La política española vuelve a girar en torno a una escena ya conocida: un líder sube el volumen, lanza acusaciones gruesas y obliga al resto a responder no tanto a sus propuestas como a su ruido. Santiago Abascal ha vuelto a cargar contra la jerarquía eclesiástica tras unas declaraciones del secretario general de la Conferencia Episcopal Española, César García Magán, quien rechazó la idea de la llamada “prioridad nacional”, una fórmula que en la práctica supone discriminar a las personas migrantes en el acceso a ayudas y servicios públicos.
La respuesta del líder de Vox ha sido frontal. Ha acusado a los obispos de no atreverse a criticar al Gobierno porque, según él, se benefician de la inmigración y porque “su prioridad es el negocio”. No es una frase casual. Busca sembrar una sospecha moral, insinuando que la Iglesia actúa por interés económico y no por principios. En política, pocas armas son tan eficaces como desacreditar al adversario atribuyéndole hipocresía.
Inmigración como detonante y la batalla por el relato
El fondo del choque es claro. La Iglesia, a través de su portavoz, defendió que su prioridad es la dignidad humana y el bien común, recordando que el prójimo no se limita a quienes comparten nacionalidad, lengua o religión. Esa posición encaja con una tradición cristiana básica: la atención al vulnerable como obligación ética.
Vox, sin embargo, ha convertido la inmigración en el eje de una narrativa de amenaza. Habla de “invasión”, de colapso sanitario, de inseguridad, de presión sobre salarios e impuestos. Son preocupaciones que pueden existir en sectores sociales concretos, pero el problema aparece cuando se presentan como un fenómeno uniforme, sin matices, y cuando se ofrece una solución simple a un asunto estructural.
La migración no es un grifo que se abre o se cierra desde un mitin. Responde a guerras, desigualdad, crisis climática y redes económicas globales. Tratarlo como si fuera únicamente un fallo de “control fronterizo” es como intentar contener el mar con una verja.
Cáritas en el punto de mira y el riesgo de romper el tejido social
La tensión ha subido aún más después de que Vox asegurara que sus pactos con el PP en Extremadura y Aragón implicarían romper acuerdos con Cáritas Diocesana, entidad clave en la asistencia social. Cáritas no es solo una ONG religiosa, es una red que en muchos barrios funciona como el último salvavidas para personas sin recursos, sean españolas o extranjeras.
El PP ha salido a desmentir esa interpretación y ha intentado tranquilizar a la organización. Pero el daño ya está hecho: se instala la idea de que ayudar a migrantes es un privilegio injusto, no una respuesta humanitaria.
Aquí está la cuestión central. Cuando se pone a competir la pobreza, el resultado siempre es el mismo: los de abajo se pelean mientras los problemas reales quedan intactos. Si el sistema sanitario está saturado o los salarios son bajos, la respuesta no es señalar al recién llegado, sino exigir más inversión pública, mejores condiciones laborales y políticas de vivienda eficaces.
La escalada verbal como síntoma político
El episodio no termina en la Iglesia. Abascal ha llamado “mierda” al presidente Pedro Sánchez y “rata” al ministro Fernando Grande-Marlaska. Ese lenguaje no es un exabrupto aislado. Es una estrategia. Se busca degradar al adversario para convertirlo en enemigo y presentar la política como una guerra cultural permanente.
Una democracia no se rompe solo por leyes injustas. También se erosiona cuando el insulto sustituye a la discusión y cuando el debate público se convierte en un lodazal donde la indignación es más rentable que la verdad.
Al final, la pregunta no es si Abascal tiene derecho a criticar a la Iglesia o al Gobierno, que lo tiene. La pregunta es qué tipo de país se construye cuando el discurso político se basa en la sospecha, la deshumanización y el desprecio. Porque cuando se normaliza llamar “rata” al rival, lo siguiente es tratar como ratas a quienes no tienen voz. Y ahí ya no hablamos de campaña electoral, sino de deterioro moral y social. @mundiario