Retomando la segunda entrega de este texto, en la que recordaba al maestro José Arturo González y en la que narraba la relación y comunicación permanente que se logró con este gran maestro penalista regiomontano
Con estas experiencias y ya llevando varios asuntos de los bancos mencionados y de otras instituciones como auxiliares del crédito, cuyos ejemplos más conocidos son los Almacenes Generales de Depósito o el Arrendamiento Financiero y el Factoraje Financiero, las Uniones de Crédito y las Casas de Cambio; así como también la Ley del Mercado de Valores, para diversas operaciones bursátiles delictivas.
Hacia los años 1994 y 1995, el maestro José Arturo González me envió unos apuntes informales sobre el estudio y análisis de “Los Delitos Bancarios”, como los denominó y después de algunos comentarios y precisiones que intercambiamos los formalizó y envió por e-mail a varios colegas, como un folleto o guía. Pero ya en 1999, los perfeccionó y publicó ese trabajo, sobre la Ley de Instituciones de Crédito, que incluyó una guía para desglose de tipos penales y como apéndice el texto de las hipótesis delictivas correspondientes. Se imprimieron dos mil ejemplares y los distribuyó gratuitamente entre sus alumnos (impartíamos clases de Derecho Penal coincidentemente) y entre sus colegas; me envió varios y los regalé a algunos abogados de mi despacho y a otros compañeros.
Después de casi 20 años de ese ejercicio profesional especializado en materia penal, la situación cambió; proliferaron los despachos y surgieron un gran número de “abogados penalistas”, incluso en las propias instancias de los bancos, donde contrataron internos con esa especialidad. El resultado fue que para ahorrar, alargar y rendir los recursos económicos, las instituciones bancarias extendieron las cuatro etapas, con que iniciamos cuando propuse las formas de pagar honorarios, hasta 10 o 12 etapas, de tal manera que por los años 2008, 2009 y 2010, los contratos precisaban detalladamente cada paso del procedimiento penal, incidente o recurso a desahogar, tasándolo a veces en un 1 porcentual del total de honorarios a cobrar.
Con esa instrucción nos obligaban a expedir a veces esos diez o más recibos, por cantidades francamente irrisorias y además, tardaban de dos o más meses en cubrirlos. Así que eso desalentó nuestro quehacer y fuimos renunciando a esas actividades profesionales, ya para el 2012 de plano solo atendíamos a dos instituciones.
Tan solo de los abogados que colaboraron en nuestro despacho, algunos durante varios años, surgieron nuevas firmas de abogados, tales como Jorge Estrada y Asociados, Jaime Kirchner y Abogados, Francisco Ramírez y Ramírez, Federico Puente Abogados, Edgardo Carrera, Óscar Hidalgo, Mauricio Ramírez Chávez, Carlos Ruiz y Asociados, Felipe Borrego Jr. y Socios, y otros; a quienes por cierto , aún en las agencias del Ministerio Público y en los juzgados penales les llamaron “Los Paulinos”, por haber laborado durante mucho tiempo en el Despacho “Paulino Lorea y Abogados Asociados” donde se formaron.
Para el desahogo e integración de las denuncias y/o querellas por esos delitos bancarios, la mayoría de las veces necesitamos contar con el auxilio y complemento de profesionistas de otras materias como contadores con especialidad en Auditoría; así como expertos en peritajes de grafoscopía, caligrafía Forense, antigüedad de papel y tinta y de dactiloscopía, entre otras técnicas. Por ello llegamos a contratar los servicios de varios despachos para esos fines. Recuerdo uno de la Ciudad de México, a cargo del C.P. Alberto Romero, quien inclusive fue subdirector de Servicios Periciales en la entonces Procuraduría General de la República, antes de independizarse; él y su equipo de trabajo nos atendieron muchos asuntos bancarios tanto en su integración en la Ciudad de México, como aquí y en varios estados de la zona Bajío, con éxito en su encomienda.
Solo como corolario de esta serie haré referencia a una anécdota. Muy al inicio de mis actividades en 1991, después de algún tiempo de abrir el despachito (28 m2) en el edificio Montes de Oca, frente a Catedral, algunos abogados me referían asuntos civiles, mercantiles, laborales y de otras materias, yo no los aceptaba, pero los remitía a los mejores abogados litigantes que, en mi concepto, eran los mejores en esas materias, con la aclaración de que yo atendía solo asuntos penales. Así un día, un abogado muy próspero y exitoso en aquella época que había llegado a León, precisamente en el jurídico de un banco y del cual renunció para avecindarse aquí, e impartía clases al igual que yo en la Ibero de León, me vio yo creo muy amolado y me dijo: “Oye, ¿que solo estás llevando casos de penal? ¿Y crees que de eso te logres mantener? Yo creo te habías de regresar al Poder Judicial Federal”. A lo cual le contesté: “Al menos voy a tratar de lograrlo, ¿cómo ves?.”
Como a los cinco años nos vimos saliendo de clase en la universidad, y al abordar mi auto me vio y me dijo: “está nuevecito”; a lo que le respondí: “ya ves, sí logré mantenerme del Derecho Penal”.
Quizás, ya no haya esa percepción de que los penalistas solo nos dedicábamos “a sacar borrachitos de los separos”, pero antes muchos pensaban así, sin saber lo difícil del conocimiento y manejo de la Técnica Jurídico-Penal. Este jueves 23 de abril, cumplí 50 años de haberme titulado como abogado en la UNAM y ejerciendo esta noble profesión. Gracias. FIN.