Ya lo habíamos avisado muy al principio del enésimo artificio del ´showman´ Trump intentando representar el papel de emperador universal, cuando advertimos de que, desde su desquiciado planteamiento, ya estaba perdiendo la guerra ilegal contra Irán. Contra Irán y contra el mundo, por cierto.
De la mano de un genocida buscado por la justicia internacional, metió a los Estados unidos en una guerra innecesaria, además de ilegal y hasta delictiva, porque se hizo en contra del más elemental derecho internacional, y con tal grado de brutalidad indiscriminada, que ha dañado y masacrado -y lo seguirá haciendo en cuanto se le ocurra acabar con la tregua presente- a población civil: con el significativo símbolo inicial del asesinato de 168 niñas en una escuela.
El camino no ha podido ser más tortuoso y torpe. Y los efectos no han podido ser más desgraciados en todos los sentidos: no sólo por la masacre de ciudadanos desarmados, por la destrucción de edificaciones civiles y el ataque a infraestructuras de convivencia; sino por la sarta de amenazas y bravatas que ha ido lanzando contra todo el pueblo iraní, y contra toda una civilización milenaria a la que se jactaba de querer eliminar hasta los cimientos.
Una locura que ha terminado ocasionando unos efectos que han afectado al mundo entero, con la escasez y el encarecimiento de petróleo, gas, fertilizantes, y sus consecuencias sobre la vida cotidiana de la ciudadanía. Desastres de los que presumía a los cuatro vientos porque con ellos los magnates norteamericanos encima ganaban dinero. Los cuatro magnates mangantes, claro, porque el ciudadano estadounidense paga el carburante un 35% más caro como consecuencia de ese enriquecimiento de sus oligarcas petroleros.
Con la excepción de algunos regímenes latinoamericanos dependientes del trumpismo, y un escaso puñado de países satélites, las potencias internacionales han dejado a Trump solo en su síndrome hiperactivo: empujado a actuar compulsivamente cada día, a tomar decisiones entre descabelladas y contradictorias: como si sólo la mera actividad -siempre destructiva- justificara la razón de ser de su presidencia. Y ni siquiera le es aplicable la pregunta del caballo a la ardilla en la fábula de Iriarte: “tantas idas y venidas/ tantas vueltas y revueltas/ quiero amiga que me diga/ ¿son de alguna utilidad?”. Porque la ardilla al fin y al cabo es libre de saltar de árbol en árbol, y a Trump lo vemos más bien practicando la infructuosa y engañosa escalada permanente del hámster prisionero en su rueda, sin dejar de moverse para no avanzar ni un centímetro.
Una rueda/jaula que ha creado por sí mismo, y en la que la inmensa mayoría del mundo -por más llamamientos que realice pidiendo ayuda para su desaguisado- le condena a estar encerrado, porque (¡por fin!) comienzan los países a darse cuenta de que Trump no lidera, sino que arruina y daña al mundo entero, en su afán de mostrar poder y hegemonía basados en la violencia y en el afán agresivo de usurpar territorios y recursos.
Cálculos de diversas fuentes fiables sitúan los gastos directos para Estados Unidos de esta guerra hasta ahora en más de 100.000 millones de dólares; a los que el fanático secretario de guerra añade la solicitud de otros 200.000 millones. A lo que hay que añadir el coste de la destrucción sufrida por Irán y Líbano, y de las infraestructuras de los seis países árabes de la zona aliados USA, que ya están pidiendo ayudas a la Casa Blanca para hacer frente a sus pérdidas, tanto por las demoliciones sufridas, como por la paralización de su producción energética y de su industria de turismo y negocios.
El FMI, Naciones Unidas, y diversas instituciones financieras internacionales, alertan de que, además de la inmensa tragedia humana de las víctimas mortales y heridos de la guerra, el mundo entero está amenazado por una posible recesión. Por lo que Trump se ha convertido en un peligro extremo y en el enemigo número uno de los ciudadanos del mundo, incluidos los estadounidenses.
Ya no basta con una mera denuncia de esta guerra absurda e ilegal, ni con abstenerse de participar en ella. Es preciso que cunda el ejemplo de los más de 20 gobiernos de la cumbre progresista de Barcelona, y que se celebre una cumbre, a poder ser promovida por Naciones Unidas, para adoptar una enérgica exigencia de que cese la guerra y se instaure la paz.
Si los Estados Unidos no necesitan rey, el mundo entero no necesita emperador. Ni a ese puñado de tiranos, en palabras de León XIV, que se empeñan en destruir al mundo. No es de recibo que un par de sujetos, con todas las trazas de verdaderos perturbados -como Trump y Netanyahu-, además de violentos agresores, a los que se les puede añadir a Putin, nos tengan arbitraria e impunemente en jaque, y estén poniendo en peligro el presente y el futuro de la Humanidad.
El Gobierno español está haciendo su parte desde el primer momento. Pero no es de recibo que partidos que se llaman democráticos no estén apoyando decididamente al Gobierno en esa acción. Feijóo -a pesar del gran fracaso de la nefasta decisión de Aznar con Irak- ni ha aprendido la lección de la Historia, ni se atreve (por un rígido sectarismo electoralista equivocado) a adoptar una posición de generosidad con España y con el mundo. Como no es de recibo que la Unión Europea no se defina enérgicamente, ni tome medidas activas contra la guerra, ni que los países de la Unión -que son mayoría en la Alianza- no promuevan una asamblea extraordinaria urgente de la OTAN, para condenar mayoritariamente esa guerra, y para conminar al único de los socios que la promueve a que abandone inmediatamente sus ilegítimas pretensiones.
Y que no se equivoquen los electores andaluces y españoles: esa guerra que muy mayoritariamente no queremos, además de los desgarros éticos y de sus consecuencias criminales, nos concierne en el día a día: directamente a nuestros bolsillos cuando vamos a la compra, viajamos o repostamos nuestros vehículos. Y no oponerse a ella también con nuestros votos, significa que estaremos apoyando a aquellos que quieren meternos en la rueda del hámster Trump, que es tan poco atractiva y beneficiosa que no nos sirve ni para entretenernos.
Y, como ya hemos visto de todo -en cuanto a hechos e intenciones retorcidas en diversos tipos de actuaciones, sucesos, y añagazas del inquilino de la Casa Blanca-, sin omitir una rotunda condena de cualquier atentado y acción violenta, me atrevo a dejar en el aire, para futuros análisis y consideraciones, una pregunta: en el peor momento de la popularidad de Trump ¿podría necesitar que en el vestíbulo del hotel, y en una planta más arriba de donde estaba, se produjera un suceso, ante la prensa internacional, con una pistola y una escopeta de caza? @mundiario