo. Había sido traducido al latín medio siglo antes, y textos suyos —como su referencia a que no había vida después de la muerte— habían motivado que individuos considerados heréticos, y cuanto hubieran escrito, fueran quemados en la hoguera.
El verso final con que termina la novela de Eco y le da título —«De la rosa primigenia solo queda el nombre: de ella solo conservamos los nombres»— permite aplicar su polivalente ironía al dogmatismo exultante de Feijóo, cuyo mundo, y los fundadores que lo compusieron, han sido tragados por el tiempo y, en su lugar, cruzados/as como Tellado o Ester Muñoz esperan que Feijóo tenga más suerte que Bolsonaro. Su potencial depende de cuantos vayan a votar el día 29 y también de quienes, antes, hayan confiado en la honradez de Correos y no en las desconfianzas que el de Peares siembra hacia el organismo que dirigió. @mundiario