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Mundiario 29 Oct, 2026 04:04 (10 min de lectura)
Riesgo / Alerta

Accidente ferroviario de Urda: las responsabilidades no terminan en el centro de control

Por Judith Muñoz En Mundo España, Castilla-La Mancha
Accidente ferroviario de Urda: las responsabilidades no terminan en el centro de control
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• La CIAF recomendó en 2024 medidas técnicas para mitigar fallos humanos.
• El accidente de Urda (69 muertos) valida la advertencia sobre comprobación visual insuficiente.

La tragedia ferroviaria de Urda exige respuestas. No declaraciones solemnes, no una sucesión de comparecencias para repetir que se llegará hasta el final, ni una carrera política por controlar el relato de la catástrofe. Lo que hace falta ahora es algo mucho más concreto: reconstruir documentalmente las órdenes, las comunicaciones y las decisiones adoptadas durante los minutos previos a la colisión. Y, a partir de ahí, determinar quién hizo qué, con qué información contaba y por qué se permitió que la circulación continuara en aquellas condiciones.

Los audios conocidos hasta ahora sitúan en el centro de la investigación al centro de control de Adif en Atocha. Según las informaciones publicadas por RTVE, EFE y la Cadena Ser, el maquinista del AVE recibió a las 8.36 horas la instrucción de desconectar y volver a conectar el sistema de seguridad y reanudar la marcha normal. Mientras tanto, la maquinista del Iryo comunicó que su tren permanecía detenido y que tenía problemas para reiniciar el sistema. Las grabaciones conocidas plantean preguntas graves sobre la gestión de la incidencia y la coherencia de las instrucciones. RTVE y EFE han publicado detalles de esas conversaciones.

Es imprescindible conocer la secuencia completa, no solo fragmentos. ¿Qué indicaban exactamente los sistemas de señalización? ¿Qué información aparecía en las pantallas del centro de control? ¿Qué protocolo debía aplicarse tras la pérdida del sistema LZB? ¿Quién autorizó la reanudación de la marcha normal y con qué fundamento? ¿Se comprobó que el tramo estuviera libre? ¿Qué comunicaciones se produjeron después de que la maquinista del Iryo advirtiera que seguía detenida? ¿Qué margen existió para rectificar la orden?

La respuesta a estas preguntas debe apoyarse en las grabaciones íntegras, los registros de señalización, las cajas negras de ambos trenes, las comunicaciones internas y los protocolos vigentes. La documentación debe permitir reconstruir los hechos minuto a minuto y contrastar las versiones. Sin ese trabajo, cualquier explicación será provisional; sin transparencia suficiente, la confianza pública seguirá deteriorándose.

La responsabilidad inmediata: las decisiones operativas

A estas alturas, el centro de control de Adif aparece en el foco inmediato de las pesquisas. Eso no equivale a declarar culpable a una persona ni a dar por cerrada la investigación. Significa que hay decisiones operativas concretas que deben ser explicadas y contrastadas con los protocolos ferroviarios.

La primera obligación es esclarecer si se impartieron órdenes incompatibles con las condiciones de seguridad que imponía la avería. La segunda, averiguar por qué la información de que el Iryo seguía detenido no impidió que el AVE avanzara. Y la tercera, determinar si los sistemas de supervisión y los procedimientos de contingencia funcionaron como debían.

La Cadena Ser ha informado de que el Gobierno contempla el error humano entre las posibles causas. La investigación tendrá que precisar qué reglas eran aplicables en cada momento y si se incumplieron. No es una cuestión menor: la seguridad ferroviaria se construye precisamente para impedir que una incidencia técnica termine dependiendo de una cadena de decisiones humanas sin una barrera eficaz que la detenga.

Pero sería un error cerrar el debate en el posible fallo de un controlador. Si una decisión individual fue equivocada, habrá que establecer por qué. Si hubo errores sucesivos, habrá que reconstruirlos todos. Y si los procedimientos, la formación, la supervisión o las herramientas disponibles no ofrecieron garantías suficientes, la responsabilidad no podrá limitarse al último eslabón de la cadena.

La seguridad de una línea de Alta Velocidad depende de muchas decisiones acumuladas: las que se toman en segundos en una sala de control y las que se adoptan durante años en despachos, organismos técnicos y ministerios.

ERTMS: la pregunta incómoda sobre los retrasos

Hay otra cuestión que no debe quedar eclipsada por la investigación sobre las órdenes impartidas desde Atocha: ¿por qué la línea Madrid-Sevilla seguía sin disponer del sistema ERTMS, cuya implantación llevaba años anunciándose?

El ERTMS —Sistema Europeo de Gestión del Tráfico Ferroviario— permite supervisar la velocidad y controlar las autorizaciones de movimiento del tren, interviniendo automáticamente cuando se superan las condiciones permitidas bajo su protección. No elimina cualquier riesgo ni sustituye todos los procedimientos operativos, pero constituye una importante barrera de seguridad. Entre sus funciones está evitar que un tren avance de manera incompatible con las restricciones y autorizaciones que regulan su circulación.

La primera línea española de Alta Velocidad, inaugurada en 1992, llevaba tiempo incluida en los planes de modernización para incorporar este sistema. Sin embargo, cuando se produjo el accidente de Urda, la implantación del ERTMS en el corredor Madrid-Sevilla aún no estaba operativa.

Los datos contractuales permiten dimensionar el problema, tal y como explica una información detallada de El Español. Adif adjudicó a Thales el contrato principal para implantar el sistema por 93,83 millones de euros, IVA incluido, en septiembre de 2021. El contrato contemplaba un plazo de 52 meses. El calendario inicial apuntaba a la puesta en servicio en 2026. En abril de 2025, el Ministerio de Transportes situó el objetivo en abril de 2026. Ese plazo también pasó sin que el sistema estuviera operativo. La planificación conocida contempla ahora pruebas durante 2026 y una puesta en servicio en 2027, todavía sin un mes concreto.

La secuencia obliga a formular una pregunta política elemental: ¿quién responde cuando una infraestructura estratégica no cumple los calendarios de modernización de los que depende su seguridad?

¿Quién responde cuando una infraestructura estratégica no cumple los calendarios de modernización de los que depende su seguridad?

No se trata de afirmar que la presencia del ERTMS habría evitado con certeza el accidente. Eso solo puede evaluarse mediante el análisis técnico de lo sucedido y de las condiciones concretas de funcionamiento. Tampoco sería riguroso atribuir la tragedia directamente al retraso de una obra sin demostrar la relación causal. Pero sí es legítimo exigir que se investigue si disponer de ese sistema habría aportado una barrera adicional frente a la secuencia de fallos que se está examinando.

Una cosa es la causa inmediata del accidente y otra, igualmente importante, las condiciones estructurales que pueden aumentar o reducir el riesgo. Ambas merecen respuestas.

La responsabilidad política: gestionar también significa cumplir

Aquí comienza la parte más incómoda del debate. Los sistemas de seguridad no se instalan por generación espontánea. Necesitan planificación, presupuestos, contratos, coordinación técnica, seguimiento de las obras, pruebas y decisiones de puesta en servicio. Y esas decisiones corresponden a organismos públicos y responsables políticos que deben responder por la gestión de las infraestructuras que tienen encomendadas.

La responsabilidad política no exige demostrar que un ministro impartió una orden equivocada desde un centro de control. Es de otra naturaleza. Consiste en explicar si el departamento actuó con la diligencia debida, si supervisó los retrasos, si exigió resultados a los organismos responsables y si informó con claridad sobre los riesgos y los plazos reales de modernización.

Por eso, el ministro Óscar Puente no puede limitar su respuesta a calificar de "inexplicable" la decisión operativa que ahora se investiga. Si la orden fue contraria al protocolo, deberá aclararse quién la impartió y por qué. Pero, además, el Ministerio debe explicar la evolución del proyecto ERTMS, los motivos de los sucesivos aplazamientos, las medidas adoptadas para corregirlos y las garantías de seguridad aplicadas mientras la línea seguía sin contar con el nuevo sistema.

No sería justo atribuir automáticamente al ministro actual todos los retrasos acumulados desde que se inició la contratación. La modernización atraviesa distintas etapas administrativas y políticas, y cada una debe examinarse con sus fechas y responsables. Pero tampoco es aceptable que la antigüedad del expediente se convierta en una coartada colectiva. La responsabilidad institucional se hereda junto con las competencias: quien dirige hoy el departamento debe rendir cuentas sobre el estado actual de los proyectos, aunque no haya tomado todas las decisiones del pasado.

La pregunta, por tanto, no es solo quién cometió un posible error durante unos minutos decisivos. También es quién debía garantizar que la modernización avanzara, quién detectó los retrasos, qué medidas correctoras se pusieron en marcha y por qué los objetivos anunciados no se tradujeron en un sistema operativo dentro del plazo previsto.

Anunciar una inversión no es lo mismo que ejecutar una obra; adjudicar un contrato no es lo mismo que poner en servicio una protección. En materia ferroviaria, la diferencia entre ambas cosas no puede quedar relegada a una nota administrativa.

¿Quién aparece en el centro de las responsabilidades?

A día de hoy, conviene distinguir al menos tres niveles de responsabilidad.

Primero, el nivel operativo. La investigación debe esclarecer las decisiones adoptadas en el centro de control de Adif, las instrucciones transmitidas a los maquinistas y la gestión de la incidencia del LZB. Las grabaciones conocidas sitúan ahí las preguntas más inmediatas, pero no bastan por sí solas para establecer todas las responsabilidades.

Segundo, el nivel institucional y técnico. Adif debe explicar cómo se gestionó la circulación durante la avería, qué protocolos estaban vigentes, qué información proporcionaban los sistemas y qué mecanismos de respaldo debían impedir una situación de riesgo. También debe rendir cuentas sobre la planificación y ejecución de las mejoras de seguridad, incluido el ERTMS.

Tercero, el nivel político. El Ministerio de Transportes debe responder por la supervisión de la política ferroviaria y por el seguimiento de los proyectos estratégicos. Eso incluye explicar los retrasos de la modernización, la gestión de los riesgos mientras el nuevo sistema no estaba disponible y las medidas adoptadas para garantizar la seguridad durante esa transición. La exigencia de responsabilidad política es legítima incluso antes de que exista una conclusión judicial, aunque no debe confundirse con una imputación penal ni sustituir el trabajo de los investigadores.

Estos niveles no son excluyentes. Puede existir un error operativo y, al mismo tiempo, deficiencias institucionales o fallos de planificación. También puede ocurrir que la investigación descarte algunas de las hipótesis que hoy parecen plausibles. Por eso es necesario mantener abiertas las preguntas y no renunciar a plantearlas.

Una catástrofe de esta magnitud exige una investigación rigurosa, pero también una rendición de cuentas que no se limite a identificar al último trabajador que intervino en la cadena. La seguridad de una línea de Alta Velocidad depende de muchas decisiones acumuladas: las que se toman en segundos en una sala de control y las que se adoptan durante años en despachos, organismos técnicos y ministerios. @opinionadas en @mundiario

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