
Desde 2008, cada 26 de abril se conmemora en varias partes del mundo el Día de la Visibilidad Lésbica. Esta fecha surgió en España impulsada por la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB), con el objetivo de nombrar una realidad que durante mucho tiempo ha sido negada: la doble discriminación que enfrentamos las lesbianas, tanto por ser mujeres como por nuestra orientación sexo-afectiva.
En este escenario, el espejismo de la igualdad opera de manera silenciosa pero profundamente eficaz. Por un lado, instala la idea de que las mujeres ya hemos alcanzado las mismas oportunidades que los hombres, borrando las desigualdades estructurales que siguen organizando nuestras vidas. Por otro, dentro de la propia diversidad sexual, se reproduce la narrativa de que las lesbianas somos quienes menos violencia enfrentamos, como si nuestra experiencia estuviera al margen de exclusiones, correcciones o violencias específicas.
Recuerdo las veces en que he nombrado a mi esposa y alguien respondió desde la incomodidad. No fue un malentendido, fue una forma de ordenar el mundo. Esto no es un caso aislado. Es la forma en que se regula lo que cuenta como relación, como familia, como vida legítima. Por eso, hablar de visibilidad no puede reducirse a un acto simbólico. La erradicación de la discriminación y la violencia que atraviesan nuestras vidas es una condición indispensable para que podamos acceder plenamente a nuestros derechos y, sobre todo, para decidir sobre cómo queremos vivir. No se trata solo de ser reconocidas, sino de poder existir sin miedo, sin precariedad y sin silenciamientos.
Hoy en día, nuestros vínculos siguen siendo negados, y nuestra existencia es constantemente deslegitimada o borrada en espacios familiares, educativos y laborales, e incluso dentro de los propios movimientos sociales en los que participamos. Las lesbianas existimos y resistimos en todos los espacios, aun cuando estos no estén diseñados para nosotras.
Muchas lesbianas coincidimos en que la visibilidad no solo es una fecha: es una práctica cotidiana de resistencia. Es nombrarnos, es sostener nuestros vínculos, es construir formas de vida que, aunque históricamente negadas, siguen abriéndose paso. Somos historia, presente y posibilidad. Y en cada gesto de existencia, también estamos imaginando otros mundos posibles. Pero ese mundo no se construye en solitario. No basta con mirarnos. La invitación es a cuestionar qué ideas, silencios e incomodidades siguen sosteniendo la exclusión en lo cotidiano. Porque la igualdad no se mide en discursos, sino en lo que cada quien está dispuesto a transformar para que nuestras vidas dejen de ser puestas en duda.