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El Economista 26 Apr, 2026 17:55

La familia Mexicana como as de la prosperidad del país

Existen familias disfuncionales y las que lo negamos”.

Ahí empieza todo. No en la estadística, no en la ideología, no en el discurso público, no en la promesa de campaña, no en la empresa, no en la escuela, no en el mercado.

Empieza en ese lugar íntimo, cotidiano y muchas veces negado, donde aprendemos a amar o a defendernos, a dialogar o a gritar, a cuidar o a usar-abusar, a obedecer sin pensar o a tomar conciencia de nuestra propia vida.

La familia mexicana ha sido, durante siglos, el espíritu de nuestra cultura. Ha transcendido en la mesa, en la abuela que cuida, en el padre que provee, en la madre que sostiene, en la hija que calla, en el hijo que carga expectativas, en la fiesta, en el duelo, en la empresa familiar, en la migración, en la vecindad, en el rancho, en el barrio, en la ciudad que crece sin pedir permiso. La familia es México y se está desmoronando.

El espíritu o el alma es esencia y símbolo en México. Celebramos la muerte con sutil devoción y a cada uno de sus espíritus familiares en vida, y esa espiritualidad también guarda memoria. En México disfrutamos nuestra espiritualidad cultural en canciones, altares, refranes, promesas, juramentos, poemas, despedidas y negocios familiares que empezaron con un sueño y terminaron sosteniendo a decenas o cientos de hogares.

Pero todo espíritu se debilita si no se cuida, si se abandona o se violenta. Y quizá uno de los análisis fenomenológicos más difíciles de aceptar es éste. La familia mexicana no está desapareciendo, pero está perdiendo capacidad de cuidado, transmisión ética y cultural, de ser contención emocional y formación de responsabilidad cívica comunitaria. No se trata de juzgar a las personas. Se trata de visibilizar una falla sistémica y sus consecuencias. Se trata de reconocer que nuestro liderazgo individual y colectivo, político, empresarial, educativo, comunitario y familiar no ha dado los resultados que México necesita. Estamos produciendo más ansiedad que paz, más consumo que sentido, más resentimiento que reciprocidad, más explotación que prosperidad compartida, más pantallas y búsqueda ansiosa de algoritmos que conversación o sobremesas de antaño, más dogmas que pensamiento crítico, más familias juntas en la foto que vinculadas en la conciencia.

La pregunta es incómoda y necesaria: ¿En dónde nos perdimos? Porque México ha cambiado.

La tasa global de fecundidad pasó de 2.21 hijas e hijos por mujer en 2014 a 1.60 en 2023, de acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) del INEGI. No es solo un dato demográfico. Es una señal cultural de transformación profunda en la forma de decidir, posponer o evitar la maternidad y la paternidad. La familia ya no se puede dar por sentada. Hay que decidirla, educarla, cuidarla y sostenerla con conciencia.

Hoy esta transformación no es solo perceptiva, es medible. La ENIGH 2024 reporta 38.8 millones de hogares en México con un tamaño promedio de 3.4 personas, una tendencia sostenida a núcleos más pequeños, con menos niñas y niños y más personas adultas mayores. Al mismo tiempo, solo 6 de cada 10 adolescentes viven con ambos padres en la misma vivienda. No es un juicio moral. Es un dato estructural.

Familias más pequeñas y fragmentadas implican menos espacio cotidiano para transmitir valores, ejemplo y liderazgo humano.

Al mismo tiempo, la violencia contra las mujeres revela una fractura moral que no podemos normalizar. La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021 del INEGI muestra que cerca de 7 de cada 10 mujeres de 15 años y más han vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Esta cifra no solamente es un indicador de género. Es una radiografía de cómo el hogar, la escuela, el trabajo, la comunidad y la pareja pueden convertirse en espacios de daño cuando la cultura no educa para la dignidad.

Los diferentes tipos de pobreza

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) recuerda que la pobreza en México es multidimensional. No se mide únicamente por ingreso, sino por carencias en educación, salud, seguridad social, vivienda, servicios básicos y alimentación. En 2022, la medición oficial se construyó con base en la ENIGH del INEGI y buscó mostrar las barreras reales para ejercer derechos sociales. Esto importa porque una familia sin salud, sin escuela digna, sin seguridad social o sin ingreso suficiente no solo administra escasez. Administra angustia.

Y aun así, la pobreza material no alcanza para explicar la profundidad del deterioro. Existe otra pobreza más silenciosa. Una pobreza simbólica sistémica. Pobreza afectiva, cuando no sabemos abrazar sin controlar. Pobreza educativa, cuando confundimos escolaridad con criterio. Pobreza ética, cuando normalizamos la trampa, el consumo, la alienación y la nueva explotación. Pobreza espiritual, cuando vivimos sin sentido, inmersos en satisfacer los deseos de la sociedad en lugar de nuestra autonomía saludable y conciente de la gratitud por vivir y su retorno social. Pobreza cultural, cuando perdemos memoria, lenguaje y pertenencia. Pobreza laboral, cuando trabajamos mucho y vivimos poco, cuando estamos en deuda de tiempo por ser el país que más trabaja en el mundo (OCDE, 2024). Pobreza filosófica, cuando dejamos de preguntarnos para qué vivimos y que le vamos a regresar a la humanidad y a la naturaleza que nos estamos acabando.

Desde mi investigación doctoral sobre Consejería Sistémica Humanista para familias empresarias, pude constatar, sin generalizar, que muchas rupturas familiares no nacen de una sola causa. Nacen de la falta de fundamentos amorosos para consolidar un buen autoconcepto, de la incapacidad de sostener diálogos abiertos, cálidos y responsables, y de la incongruencia individual y colectiva que termina por organizar sistemas disfuncionales. La familia, como la empresa familiar, no se rompe de un día a otro. Se desgasta cuando deja de hablar con verdad, cuando deja de cuidar con justicia, cuando deja de educar con amor y responsabilidad.

Sin tradición, espíritu y capital cultural familiar, la mexicanidad no será digna.

La familia mexicana ha sido una fuerza civilizatoria. No perfecta, no idealizada, no pura. Ha sido también espacio de machismo, silencio, violencia, autoritarismo, sacrificios injustos y desigualdad. Pero también ha sido refugio, capital cultural, escuela moral, sostén económico, memoria viva y comunidad. En la literatura mexicana, la familia aparece como dolor, ternura, linaje, abandono, mandato y búsqueda. En Juan Rulfo se escucha la ausencia. En Elena Poniatowska, cronista de la dignidad cotidiana, se observa la vida de quienes sostienen al país sin aparecer en los discursos. En la cultura popular, la familia es canción, comida, funeral, bautizo, trabajo, remesa, deuda, fiesta y herida. Ahí, en la familia, ha sucedido todo el Humanismo Mexicano y parece que ya no nos acordamos de ello.

Por eso, cuidar, desarrollar y potenciar la institución familiar como base de la prosperidad del país es una responsabilidad política. No de papá gobierno o de la madre patria únicamente. Es responsabilidad de cada persona que decidió ser padre o madre, de cada hija e hijo en corresponsabilidad comunitaria y nacional, de cada docente que acompaña, de cada empresa que emplea, de cada autoridad que diseña política pública, de cada medio que educa o deseduca, de cada ciudadanía que decide participar o esconderse.

La primera pregunta estratégica aparece aquí. ¿Cómo puede una persona liderarse a sí misma con humanismo si no aprendió a reconocer su dignidad en la familia? La respuesta no está en la culpa, sino en la educación de la conciencia. Murray Bowen, psiquiatra de los sistemas familiares, habló de la diferenciación del YO (“ self” ) como la capacidad de ser uno mismo sin romper el vínculo. México necesita esa madurez.

Personas capaces de amar sin someterse, disentir sin destruir, pertenecer sin perder autonomía y equilibrar el individualismo con la sociabilidad coconstructiva de bien común.

La familia funcional no es la que no tiene conflicto.

Es la que puede hablarlo sin convertirlo en violencia. Salvador Minuchin, terapeuta familiar estructural, mostró que los sistemas familiares necesitan límites claros, roles sanos y estructuras que permitan desarrollo. En México solemos confundir unidad con obediencia, cariño con control, sacrificio con virtud, autoridad con imposición. Ahí empieza una parte del problema y lo digo con conciencia reflexiva…

Herencia no es destino ni candado. Amor no es apego ni obligación. Paternidad, Maternidad o liderar familia no es imposición. Es soltar, trascender, enseñar, guiar… es servir, es humildad. Es libertad y prosperidad regenerativa. La familia funcional también empieza en la forma de trabajar. La economía mexicana descansa sobre millones de familias que viven al día. En mayo de 2024, la informalidad laboral alcanzó 54.4% de la población ocupada, de acuerdo con la  Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI. Esto significa que más de la mitad de las personas trabajadoras vive con algún grado de desprotección laboral, social y sin acceso a servicios de salud. Una familia sin seguridad laboral-social y salud difícilmente puede construir serenidad emocional.

Por eso, hablar de familia no es un tema blando. Es hablar de productividad, salud pública, educación, empleo, seguridad, consumo, cohesión social, ahorro, informalidad, movilidad social y desarrollo nacional.

Una familia rota cuesta.

Esa ruptura ya tiene expresión concreta en la estabilidad conyugal. En 2024 se registraron 161,932 divorcios en México, lo que representa 33.3 divorcios por cada 100 matrimonios, según INEGI. La separación ya no es un fenómeno marginal ni exclusivo de etapas tempranas. Está alcanzando relaciones de largo plazo y reconfigurando la estructura familiar de manera profunda. No se trata de idealizar la permanencia, sino de entender que cada ruptura sin conciencia y sin contención deja efectos intergeneracionales. Nos cuesta mucho…

Cuesta en ausentismo, enfermedad, adicciones, violencia, baja productividad, fracaso escolar, gasto de bolsillo, judicialización, inseguridad y pérdida de confianza. Los patrones familiares y culturales tóxicos nos lastiman, nos detienen y nos destruyen ¡Cambiémoslos ya! Lo que hemos aprendido no siempre es la mejor manera de vivir. Hay tradiciones funcionales y tradiciones disfuncionales. Hay herencias que dignifican y herencias que esclavizan, materiales o simbólicas. Hay frases familiares que educan y otras que encarcelan.

Así somos”.

Así nos tocó”.

Los hombres no lloran”.

La mujer aguanta”.

La familia se respeta aunque destruya”.

La sangre llama y se perdona por anticipado”.

El trabajo es primero”.

El dinero lo justifica todo”.

Más vale malo conocido”.

El que paga, manda”.

No se habla de eso”…

La familia es primero haga lo que te haga”.

Estas frases parecen pequeñas. No lo son. Son contratos culturales invisibles. Y cuando se vuelven dogma, producen cuerpos cansados, mentes ansiosas, hijas silenciadas, hijos violentados por la expectativa de fuerza, madres sobrecargadas, padres emocionalmente ausentes, jóvenes reclutados por la economía criminal, personas adultas incapaces de pedir ayuda y empresas que presumen valores mientras reproducen explotación.

Sin importar el tipo de familia que hayamos decidido integrar -unifamiliar, hegemónica, polifamiliar, diversas… cualquiera-, nada justifica la violencia intrafamiliar. La forma de vida y las influencias transculturales, mercadológicas, de ingenierías políticas-sociales, entre tantas, nos están afectando y merece un replanteamiento emergente. Recuperar a la familia como base de construcción funcional de un tejido social prospero.

La familia no está en crisis sólo por falta o abundancia de dinero.

Byung Chul Han, filósofo crítico del rendimiento, ha descrito una sociedad donde la productividad se vuelve religión y la persona termina autoexplotándose. En México ese fenómeno se mezcla con precariedad, desigualdad y culpa familiar. Trabajamos para sostener, consumimos para compensar, nos endeudamos para pertenecer, nos distraemos para no sentir y nos enfermamos para poder detenernos y… hemos abandonado el seno familiar para reflexionar, reaprender, filtrar la intensidad vertiginosa de la disfuncionalidad actual. Nuestro cerebro se ha convertido en repositorio de basura simbólica, igual que nuestro cuerpo cuando lo abandonamos al exceso, la prisa, la compulsión y el descuido; y si en nuestro cerebro nos abandonamos a nosotros/as mismos/as y a nuestra familia -la que hayas elegido construir- ¿dónde encontraremos armonía futura?

La segunda pregunta estratégica es inevitable. ¿Qué tipo de autocuidado y convivencia familiar necesitamos para no traspasar nuestro descuido a las nuevas generaciones?

La respuesta exige una ética de cuidado. Joan Tronto, filósofa de la ética del cuidado, plantea que cuidar no es sentimentalismo, sino práctica política. Cuidar implica atención, responsabilidad, competencia y respuesta. Una familia que cuida no sobreprotege. Educa. No controla. Acompaña. No niega el conflicto. Lo transforma y actúa con congruencia valoral y conciencia de impacto.

La parentalidad y la marentalidad no pueden seguir siendo decisiones tomadas por presión social, mandato religioso, accidente emocional o expectativa familiar. Ser madre o padre implica hacerse cargo de formar una persona, no solamente traerla al mundo. Implica educar la voluntad, el carácter, la empatía, el cuerpo, la mente, la afectividad, el discernimiento, la sexualidad, la responsabilidad económica y la pertenencia comunitaria.

1 de cada 3 hogares en México, sostenido por una mujer 

A esto se suma una presión estructural silenciosa. Hoy uno de cada tres hogares en México es encabezado por una mujer. Más de 11.5 millones de madres sostienen solas la economía, la crianza, la educación y el cuidado emocional. No es una debilidad. Es una muestra de resiliencia. Pero también es una alerta. Sin redes de apoyo, sin corresponsabilidad y sin políticas de cuidado, la sobrecarga se convierte en desgaste y el desgaste en riesgo para el tejido familiar. UNICEF México ha insistido en que la infancia y adolescencia enfrentan desafíos persistentes como pobreza, violencia, desigualdad, rezago educativo, movilidad humana y necesidad de sistemas de cuidado. Su Informe Anual 2024 coloca la protección infantil, la salud mental adolescente, la educación de calidad y el sistema nacional de cuidados como prioridades de país. Cuando una niña o un niño crece sin protección, México pierde futuro antes de que llegue a la vida adulta.

La salud mental confirma esta fractura. Datos recientes de ENSANUT y UNICEF muestran que más del 70% de jóvenes se sienten abrumados y más de la mitad ha necesitado apoyo psicológico. La sintomatología depresiva alcanza niveles significativos en población adulta, con mayor impacto en mujeres. Esto no surge en el vacío. La evidencia es clara. La dinámica familiar disfuncional es uno de los factores de riesgo más consistentes en depresión, ansiedad e ideación suicida. La salud de México también se está jugando en casa.

Educación, la verdadera reforma social

La tercera pregunta estratégica es cultural. ¿Estamos educando principios y valores o solamente entrenando personas para sobrevivir y competir? La respuesta nos obliga a reconocer que la educación es la verdadera reforma social. Educar no requiere dogmas impositivos que nos idioticen. Requiere disposición, amor, pensamiento crítico y compromiso con el desarrollo humano y el bien común… eliminar la estupidez sistémica, estructural y, lo más importante, la individual. Luis Villoro, filósofo y literato mexicano del pensamiento crítico, nos recordó la necesidad de revisar las creencias que sostienen nuestras formas de poder. Educar es aprender a preguntar. Y preguntares comenzar a liberarse y liberarse es adoptar una postura política con capital cultural que beneficie al sistema y lo haga florecer.

La escuela sola no puede. La familia sola no puede. La empresa sola no puede. El gobierno solo no puede. Pero juntos, primer sector, segundo sector y tercer sector, sí pueden diseñar una arquitectura educativa para la vida. Una que forme personas con autoconcepto sano, autonomía, responsabilidad, conciencia corporal, pensamiento crítico, salud emocional, ética cívica y capacidad de convivir.

Violencia familiar no es intimidad privada, es fractura pública

Hay una idea peligrosa que debemos abandonar. La violencia familiar no pertenece únicamente al ámbito privado. Cada golpe, cada humillación, cada abuso, cada silencio cómplice, cada abandono emocional, cada miedo instalado en la infancia se convierte después en problema social, escolar, laboral, sanitario, económico o delictivo. La violencia íntima termina caminando por la calle.

El machismo tampoco es solamente un asunto de mujeres. Es una maquinaria cultural que daña a todas las personas. A las mujeres las violenta, las excluye, las sobrecarga y las mata. A los hombres les mutila la sensibilidad, les impone fortaleza performativa, les dificulta pedir ayuda, los empuja a la agresión, al consumo, al aislamiento y al suicidio. A niñas, niños y adolescentes les enseña que el amor puede confundirse con control y normalización del desamor. A las familias les roba conversación. A las empresas les reproduce jerarquías tóxicas. Al país le destruye confianza.

La cuarta pregunta estratégica debe ser directa. ¿Qué país puede prosperar si normaliza la violencia intrafamiliar como destino cultural? Ninguno. La resolución exige educación emocional, justicia efectiva, acompañamiento psicosocial, redes comunitarias, corresponsabilidad masculina, protección de mujeres, niñas, niños y adolescentes, y una nueva pedagogía del vínculo.

Albert Camus, escritor de la lucidez rebelde, nos enseñó que la rebeldía ética no destruye, sino que dice basta frente a lo inhumano. México necesita esa rebeldía familiar. Basta de romantizar el sufrimiento. Basta de usar la tradición para justificar el abuso. Basta de llamar carácter a la violencia. Basta de creer que proveer dinero compensa la ausencia emocional. Basta de creer que amar es poseer.

También debemos decir basta a la alienación digital. No porque la tecnología sea enemiga, sino porque su uso inconsciente está ocupando el lugar de la conversación, del juego, del silencio, del aburrimiento creador, de la lectura, del pensamiento y del encuentro.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido la relación entre salud mental, entornos digitales y necesidad de prevenir daños psicosociales. Cuando la familia se reúne en una mesa y cada quien habita una pantalla, no estamos juntos. Estamos físicamente próximos y existencialmente ausentes.

La empresa familiar como panal de familias

En México, la empresa familiar tiene una responsabilidad enorme. No solo genera empleo. Genera cultura. Cada empresa es una comunidad. Cada nómina sostiene familias. Cada decisión directiva afecta tiempo, salud, alimentación, estrés, esperanza, seguridad, educación, movilidad y autoestima. Renato Tagiuri y John Davis, creadores del modelo de los tres círculos, explicaron que la empresa familiar vive en la intersección entre familia, propiedad y empresa. En mi tesis doctoral propongo ampliar esa mirada colocando a la persona en el centro, porque no hay continuidad económica digna sin desarrollo humano.

Mi padre me enseñó una frase que he convertido en criterio de vida: “El bien de las mayorías antes del de cualquier minoría”. No como consigna demagógica, sino como brújula ética. Una familia empresaria no debería acumular privilegio sin preguntarse para qué lo recibió, a quién beneficia, qué comunidad sostiene y qué daño debe evitar.

La empresa familiar mexicana puede ser un panal de familias. Una simbiosis donde la conciencia de propiedad responsable, el liderazgo humanista y el trabajo digno cocreen bienestar. Si una familia empresaria genera calidad de vida para las familias beneficiadas por su actividad económica y social, esas familias responderán con reciprocidad trabajadora, compromiso, creatividad y pertenencia. La comunidad entonces resuelve, alivia y prospera. Ese es el ciclo virtuoso de la regeneración del tejido social.

Pero debemos hablar con honestidad. No siempre ha ocurrido así. Hay resentimiento, polarización, abuso, extracción, simulación, explotación y una peligrosa venganza social convertida en crimen organizado. La UNODC ha advertido que el crimen organizado debilita gobernanza, Estado de derecho y seguridad comunitaria. Cuando la economía formal no ofrece futuro, la economía criminal recluta sentido, ingreso, pertenencia y poder.

La quinta pregunta estratégica mira al desarrollo comunitario. ¿Qué oportunidades de ocupación, empleo digno e igualdad laboral estamos creando para que la familia no sea capturada por la desesperanza? La respuesta exige otra forma de empresa. No una empresa culpable de todo, sino corresponsable de mucho. Una empresa como plataforma de educación continua, bienestar, salud, cultura, liderazgo y prosperidad regenerativa.

Raj Sisodia, promotor del capitalismo consciente, ha defendido que las empresas pueden servir a todas sus partes interesadas. Riane Eisler, pensadora de la cultura de asociación, plantea que las sociedades sanas sustituyen dominación por colaboración.

Amartya Sen, economista de las capacidades, nos ayuda a entender que el desarrollo no es solo ingreso, sino libertad real para vivir una vida valiosa. México necesita traducir esas ideas a la pyme, al taller, al comercio, a la empresa familiar, al campo, a la fábrica, al hospital, al restaurante, a la oficina, al emprendimiento que nace en casa.

Cada líder empresarial tiene a su cargo una comunidad que clama por formación y educación continua. No basta pagar sueldos. Hay que formar cultura. No basta cumplir la ley. Hay que dignificar el trabajo. No basta donar. Hay que transformar. No basta decir que la familia es importante. Hay que diseñar jornadas, políticas, liderazgos y prácticas que permitan a las familias vivir mejor.

El amor de la familia mexicana, como ha sido en todos los tiempos, será la esperanza de México. No hablo de un amor ingenuo. Hablo de amor como práctica política, como disciplina interior, como responsabilidad adulta, como voluntad de cuidado. Marco Aurelio, estoico de la disciplina interior, entendía que gobernarse a sí mismo es condición para actuar con rectitud. Aristóteles, filósofo del florecimiento humano, pensaba la vida buena como una vida con virtud en comunidad. Carl Rogers, psicólogo de la autenticidad, mostró que las personas crecen cuando encuentran aceptación, congruencia y empatía. Estos autores, tan distintos, convergen en una verdad sencilla.

Nadie florece solo. México tampoco.

Invertir en la reconstrucción del tejido familiar podría modificar el rumbo del país y de la humanidad si dejamos de entender la familia como nostalgia y la comenzamos a comprender como infraestructura social. La familia es infraestructura emocional.

Infraestructura educativa. Infraestructura ética. Infraestructura económica. Infraestructura espiritual. Cuando esa infraestructura se deteriora, el país se vuelve inhabitable desde dentro. Por eso, Liderazgo, Salud y Sociedad no debe ser solo un programa de radio. Debe ser una pedagogía pública. Un espacio para traducir lo complejo a lo cotidiano, para hablarle a quien dirige una empresa y a quien trabaja en la informalidad, a quien toma decisiones públicas y a quien sostiene una casa, a quien tiene privilegio y a quien apenas alcanza, a quien se siente perdido y a quien todavía conserva esperanza.

Desde mi lugar como desarrollista humano, empresario, docente, consejero sistémico, diseñador gráfico, líder humanista, columnista y presidente de consejos familiares, afirmo que hablar de liderazgo humanista, autocuidado, reconstrucción del tejido social, responsabilidad empresarial y salud pública no es moralismo. Es una postura ética, contemporánea, espiritual y política. Es reconocer que todo empieza por una misma o uno mismo, pero no termina ahí. El desarrollo humano verdadero se prueba en la relación con las demás personas. Necesitamos una reconversión crítica, responsable y auténtica que vincule políticas públicas con derechos humanos, reconocimiento comunitario del daño, capitalismo consciente y esperanza de futuro. Necesitamos participación ciudadana que no se conforme con opinar, sino que delibere, cuide, organice e incida. Necesitamos docentes sostenidos, madres y padres formados, empresas conscientes, organizaciones civiles con musculatura, gobiernos que escuchen, comunidades que dialoguen y medios que eleven la conversación pública.

La familia mexicana como base de la prosperidad del país. ¿Será?

Será, si dejamos de negarnos. Será, si aceptamos que no hay prosperidad regenerativa sin vínculos sanos. Será, si educamos para la conciencia y no solo para el rendimiento. Será, si el empresariado entiende que su comunidad trabajadora no es recurso humano, sino humanidad con historia, cuerpo, familia y esperanza. Será, si las madres y los padres dejan de repetir patrones que los hirieron. Será, si hijas e hijos aprendemos a honrar sin obedecer ciegamente y a diferenciarnos sin destruir el vínculo. Será, si entendemos que la mexicanidad no se salva con nostalgia, sino con responsabilidad. Será, si hacemos de la familia una escuela de dignidad y no una fábrica de heridas.

México necesita recuperar su espíritu, recuperar la familiaridad existencial. No el romanticismo familiar que idealiza, sino al apapacho, ese abrazo del alma en Náhuatl que dignifica cada vida, decisión, cuidado, justicia, economía, salud, educación y amor responsable. Porque una familia que dialoga puede sanar. Una empresa que educa puede transformar. Una comunidad que cuida puede prosperar. Un país que se reeduca puede volver a confiar.

Si no reconstruimos el tejido familiar, el futuro no será digno. Si lo hacemos con conciencia, disposición, responsabilidad y dignidad, México todavía puede latir distinto. Una humanidad sin reeducación familiar no será digna, no será funcional ni próspera.

Te invito a hacer dos cosas concretas. Una: replantea tu dinámica familiar a algo más armónico, inspiracional, funcional para que en comunidad podamos construir un mejor tejido social, un mejor país y una linda humanidad.

La otra: te invito a sintonizar el nuevo espacio radiofónico “Liderazgo, Salud y Sociedad.

Pensar y decidir mejor para vivir mejor” que se transmite cada martes y jueves. Este tema, por su importancia tendrá dos episodios simultáneos en vivo; la próxima semana el martes 28 y jueves 30 de abril, de 15:00 a 16:00 horas, tiempo del centro de México, en la estación 1470 AM de Radio Fórmula o en la app de Radio Fórmula. Lo conduciremos Rafael Balderas Ledezma y Maribel Ramírez Coronel en conjunto conmigo, Jaime Cervantes Covarrubias. Anhelamos que nuestras reflexiones sean un aliento que apoye a nuestros radioescuchas a florecer en su vida.

* El autor es doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México; Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de Empresa, España. Licenciado en Comunicación Gráfica.

jaime.cervantes@desarrollistahumano.com

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