
Estudios en psicología de la comunicación señalan que tendemos a percibir las voces más graves como más competentes y confiables. No porque lo sean, sino porque así hemos aprendido a asociarlas con liderazgo.
Durante décadas, la voz de la mujer en la radio fue asociada a secciones amables como el clima o espectáculos, la presentación de canciones o interpretando personajes en radioteatros y radionovelas, sin embargo, la voz femenina ha ido tomando fuerza y ha pasado a ser decisiva.
Si nos situamos en el panorama nacional, destacamos el papel de Mara Luisa Ross, una de las primeras mujeres en la radio en México y la primera en ocupar un cargo directivo en 1925, sentando bases para lo que sería Radio Educación, o el de Carmen Madrigal, una de las primeras locutoras y periodistas radial en la década de 1930. Por otro lado, Emma Telmo, fue la primera mujer en ser incorporada a La Hora Nacional en 1942.
Mientras en la capital del país la presencia femenina figuraba en posiciones importantes de la comunicación, en Saltillo, la capital de Coahuila, pasaron casi 40 años desde la llegada de la radio a la ciudad para que una voz femenina se escuchara en las ondas hertzianas. Fue en los años 70´s cuando Leticia Ruiz se incorpora a la XEKS como primera discotecaria y programadora, conductora de “Los que hicieron época”, y años después fue Patricia Gutiérrez Manzur, la primera locutora con un horario de cabina.
La presencia de la mujer en la radio ha transitado a convertirse en un factor real de transformación dentro del ecosistema mediático, este tránsito no se limita a la presencia.
No obstante, esta evolución ha tenido que enfrentarse a construcciones culturales como la asociación entre voces graves y autoridad, documentada en estudios de psicología de la comunicación que evidencian cómo el tono, más que el género, influye en la percepción de credibilidad, revelando que estos juicios responden a aprendizajes sociales más que a capacidades reales. En este sentido, la radio no solo funciona como medio de difusión, sino como un espacio de legitimidad, por ello, la incorporación sostenida de voces femeninas en espacios de análisis redefine no sólo quién habla, sino qué realidades se validan.
Cuando la mujer participa activamente, cambia la conversación pública, no es que las mujeres “analicen distinto” por biología, es que históricamente han observado desde márgenes distintos. Cuando una mujer conduce un espacio informativo, amplía enfoques sociales, integra variables emocionales sin perder rigor, pone sobre la mesa temas invisibilizados.
Cuando más mujeres comenzaron a conducir espacios informativos se integraron enfoques sociales más amplios, se abordaron temas antes considerados “secundarios” sin abandonar el rigor, no se trata de suavizar el análisis sino de expandirlo.
La mujer ha abierto el micrófono a conversaciones sobre violencia, desigualdad, derechos.
No basta con que un medio se precie de tener en sus filas una cuota de voces femeninas, la legitimidad real se decide con su participación en las juntas editoriales, dirección de noticias, programación, producción ejecutiva, porque si las mujeres no participan en la decisión de la agenda, el cambio es parcial, no se trata solo de sonar, se trata de decidir qué suena.
Es un hecho que los obstáculos siguen ahí. Permanecen la brecha salarial, los juicios sobre apariencia y edad, las expectativas sobre “cómo debe sonar” una mujer, el encasillamiento de los formatos.
Las nuevas generaciones de comunicólogas y comunicadoras heredan una industria en transición, crean espacios con podcasts independientes, participación en plataformas digitales, radios comunitarias y proyectos universitarios.
La presencia de la mujer en la radio es una transformación en curso.
La voz no es solo sonido, sino poder simbólico, y el verdadero cambio no radica únicamente en ocupar espacios, sino en resignificarlos desde una práctica profesional crítica, consciente y comprometida con la construcción de una comunicación más amplia, representativa y responsable.