Todavía falta mucho camino para resolver el conflicto en la UAEM. La madrugada del domingo no cerró la crisis, pero sí abrió una rendija de luz en un túnel que parecía interminable. Fue un paso más —certero, fundamental— para crear mejores condiciones para las y los estudiantes. No es el acuerdo que todos esperaban, pero sí el que la mayoría considera el mejor acuerdo posible en este momento.
Ayer hablamos con varias de las personas voceras del movimiento. La mayoría estaba contenta, aunque no necesariamente satisfecha. Contentas porque se avanzó; insatisfechas porque esperaban más. Algunas incluso nos confesaron un sabor amargo, casi a derrota. Creían que el movimiento tenía fuerza suficiente para arrancar concesiones mayores.
No es extraño. En los movimientos horizontales y democráticos, la diversidad de pensamiento no es un problema: es la regla. Cada paso, cada debate, cada acción está atravesada por esa pluralidad que impide la homogeneidad. Es, de hecho, una de las características más importantes de los movimientos sociales antes de su institucionalización.
Pero también es una herencia de la izquierda mexicana: la lucha por el “todo o nada”. Y la realidad es que en política —y en la vida— casi nunca existe el “todo”. Tampoco el “nada”. Lo que existe es una escala de grises entre el blanco y el negro.
Mirar lo ocurrido desde esa escala ayuda a matar el veneno de la amargura que provoca la distancia entre lo deseable y lo posible. Porque sí: este es el mejor acuerdo posible por ahora. Pero eso no significa que el movimiento haya terminado. Al contrario: significa que entra en una nueva etapa, quizá más compleja, quizá más decisiva.
Del lado de las autoridades también hubo caras alegres. Cansadas, pero alegres. Hablamos con algunos actores institucionales y la lectura fue similar: satisfacción moderada, conciencia plena de que esto no se ha terminado. Saben que apenas es un primer paso y que lo que viene no será sencillo.
Hoy inicia el recorrido de diagnóstico por las unidades académicas. El jueves comenzarán los encuentros entre estudiantes y profesorado a través de internet. Y desde hoy se abre una pregunta que no es menor: ¿cómo reiniciar el diálogo entre estudiantes y docentes? ¿Con qué palabras? ¿En qué tono? ¿Desde qué heridas y desde qué expectativas?
Lo que viene no será fácil ni para el estudiantado ni para el profesorado. Ambos sectores están entrando a un territorio desconocido, donde nadie sabe bien qué va a encontrar. Pero al menos hay una ruta. Y esa ruta comenzó en medio de la oscuridad de la madrugada, cuando se firmaron los primeros acuerdos del domingo.
En la medida de lo posible, seguiré relatando lo que ocurra en las próximas horas y días. Porque esta crisis no ha terminado. Pero por primera vez en semanas, hay una luz —pequeña, tenue, pero real— al final del túnel.
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