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Radar Inteligente
AM 26 Apr, 2026 06:00

Mientras decimos que los amamos…

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Hay una forma silenciosa -e impostora- de destruir a un niño: decirle que lo amamos mientras, poco a poco, descomponemos su esencia, a punta de exigencias.

Algunos adultos recordamos la niñez como quien recuerda una enfermedad incómoda, una viruela adherida a las mejillas; otros, en cambio, se llenan de emoción evocando ranas, fiestas y travesuras. Por eso quizá se dice que existen dos edades doradas: la niñez y la vejez. Y puede que ahí esté la clave. Mientras la niñez es descubrimiento y aprendizaje, la vejez es síntesis, memoria y conciencia. Compararlas podría llevarnos a una discusión interminable, pero hoy no se trata de eso. Hoy se trata de los niños… y de lo que nosotros, en nuestra supuesta madurez, hacemos con ellos.

Los niños son personas completas en su pequeñez: curiosos, atrevidos, observadores, dueños de una imaginación que no pide permiso, con una ingenuidad a prueba de balas. No les falta nada. Y, sin embargo, por una absurda necesidad de control —o quizá por esa envidia de lo que ya perdimos— los adultos nos empeñamos en moldearlos a nuestra medida.

Aparecen entonces las frases que los reducen, las órdenes que los desmontan y las exigencias que los plastifican hasta convertirlos en accesorios de nuestra propia conveniencia. Los obligamos a crecer antes de tiempo, cargándoles tareas innecesarias que les roban risas y engañándolos con una prisa disfrazada de virtud. Y luego, con asombro fingido, nos preguntamos en qué momento se apagaron, en qué instante dejaron de ser genuinos.

Hablamos de ofrecerles un “mundo mejor” mientras nuestras propias estructuras morales se retuercen. Los usamos como bandera, como discurso, incluso como excusa electoral. Decimos protegerlos, pero evitamos las verdaderas responsabilidades ciudadanas, permitiendo -desde nuestra propia indiferencia- que otros, sin capacidad ni escrúpulo, tomen decisiones que afectan de raíz sus vidas durante décadas… y callamos. 

Es esa pasividad la que deja el futuro en manos de la mediocridad. Nos doblamos ante la impericia y nos hacemos pequeños antes de que el gigante que habita en nosotros grite.

Ellos nos miran… y nosotros apartamos la vista.

No sin antes reconocer algo incómodo: anhelamos la honestidad transparente de los niños mientras perfeccionamos el arte del disfraz. Lo reconozco. Me doblo ante su mirada pura, ante su caricia sincera. Y tiemblo cuando recuerdo esa corrección equivocada, esa emoción desbordada que no supe parar a tiempo… y que ellos, sin más, perdonan.

A pesar de todo, ellos insisten: se ríen por cosas simples, inventan mundos con una caja vacía, sus mejillas chorrean de sudor y lodo, y las tripas les gruñen mientras muerden un bolillo como si fuera el mejor bizcocho.

Nos miran con la esperanza de quien cree que todavía somos capaces de hacerlo mejor. Quizá por eso ya no quieren ese mundo perfecto del “pórtate bien” o del “siéntate y calla”, mientras nosotros hacemos exactamente lo contrario.

Y entonces vuelve la pregunta incómoda: ¿Qué mundo les estamos dejando?

Ante la cercanía de su festejo, valdría la pena quitarnos las máscaras y empeñarnos en hacerlos felices de verdad; no solo un día, sino todos los que les quedan de infancia.

Porque —y eso lo estoy aprendiendo— a ellos no les importa si una va cojeando o corrigiendo de más. Aman mi sopa de pasta. Buscan mi compañía, me quieren por quien soy.

Y entonces entiendo: No basta con regalar dulces. Importa cómo caminamos juntos y las huellas que vamos dejando.

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