El planeta acumula cada vez más calor y la respuesta internacional continúa sin estar a la altura del problema. Las concentraciones de gases de efecto invernadero alcanzaron nuevos máximos históricos en 2025, mientras los planes climáticos presentados por los países dibujan una reducción de emisiones muy inferior a la necesaria para limitar el calentamiento global. La brecha entre lo que la ciencia exige y lo que los Gobiernos se comprometen a hacer amenaza con agravar los fenómenos meteorológicos extremos y elevar los riesgos para las sociedades y las economías.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el secretariado de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático han puesto cifras a esta contradicción en dos informes anuales. Sus conclusiones apuntan en la misma dirección: la acumulación de gases que retienen el calor en la atmósfera sigue aumentando y las políticas actuales no garantizan una reducción suficientemente rápida de las emisiones.
El dióxido de carbono alcanza niveles sin precedentes
El dióxido de carbono (CO₂), principal responsable del calentamiento global provocado por la actividad humana, llegó a una concentración de 426,8 partes por millón en 2025, según la OMM. La cifra supera en un 53% el nivel registrado en 1750, antes de la expansión industrial asociada al uso masivo de combustibles fósiles.
La evolución de las últimas décadas resulta especialmente preocupante. El ritmo de crecimiento de las concentraciones de CO₂ se ha triplicado desde los años sesenta. Durante la década comprendida entre 2011 y 2020, el incremento medio anual alcanzó las 2,4 partes por millón, frente a las 0,8 de los años sesenta. En 2024 se produjo un aumento récord de 3,5 partes por millón, mientras que en 2025 la subida fue de 2,8.
El metano y el óxido nitroso tampoco ofrecen señales de mejora. El primero, responsable de alrededor del 16% del calentamiento global actual, alcanzó las 1.948 partes por mil millones, un 167% por encima del nivel preindustrial. El segundo llegó a las 339,1 partes por mil millones, un 26% más que en 1750.
Estas cifras reflejan el impacto acumulado de actividades como la quema de carbón, petróleo y gas, la deforestación, determinados procesos industriales y el uso de fertilizantes. El problema no se limita a las emisiones que se producen cada año: parte de los gases permanece durante largos periodos en la atmósfera y prolonga sus efectos sobre el clima.
Por qué cada nuevo récord aumenta los riesgos
El calentamiento global no es una amenaza exclusivamente futura. Sus consecuencias se manifiestan en olas de calor más intensas, sequías, precipitaciones torrenciales y otros fenómenos extremos cuyos riesgos aumentan a medida que sube la temperatura media del planeta.
Los últimos once años han sido los once más cálidos desde que existen registros, según los datos recogidos en el informe de la OMM. La organización advierte de que la tendencia continuará, mientras los gases acumulados en la atmósfera sigan atrapando cantidades extraordinarias de energía.
El océano y la vegetación terrestre absorben parte del CO₂ emitido por las actividades humanas, pero esa capacidad no elimina el problema. Aproximadamente la mitad del dióxido de carbono liberado termina acumulándose en la atmósfera, mientras que cerca del 29% queda almacenado en el océano y el 21% en la vegetación terrestre.
Esta distribución ayuda a entender por qué reducir las emisiones resulta urgente. Aunque las emisiones descendieran de forma significativa, el dióxido de carbono ya acumulado seguiría influyendo en el clima durante siglos. La respuesta exige, por tanto, actuar sobre las causas del calentamiento y no limitarse a reaccionar ante sus consecuencias.
Los compromisos de los países no alcanzan los objetivos de París
La distancia entre la gravedad del diagnóstico científico y la ambición de las políticas climáticas constituye el otro gran motivo de preocupación. El Acuerdo de París, firmado en 2015, estableció el objetivo de mantener el aumento de la temperatura global muy por debajo de los dos grados respecto a los niveles preindustriales y proseguir los esfuerzos para limitarlo a 1,5 grados.
Sin embargo, el informe del secretariado de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático advierte de que los planes nacionales siguen siendo insuficientes. Para mantener el calentamiento por debajo de los dos grados, las emisiones mundiales deberían reducirse un 37% en 2035 respecto a 2019.
Las previsiones basadas en los compromisos presentados por 154 países apuntan a una reducción de entre el 6% y el 9% para ese mismo año. La diferencia evidencia la magnitud del desafío: incluso si los Gobiernos cumplieran las promesas que han comunicado, el recorte previsto quedaría muy lejos de la trayectoria necesaria.
Además, esos 154 países representan el 71% de las emisiones mundiales. Estados Unidos no figura en esa lista, una ausencia que añade incertidumbre a la respuesta internacional por el peso de su economía y sus emisiones.
El límite de 1,5 grados, cada vez más difícil de respetar
Las perspectivas para el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París son especialmente delicadas. El análisis de Naciones Unidas considera probable que el presupuesto de carbono disponible para mantener el calentamiento dentro de ese límite se agote antes de 2030.
Superar de forma sostenida los 1,5 grados no significa que todos los efectos del cambio climático se produzcan de manera inmediata, pero sí implica mayores riesgos y una mayor dificultad para evitar impactos graves. Cada décima adicional de calentamiento puede incrementar la exposición de las poblaciones, los ecosistemas y las infraestructuras a fenómenos extremos.
Las estrategias climáticas a largo plazo ofrecen un panorama algo menos desfavorable si llegan a cumplirse íntegramente. Según el informe, las trayectorias previstas podrían situar el calentamiento a finales de siglo entre 1,7 y 2,3 grados, aunque el cálculo está sujeto a importantes incertidumbres.
Simon Stiell, secretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, reconoce que el progreso colectivo continúa siendo insuficiente. Aun así, destaca que numerosas economías consideran cada vez más la acción climática una oportunidad para impulsar el empleo, el crecimiento y una energía más asequible y segura.
La contradicción es evidente: mientras los gases de efecto invernadero siguen batiendo récords, los compromisos políticos avanzan demasiado despacio. La evolución del clima dependerá de que las promesas se traduzcan en reducciones reales de emisiones, con medidas capaces de transformar los sistemas energéticos y limitar la dependencia de los combustibles fósiles.
El margen de actuación no ha desaparecido, pero se estrecha. Los próximos años serán decisivos para determinar hasta qué punto la comunidad internacional consigue reducir los riesgos de un calentamiento que ya está alterando el equilibrio climático del planeta. @mundiario